Se miró al espejo del cuarto de baño, e, igual que Dorian Gray, descubrió su retrato devastado por el paso de los años. Pero al contrario que Dorian, no le dio importancia a su papada, ni a las arrugas que le acorralaban los ojos. Ni siquiera a los goterones de sudor que le rezumaban por cada poro de su macilenta piel. Sólo le llamó la atención la vulgaridad de su rostro. Se descubrió, de repente, como un hombre ordinario. Cayó en la cuenta de que sus ocurrencias eran de lo más aburrido, que cua
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