Recuerdo que de niño, explorando en la biblioteca de casa, me topé varias veces con libros de Allan Poe y Hitchcock, dos maestros del miedo. El resultado de esos descubrimientos fueron noches largas y terribles en las que me aguantaba las ganas de ir al baño para no tener que cruzar ese inofensivo pasillo que se había convertido de pronto en un túnel oscuro y malvado. A pesar del susto que me daban esos textos, no pasaba mucho tiempo para volver a leerlos consciente del insomnio que me esperaba.
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