—Y cuando acabes de hablar, por favor, cállate. Deja de abrir ese pozo al que llamas boca, de donde solo salen palabras pútridas y mentiras. —Las mejillas de Marta habían tomado un color rosáceo y una vena en el cuello estaba ganando grosor—. ¿Te crees superior a nosotras, verdad? Nada más hay que verte ahí, todos los días despanzurrado en tu silla, tocándote los...
Marta hizo un gesto con las manos, como sopesando el aire, pensando en si decir o no la palabra que se le subía por la garganta. Hi
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