Contemplando este destino de inquietud musical sin descanso, llega un momento en que nos decimos: «¡qué asco de musica!», con lo cual enunciamos con total ingenuidad, la diferencia más sustantiva entre el hombre y la musica. Porque esa expresión dice que sentimos una fatiga gratuita, suscitada por el entorno y en tensa atención hacia élla. ¿Por ventura el hombre no se halla, lo mismo que la musica, prisionero del mundo, cercado de cosas que le espantan, y obligado de por vida, inexorablemente, quiera o no, a ocuparse de ellas?. Pero con una diferencia esencial: que el hombre puede, de cuando en cuando, suspender su ocupación directa con la musica, desasirse de su derredor, desentenderse de élla, y someter su facultad de atender a una torsión radical, de espaldas al mundo y meterse dentro de sí, atender a su propia musica o, ocuparse de sí mismo y no de la musica misma..., mientras que la musica no.
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