De chico yo solía caminar por un bosque con almendros, abedules y acacias en cuyas copas solían posarse todo tipo de aves cantarinas. Yo solía alternar mi vista entre las nubes del cielo y aquellas aves, tanto así que cierta vez una nube se me asemejó a un mirlo por lo que decidí pintarlo como quien pinta un sueño inconcluso o el imperceptible rumor de un latido, o de un anhelo, o de una pasión cualquiera sobre los insospechados balcones del tiempo. Yo pintaba sin estar del todo consciente de que quería darle forma al pasado, lo que sí sabía bastante bien era que aunque el pasado siga dialogando con el tiempo, este ya se ha desvanecido de lo que podemos proyectar y que pertenece a la órbita de las personas que fuimos antes. Pero sucede que así son los anhelos de pintar, como una lucha que eterniza nuestra voluntad o como el brillo supremo que una mirada sincera y expeditiva le exige al tacto del alma. Eso sí, al acabar aquella obra en la que ocupé varios pinceles y pinturas, supe que hay recuerdos que desafían al tiempo y que al llegar al terreno del ahora contentan al corazón. Recuerdos que sabiendolos combinar con el presente se vuelven poesía, es decir, como el corazón de una flor decididamente primaveral o como una nube capaz de ser un ave o una fugaz pincelada de tiempo y vida.
(MAGR).
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