Cuando el dolor invadió a Orfeo tras la muerte de Eurídice, el apenado amante no dirigió sus pasos directamente al inframundo como suele resumirse en el mito. Antes hubo un momento nihilista de duelo, un instante en que el dolor, la pena y la sinceridad de los sentimientos que Orfeo experimentaba se hicieron canción, son que el joven cantó, acompañado de su lira, frente a las aguas del río Estrimón como paliativo a su pena. Los lamentos de Orfeo conmovieron a animales, aves, ninfas e incluso a los mismos dioses, quienes le aconsejaron enfrentarse a su empresa más importante: Descender a las profundidades del Hades en busca de Eurídice. Estrimón no pretende narrar el conocido mito griego, más bien, quiere ser un momento; un punto y a parte antes de continuar adelante, una catábasis a las profundidades del ser para tratar (que no lograr) de comprender algo sobre nosotros mismos, tanto a nivel individual, revolviendo entrañas, como a nivel colectivo, tanto en cuanto somos una especie social. Si con ello, éstas palabras que vierto al éste Estrimón, logran que algo lata a un ritmo distinto en el lector, aunque sea por un instante, habrá merecido la pena iniciar este descenso a las profundidades.
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