El monovolumen avanzaba a toda velocidad por la autovía desde León, rumbo a Salamanca, con la ventanilla del piloto rota. Iba dando volantazos hasta que tomó la primera salida hacia una carretera nacional. El conductor, un hombre de treinta y tantos, cercano a los cuarenta, tenía un aspecto que recordaba a una versión barata de Clint Eastwood en la trilogía del dólar. A su lado, en el asiento del copiloto, un niño de unos nueve años lloraba sin parar, con el cinturón mal puesto por ser demasiado pequeño.
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