UN POETA EN EL BAR
Nunca nadie había visto a aquél hombre en el bar
y menos a semejante cantidad de metáforas trepándose a la mesa de éste
que,
con romanticismo calculador
barajaba: ésta sí, ésta no, ésta sí, ésta no.
Sus ojos se iban
un segundo hasta enfrente
y su boca mientras, tomaba café.
Tomaba una palabra
la giraba como a un trompo
y del hueco de sus manos
despedía finales, como dados.
Cualquiera diría mirándolo desde esta mesa de la punta
que se estaba muriendo
un poquito.
Del cuello se quitaba letras
susurradas una vez,
se arrancaba cuanto verbo latiera entre sus piernas.
Se despegaba iniciales
de sus párpados,
adioses de sus labios.
Toda una multitud del lenguaje
arremolinada en la plaza de su mesa.
Viniendo del baño
lo sorprendí exasperado
apuntando con su birome
a indefensas consonantes.
No era forma esa, pensé
pero bueno,
al fin y al cabo
era un poeta.
Todos los clientes nos pusimos muy nerviosos
cuando revoleó esos dos nombres
en el aire
y el único silencio de la noche
tuvo respuesta en la palma de su mano
bocarriba
cara o seca.
El poeta entonces
llamó a sus ojos
que andaban sobre un culo hermoso
que cruzaba la calle,
llamó a sus oídos,
a sus dedos,
recurrió a tres o cuatro
recuerdos
que empezaban a ser viejos
y con la cuchara
del café
revolvió los renglones
y se tomó el último sorbo
del pocillo o el corazón
no se supo bien cuál.
El mozo
levantó los restos del poeta ido
como rastros de un pequeño y nocturno campamento:
las cenizas, la propina y una hoja en blanco.
Fernando Montalbano.
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