Travesía
Entramos al túnel de la autopista y sentí que al salir volveríamos al pasado. La vista del mar llegó de improviso cuando descendimos por el viaducto. De pequeño me llamaban la atención los barcos inanimados que parecían pintados en el lienzo del mar, los grandes petroleros que casi se podían tocar con la mano y las pequeñas embarcaciones que transportaban las cosas para todos. El Caribe majestuoso. La panorámica que no se olvida nunca. Las costas vehementes, hostigadas y ambicionadas, de la tierra redentora, a pesar de las calamidades y a pesar de todo. Al pasar el peaje, las intercepciones a los balnearios, a La Guaira, a Naiguatá, Macuto, Caraballeda, siempre repletos. El día de playa familiar. La cautela para que te bañaras sólo en la orilla. Al lado de la silla de extensión, la cavita de anime full, las que quiera, para pagarlas antes de irse. Chapuzones cada hora para despejarse. Algunas empanadas de cazón, ostras, conservas de coco, un helado. Las asonancias marinas, las salutaciones de los petreles y las fragatas, el vociferar de luz, el regocijo de los sentidos, los aromas costaneros, el abrazo ígneo y la brisa limpia. Arenas inmortales relatando historias de otros puertos. Leyendas de ciudades sumergidas donde se vive a un ritmo despejado y feliz; de navíos que parten a la travesía entre luceros y planetas de agua. Precursores que se van sin invitación, a sortear ventiscas, tifones, los abismos del mar bravío, y sus descomunales cúspides, irreales, intimidantes, al otro lado de esta ribera cálida y desgarrada.
Antes del regreso a Caracas, carite frito en alguno de los restaurantes del bulevar, y las mejores cocadas del orbe en los kiosquitos de la avenida, entre rostros variopintos disecados por el salitre, coloreados de amor de sol, con sus sonrisas prístinas y sus voces de sal. Y los turistas solazados, viviendo la fantasía que ya no es nuestra. Cuando niños, tu abuelo nos llevaba al aeropuerto, a tus tíos y a mí, a ver desde el mirador a los aviones despegar y aterrizar. Nos cubríamos los oídos por el estruendo, risa y risa, observando un aparato de la imaginación hecho realidad. Un juguete que de verdad volaba y se iba, se empapaba de cielo, con viajeros por negocios, o de vacaciones, a visitar a la familia por unos días y volver llenos de mundo, felices de regresar.
Ya no sé qué pasó con el tiempo. Dónde se fueron a amontonar los años. Ya no sé quiénes somos ni qué sentimos. Esa tarde de utilería se me cruzaron las épocas. Hija querida, fui a llevarte a embarcar. No sé si te abracé, si te besé, no sé qué dije, o si dije algo comprensible, antes de que entraras al área de pasajeros y con balbuceos te despidiera, impotente, aturdido, como queda la gente en el adiós del destierro. Fue mejor no sentir, no saber. Después, mientras retornaba a la ciudad, traté de convencerme que era lo mejor para ti, que era el destino que te acogía, que te ibas tras tu libertad. Y después de tantos años, sigo pensando esperanzado, que algún día regresas y que volveré a bajar a Maiquetía a buscarte.
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