Foto de Kieran Kesner
«A los ídolos no hay que tocarlos: se queda el dorado en las manos». (Gustave Flaubert).
Aquella artificial niebla acudió a recibirme y me envolvió con su olor a tabaco rancio y a sudor, pero agradecí el familiar perfume, pues había caminado toda la tarde desde el cementerio y necesitaba descanso. Eché un vistazo al local. Hace años, Jimmy y yo solíamos tomar una copa en un bar como aquel cuando salíamos del gimnasio. A escondidas del negro Mendoza, que, de haberlo sabido
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