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10108 results found for tag:"prosa".
2406098207495
Qué otra cosa podía hacer
06/09/2024
Lola
https://valentina-lujan.es/P/portadacooordecop.pdf Qué otra cosa podía hacer aparte de volverme loca discurriendo no recuerdo ya si por qué Valentina había echado a perder un título tan bonito añadiendo aquel “o así nos encontrará” que lo arruinaba completamente o con qué quitarme el hambre porque ― y mira que me da cien patadas volver a mencionar los canelones ― no había forma de poder calentarlos ni aunque se hubiese tratado de lasaña. Creo sí recordar que lo de los canelones ― “lasaña”, maldita sea, o a ver si es que un estúpido recuerdo va a poder más que una ― lo solucioné marchándome a cenar al Wok de María de Molina y que fue mientras me tomaba un sake para festejar que algo que había empezado tan mal en un oscuro cuchitril interior como mi día había terminado tan felizmente en un apartamento con cuatro ventanas que eran una auténtica hermosura como mi noche cuando, de repente y sin nada que lo justificara, sentí un desasosiego tan enorme que no me quedó más escapatoria que caer en la cuenta, y por mucho que me desagradase el aceptar que una vez constatado que el discurrir con que quitarme el hambre no podía ser en modo alguno ― recuérdese que había tomado dos platos y postre antes del sake ― un argumento ni medio válido para enloquecer , de que la única explicación de que podía echar mano si quería zanjar el tema y marcharme a dormir de una vez tan cansada de todo el día trajinando tenía que ser por fuerza la del maldito título que no lograba digerir preguntándome, obsesivamente y sin poder evitarlo, qué otra cosa podía hacer. Pero esta vez no quise a pesar de lo agotadísima que estaba y del sueño que para colmo me estaba dando el sake volver a esconder la cabeza debajo del ala amparándome en ardides tan socorridos pero tan de todo punto vanos como “oye, bueno, mira, déjala y allá ella” que lo sabía muy bien no iban ni mucho menos a satisfacerme y opté por, cuando el camarero vino a preguntarme si quería tomar algo más, decirle que no y que me trajese la cuenta por favor y, mientras esperaba las vueltas, resolverme a telefonear desde el móvil al hombre de los portes aunque el hacerlo implicase el tener que enfrentar la engorrosa tarea de dirimir un tema no diré más delicado y a semejantes horas con un pobre hombre que tendría que madrugar seguro y venga para aquí y para allá que voy y que vengo para arriba y para abajo por la carretera como lo es en términos objetivos el valor de las cosas pero si tanto, por lo menos, como lo es el no menos arduo de la subjetividad pero ― y sé que me lo volví a preguntar mientras le quitaba la platilla a un bombón detalle de la casa que me había obsequiado en un platito el camarero pensando “no sé si debo” ―, y considerando además de que tenía todo el derecho del mundo porque había sido un día muy duro el hecho si se quiere del todo insignificante pero con su puntito de morbo de que era de licor, terminé por encogerme de hombros preguntándome una vez más ― ¿qué otra cosa podía hacer? ― ¿qué otra cosa podía hacer?
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2406068191588
Considerar cuál pudiera ser la actitud de mi amigo
06/06/2024
Sergio Escalante
https://valentina-lujan.es/C/consicualpudi.pdf la actitud de mi amigo (su reacción, quiero en realidad decir y lo que, también en realidad, era lo que verdaderamente me importaba) y, por extensión o de rechazo, las de la mendiga del agua o las de la psicoterapeuta y de su novio polaco — personajes en verdad muy secundarios pero que su razón de ser tendrían en un mundo tan complejo, le dije a mi amigo, como es el nuestro — o, infinitamente más difíciles de solucionar , las de los niños, tan rebeldes como suelen ser los niños, o las de Manolita o Indalecio o, más complicado si cabe, la de mi tía, que se pondría hecha un verdadero basilisco en cuanto se enterase de que , sintiéndolo mucho, su capitán no entraba en nuestro… digamos “proyecto”.
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2406058177639
Pasando por alto el entender
06/05/2024
Dejfwo
http://valentina-lujan.es/doc/Pasando%20por%20alto.pdf el entender que — minuciosa, detallista en extremo y puede que hasta algo proclive a la obsesión como lo era la maquilladora (que se desesperaba, estrujándose las manos afligida culpándose de “ha sido por mi culpa” y, total, porque el lunar que tenía Obdulia en el lóbulo de la oreja derecha le había salido un poquito grande o un poco más arriba de lo habitual ) hermana de Tiberio — había elaborado casi filosófico para una Noemí que, de haber sido sólo un poco menos aplicada o nada más una pizca más perspicaz, hubiera podido, tan ricamente, ni tan siquiera contemplarse, allí, toda la tarde frente al espejo ensayando una Leontina en la que la señorita Pimpinella, atenta sólo a las haches y a las comas, no iba ni a reparar ni a fijarse. Y porque el pasar por alto incluso aunque fuese bajo cuerda un entender tan trascendente para la elaboración de algo tan sujeto a la eventualidad, de fuerza mayor, o al capricho, de importancia menor (aunque no inferior en poderío, pues cuanto más se derrochaba en contemplaciones para con el o la interfecto/a más intratable y cabezón/a se ponía este o esta), de determinados imponderables o de ciertos imperativos categóricos que no cabía posibilidad ni aun muy remota de eludir, se había editado una circular advirtiendo de que en lo sucesivo no se permitiría bajo ningún concepto ni, sobre todo, en paralelo con ningún otro que no perteneciese al mismo rango de ideas de las que forma o concibe el entendimiento, la intromisión de ninguna novedad que no tuviera una antigüedad homologada y perfectamente contrastada de, al menos, seis o siete décadas.
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2406018149881
En aquel primer momento y guiada tan sólo por el impulso
06/01/2024
Tarde de otoño en la ciudad
https://valentina-lujan.es/N/nopodiaim.pdf No podía imaginar, en aquel primer momento y guiada tan sólo por el impulso, que iba a ser a la larga un título tan acertado para mi página. Pero no debo seguir ahora con estas tonterías; tengo que subirme a la escalera y descolgar las cortinas del salón para lavarlas y, después, quitar la hebra a un quilo de judías verdes porque mi suegra va a venir a comer y resulta que hace unos días se tomó la tensión y la tenía por las nubes. Así que está a régimen. Me pongo aquí, a modo de recordatorio ― tengo una memoria malísima ― y en letra más pequeña para no confundirme, que este archivo está enlazado desde el cuadro de texto del archivo titulado pageid 5389873; porque tan liada que voy a estar unos días con la ropa de invierno, que la tengo que subir del trasterillo y llevar casi toda a la tintorería y poner, además, la alfombra del cuarto de estar, cuando quiera ir a echar mano no sé de dónde viene qué ni adónde va nada. Ah, una cosa que se me olvidaba (pero no me importa mucho porque si les pongo una patata o dos puede que me arregle con medio quilo), que me telefoneó un señor el otro día — me localizaría por la página — y me echó una bronca monumental y protestando de que hizo lo de la crema de manos — anda medio desquiciado, el hombre, y por eso le perdoné los exabruptos, porque no es capaz de dar no sabe ya si con la tecla o con la enfermedad que lo aqueja… – Y bien pringosa — dijo —, siguiendo su consej… – ¡Pero si el consejo era no dársela! – ¡Pues por eso precisamente, cagüenlá! ¿No le estoy diciendo que llevo ya de médicos… ¡Pero que no hay manera, oiga, de acert… – Ah — yo —, ¿Qué lo hizo por probar? – Éeeeeeeeeeeequilicua. – ¿Y? – Me salió una ferretería. – Pues eso va a ser — deduje — que tiene usted o fatiga o fracaso escolar. – Fatiga no sé; pero, lo otro… – Es una enfermedad, le advierto, muy generaliza. – Ya, pero a mi edá… Tengo setenta y siete años… Aunque, ahora que lo dice… –Lo ve. Seguro que hace alguno de esos cursos para la tercera… –En la universidá, sí; cálculo diferencial. Pero voy muy bien, no me siento fracasado. – Pues entonces no sé qué decirle… – No sabe qué decirme ¿Por qué se mete a aconsejar si no se sabe las istruciones completas? – Las de la efe no — y, por disculparme —; yo es que no pasé de estrés. –Pues, a mí, lo que le digo… Y luego empezó a recitar tuercas dos sartenes 3 plancha 16… – ¿Y ese salto? – Bueno, por no cansarla a usté, del 4 al quince las sartenes no eran antiadherentes. – ¿Y las planchas? – No eran de vapor. – Ah ¿Y qué hizo entonces? – Pues dejarlo para otro día porque como no tengo tarjeta de cred… –No — yo —: Que qué hizo con sus achaques. – ¿Pero no le estoy diciendo leñe que colgué y marqué el cero? – ¿De qué se queja entonces? – Eso es lo que estoy tratando de averiguar — va y me dice —, pero como usté puso mal las istruciones… Me dijo, encima de que se molesta una.
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2406018149805
Gris, con las letras en negro
06/01/2024
La señora de los boquerones
https://valentina-lujan.es/doc/No%20pod%EDa%20imaginar.pdf No podía imaginar, en aquel primer momento y guiada tan sólo por el impulso, que iba a ser a la larga un título tan acertado para mi página. Pero no debo seguir ahora con estas tonterías; tengo que ir antes de que cierren a recoger del zapatero los mocasines de niño y, después, quitar la hebra a un quilo de judías verdes porque mi suegra va a venir a comer y resulta que hace unos días se tomó la tensión y la tenía por las nubes. Así que está a régimen. Me pongo aquí, a modo de recordatorio ― tengo una memoria malísima ― y en letra más pequeña para no confundirme, que este archivo está enlazado desde el cuadro de texto del archivo titulado PageID 5389873, que no sé ni de dónde ha salido ni de quién pueda ser, pero que tan pintiparado lo que cuenta a una situación como la mía me viene lo que se dice al pelo; aunque tan liada que voy a estar unos días con los disfraces de la fiesta de navidad del colegio de los niños, de rey Melchor él y ella de pastorcilla, ya veremos si me organizo y me reencuentro. Ah, una cosa que se me olvidaba (pero no me importa mucho porque si les pongo una patata o dos puede que me arregle con medio quilo), que me telefoneó un señor el otro día — me localizaría por la página — y me echó una bronca monumental y protestando de que hizo lo de la crema de manos — anda medio desquiciado, el hombre, y por eso le perdoné los exabruptos, porque no es capaz de dar no sabe ya si con la tecla o con la enfermedad que lo aqueja… – Y bien pringosa — dijo —, siguiendo su consej… – ¡Pero si el consejo era no dársela! – ¡Pues por eso precisamente, cagüenlá! ¿No le estoy diciendo que llevo ya de médicos… ¡Pero que no hay manera, oiga, de acert… – Ah — yo —, ¿Qué lo hizo por probar? – Éeeeeeeeeeeequilicua. – ¿Y? – Me salió una ferretería. – Pues eso va a ser — deduje — que tiene usted o fatiga o fracaso escolar. – Fatiga no sé; pero, lo otro… – Es una enfermedad, le advierto, muy generaliza. – Ya, pero a mi edá… Tengo setenta y siete años… Aunque, ahora que lo dice… –Lo ve. Seguro que hace alguno de esos cursos para la tercera… –En la universidá, sí; cálculo diferencial. Pero voy muy bien, no me siento fracasado. – Pues entonces no sé qué decirle… – No sabe qué decirme ¿Por qué se mete a aconsejar si no se sabe las istruciones completas? – Las de la efe no — y, por disculparme —; yo es que no pasé de estrés. –Pues, a mí, lo que le digo… Y luego empezó a recitar tuercas dos sartenes 3 plancha 16… – ¿Y ese salto? – Bueno, por no cansarla a usté, del 4 al quince las sartenes no eran antiadherentes. – ¿Y las planchas? – No eran de vapor. – Ah ¿Y qué hizo entonces? – Pues dejarlo para otro día porque como no tengo tarjeta de cred… –No — yo —: Que qué hizo con sus achaques. – ¿Pero no le estoy diciendo leñe que colgué y marqué el cero? – ¿De qué se queja entonces? – Eso es lo que estoy tratando de averiguar — va y me dice —, pero como usté puso mal las istruciones… Me dijo, encima de que se molesta una.
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2406018149317
Que es por lo que digo que es mía
06/01/2024
La señora de los boquerones
https://valentina-lujan.es/Y/yporloquedi.pdf Y por lo que digo, también, que para que se vea bien la diferencia con mi verdadera chuleta no quise nunca más volver a ella y preferí dejarla así sin terminar aunque ello me acarrease el perderme y no encontrar ni el de dónde vengo ni al dónde voy — como tengo una cabeza tan mala — ni el poder seguir con mi oca, tan adelantada que ya me la había yo encontrado que me tenía casi ya a las puertas del cielo pero yo, so tonta que siempre seré tonta, no quise entrar en el cielo por evitarme, que de eso sí que me acuerdo, de tener que retirar los aparadores de la cocina y tener que quitar las pelusas y las horquillas y los mecheros, pero, que de eso me acuerdo también bastante, ya ni eso quise porque si aquella idiota me estaba suplantando y que, además, como yo digo, una cosa es que me quitase mi página tan bonita y tan elegante que era y, otra, muy diferente, que me quitase también hasta mi pobre página tan gris y tan triste de cuando ya andaba yo deprimidilla, que si ella también es de las que se deprimen, que me parece a mí que somos legión, pues que se haga su propia página con sus propios globos y no que, como ella hizo, también los globos me los quitó y me los suplantó y ya pues con ese panorama pues que ni me animo yo a buscar, ni aunque supiese dónde está que no lo sé, mi juego tanto que me lo trabajé y con sus flechas y con su todo y hasta con su trampa, tan bien hecha y tan limpita, que me la hice yo con toda la honradez y todo el espíritu de sacrificio para no entrar en el cielo y tener más tiempo de vivir la vida y que además quedase bien, con sus indicaciones de y tiro porque me toca y de puente a puente y todo pero, ya, ya digo, no; no porque no quiero a lo mejor jugar sin saberlo en una oca que no es la de mi suerte ni la de mi destino ni la de mi azar y yo, tan inocente, equivocada sin saber ni cómo ni por qué tirando de un azar que no es el mío sin ninguna necesidad y, encima, engañada ; así que le regalo la jugada a ella y que le aproveche y le vaya muy bien porque yo prefiero, puestos a correr riesgos, aventurarme con un destino que no es el mío pero sé yo ya de antemano que es de otro sí, pero que puede ser bueno y, aunque fuese malo, siempre será un consuelo el decirse bueno yo lo elegí y no, que eso sí que no lo quiero, aguantarme con uno que para colmo de no haberlo elegido libremente lo mismo es hasta un desastre de puro malo. Y por eso no volví, y como no volví y no me podía quedar ahí arrinconada y hundida en la miseria me puse a ir a todas partes y a todas las páginas que se me ponían por delante con la esperanza de que, por qué no, me podía lo mismo encontrar otra jugada empezada que, con la tranquilidad absoluta de que no era en absoluto mía, yo podría tan contenta seguir y olvidar aquella otra que tanto trabajo me había dado pero estaba dispuesta, si hacía falta, a tirar por la borda con tal de conservar mi independencia y mi identidad y mi idiosincrasia. Y, así, yendo a todas partes y aunque tuve que dedicar una buena temporada tan a salto de mata como una siempre anda que ni tiempo tiene para sí misma y su propia realización, conseguí, al cabo de muchas vueltas, dar con una casilla 33 sin estrenar que, me dije, como quedaba más o menos a la mitad del recorrido tantos pasos tendría más o menos en mi favor como en mi contra para llegar al cielo o tener, si venían malas bazas, que volver a empezar.
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2406018148280
A las puertas del cielo
06/01/2024
Tarde de otoño en la ciudad
https://valentina-lujan.es/m/medejabasi.pdf A las puertas del cielo. Y quedarse ahí, en el 61, me pareció que no era ni bueno ni malo y sí sólo lo suficientemente inofensivo como para poder tomármelo con calma, y descansar un poco, y dedicar aunque nada más fuera una temporada cortita a mí misma, y a salir con las amigas y merendar tortitas con nata charlando de nuestras cosas tan ricamente sentadas en una cafetería.
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2406018147863
Sigo aquí
06/01/2024
La señora de los boquerones
https://valentina-lujan.es/Z/bajar.pdf …bajar siguiendo la pista a la manecita esa, la de arriba — no, claro, aquí no, eso ya lo sé yo, pero ahora estoy hablando desde el recuadrito ese que está en una esquinilla, abajo a la izquierda, de la página de dónde vengo porque, a mí como a todas las madres siempre nos toca, como con la comida, que ya estoy engordando otra vez quedarnos con los retales y las sobras y lo que nadie quiere — que ya, de tan obsesionada, ni escuchaba las películas que los otros viajeros se contaban nada más que en un sinvivir de a ver si logro yo encontrar de dónde está viniendo esta que, si lo sé, de qué me meto yo en el atolladero de hacer ninguna trampa. Si lo llego a saber, en su momento, no me achico ni me amilano yo ni por unas cortinas ni por unos cristales ni por todos los muebles de cocina de este mundo que los arrastro yo y quito, pues, lo que hay siempre detrás de todos los muebles de cocina que no se han movido desde que se casó una ¿qué va a haber? Pues una pinza de la ropa, el lapicero Alpino de pintar del niño, cincuenta céntimos de los de agujero (o sea que tuvo que caerse pues, qué te diría yo…, bueno, es igual, no me quiero poner de mal humor), seis o siete mecheros, un pendiente y tres horquillas. Pero no; estaba tan cansada después de las bodas y de los divorcios y de los bautizos y con un verano a mis espaldas y que sube y que baja al trasterillo y otra vez el otoño y vuelta a las alfombras que, pues la verdá que no me sentí con fuerzas la verdad sea dicha. Así que, cuando después de colgar el teléfono y decirle a la de yastel que no, que no me iba a cambiar de compañía y que ya se lo podía haber aprendido porque en los últimos siete meses me lo preguntaba todos los días volví y me di cuenta de donde había ido a caer, me dije yo que no, que esa paliza no; y borré tan sencilla (con sus dificultades, que deshacer lleva también su engorro) y me volví como si tal cosa y sin pensarlo a donde estaba antes de que sonara que era aquí: Pero yo estaba (que ahora no quiero perderme para no perder, por lo menos, el rastro de dónde sé que es donde se pierde la pista) con el asunto de la manecita que venía, o por lo menos ahí es donde yo me la encontré por primera vez, de aquí y que me tenía a mí pues tan contenta pero, ahí, donde me encontré las letras en fondo amarillo (en realidad en la página siguiente, en la que hice clic en lo de la memoria, pero que ahora ya no quiero ir para no llevarme otra vez el berrinche de ver que es una especie de culo (lo siento pero se llama así) de saco que no tiene salida y que se corta ahí. Y por qué le quería seguir la pista yo a la manecita, que ahora no soy ya capaz de acordarme con esta cabeza tan malísima que tengo que, de verdad, no sé yo que va a terminar pasando ni conmigo ni con ella. Me tengo que ir a poner la presión a las acelgas.
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2406018147535
Casilla 33
06/01/2024
Tarde de otoño en la ciudad
https://valentina-lujan.es/P/peromientrasco.pdf Pero mientras comía aquella tarde unas tortitas con nata con mis amigas anduve todo el rato dando vueltas a qué por qué quedarse ahí, en una casilla 33 en la que tal vez no estaba expuesta a ningún peligro pero tampoco iba a vivir ninguna aventura. Y aunque quise convencerme de que qué necesidad tenía de andar buscando emociones que a la larga terminan también por acarrear complicaciones cuando, vista con objetividad, mi vida es bastante confortable; y aunque trataba de atender a la conversación porque todas me decían estás muy rara y que si es que me pasaba algo porque me veían muy distraída y, entre bromas y risitas, que si es que me había enamorado o algo y yo, por seguirles la corriente, sonreí y pestañeé sin decir nada para que me dejasen tranquila; y aunque cuando volví a casa quise hacer como que me emocionaba mucho siguiendo la pista del asesino en una película en blanco y negro que daban en la televisión, la verdad es que no conseguí centrarme y me terminé desentendiendo de él (un individuo de cara aniñada y mirada inocente, con aspecto de no haber roto un plato en su vida y que por eso precisamente iba de “presunto”, de sospechoso, pero con esa pinta se veía a la legua que era con el que se pretendía confundir al espectador; y a mí con esos trucos tan facilones no me engañan) y de los policías que debían de ser muy buenos actores porque hacían muy bien como que ellos sí se lo creían (o no querían que les echara una bronca el director, que les había dado órdenes de resultar muy convincentes) y yéndome a buscar el tablero y el cubilete y tirando, sin reflexionar y haciéndome la sorda a la voz interior que me decía qué necesidad tendrás, so tonta, de poner en riesgo tu vida puede que más bien sosa pero muy tranquila, el dado y, bueno, me dije, ya está, ya está aunque antes de levantar el cubilete también me dije olvídalo que estás a tiempo, pero no lo quise olvidar y lo levanté, el cubilete, y había un uno. Pero quedarse en el número 34 me pareció que iba a ser casi lo mismo que no haberse movido del 33, y como total no me había visto nadie (que había apagado la tele, incluso, y todo) me hice la tonta y volví a tirar como si nada, y esta vez pareció que el panorama cambiaba porque me salió un cinco. Y ya un poco más reconfortada me marché a dormir contenta de que aquella noche, como cosa especial, no tenía que fregar platos.
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2406018147108
Terminaré por olvidar
06/01/2024
La señora de los boquerones
https://valentina-lujan.es/E/esloquequicre.pdf Es lo que quise creer entonces, cuando – y haciendo memoria detenidamente parece perfilarse una ligera noción de que fue entre unas acelgas aliñadas con aceite y limón y una cola de pescadilla con mayonesa –, hablando de cosas sin importancia o que por lo menos no me importaban a mí pero asintiendo a esto y a lo otro sólo por tratar de no amargarme con que había perdido todo mi di… (no, no mi dinero, o no todo por lo menos porque sólo llevaba como treinta pesetas, de las de entonces, cuando el percance del autobús; no mi dinero sino mi día), entero entre unas cosas y otras, allí, sentada como una tonta en el suelo no (aunque a punto estuve, tan cansada y con aquella sala de espera hasta los topes, pero un joven muy amable que acompañaba a su anciana abuela dijo “¡pero señora, por favor!” y me cedió su asiento) junto a la caja del microondas a la que evito siempre que me es posible el aludir por no mencionar los canelones, ni la sed tan espantosa que me dieron, sino fumando cigarrillos y tratando, usted lo tiene que recordar, de atar cabos, sino con la espalda apoyada junto a la pared contra el cenicero… Pero me equivocaba porque, aunque mal y medio a trompicones, salta a la vista que recuerdo lo suficiente como para – por muy condescendiente que se sea o por lo menos lo fuese quien tuviera que juzgar si en rigor he terminado por olvidar o no – no dejar de reconocer que lo justo sería que el hipotético juez dijese “no, señora, no ha terminado”, y que me marchara a mi casa a seguir intentando conseguirlo del todo y, cuando estuviera segura de no recordar ya absolutamente nada, solicitar audiencia para un nuevo examen porque, dijo el juez, “aquí somos estrictos pero no tan chinchorros como para negar ni a usted ni a nadie una segunda oportunidad”. Y llegué a mi casa a las tantas de la madrugada y bastante hasta la coronilla porque el marido es muy latoso pero, la verdad, bastante contenta porque no iba a tener que tocar la sartén ni fregar los cacharros y, además, porque el monedero estaba encima del aparadorcillo pequeño de la entrada. Y no con treinta pesetas, de las de entonces, sino con cuarenta y una con cincuenta...
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2405318146224
El treinta y cuatro, segundo oficio
05/31/2024
La señora de los boquerones
https://valentina-lujan.es/m/mesobresaltel.pdf Me sobresaltó el verlo porque que yo recordase nunca había estado en ninguna casilla 34, que me acuerdo muy bien que en la última que había estado antes de arremangarme y agarrar la escalera harta ya de la vida y de mi gente porque se había fundido el segundo halogenito y el pasillo estaba oscuro como boca de lobo pero nadie se subía con el vértigo que a mí me da pero alguien tendrá que hacer las cosas si no quiere una morirse de asco; que cuando me emberrinchino me acaloro y cojo carrerilla y hablo todo seguido que sin ni respirar que mi marido bueno esposo me dice a veces pon de vez en cuando alguna coma que te vas a ahogar… Me sobresaltó, voy a respirar hondo, me sobresaltó porque, insisto, nunca había estado yo en ninguna casilla 34, para empezar, y, para seguir, nunca jamás en toda mi vida había yo soñado con ser ningún guerrero, que yo siempre quise ser una princesa de aquellas antiguas que bordaban, en castillos, al lado de una ventana desde la que miraban suspirando, entre puntada y puntada en su bastidor, la floresta esperando ver dibujarse, allí a lo lejos o en la lontananza casi mejor, la figura de su caballero que venía a rescatarla y, a lomos de su brioso corcel, llevársela lejos de tanta soledad y tanta tristeza… Y otra sarta de tonterías que no vienen a cuento y nunca las soñé porque pirata, o domadora de leones o sierva de la gleba que se me viene a sí al pronto a la cabeza no sé por qué, nunca lo hubiese querido por nada del mundo y jamás de los jamases ser; o sea, que, vamos, que resumiendo princesa, princesa es lo que soñé yo siempre ser, pero… ¿caballero?, ¿de dónde había salido? Pero la verdad es que no me preocupé tampoco mucho, porque como en este ordenador mío mete las narices todo el mundo, pues, a lo mejor, alguno de los chicos, o… yo qué sé, qué puede saber una en esta casa de tócame Roque. Nunca había estado yo en ninguna casilla 34, que me acuerdo muy bien que en la ultima vez que había estado antes de arremangarme y agarrar la esc… Mi marido esposo, quiero decir, dice que cómo me repito y yo le digo que para lo que se me luce porque hay que ver la de veces que repetí lo del halogenito y… Pero en fin, ya está puesto y no quiero seguir pensando en él, ni en todos ellos sarta panda zánganos ni obsesionarme con… La última vez, que a ver si me centro, que estuve yo por estos andurriales me quedé en la treinta y tres, como la que se ve pero que no es la mía , que hasta le puse para que no se me despintase a mí de mi cabeza como la tengo tan malísima que ni sé yo a este paso dónde voy a ir a parar con tan mala memoria mis globos, mis globos en fondo rosa para saber yo cuando pasase otra vez por allí que aquella era mi baza que, ahora, dónde estará vaya nadie a saber tan poquísimo sentido del orden como Dios me ha dado, dónde pondría yo mi casilla 33 que no hay forma ni manera de que pueda encontrarla.
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2405318146118
Primer oficio, que me lo traje aquí
05/31/2024
Tarde de otoño en la ciudad
https://valentina-lujan.es/Q/quemelotrajeaq.pdf Aquí, a mi página gris como mi ánimo tan negro para que no se confundiera con mi casilla 33 y aquí, ya tranquilamente yo, pues tan a gusto a tirar mi dado y a ver qué salía y volver a hacerme yo mi composición de lugar con mis flechas y con mi de todo y todo bien localizado y bien señalizado como a mí me gusta dejar las cosas pero, esta vez eso sí, esta vez no eso de por favor por favor que me salga tal o que me salga cual y prometo esto y lo otro. No. Esta vez no. Esta vez tiré sin nervios ningunos ni hacer ningún trato y me salió, así sin más preámbulos ni contemplaciones ni nerviosismos ni agobios ningunos, un cuatro que me llevó — no me importa decirlo aunque luego cuando lo dibuje se verá mucho mejor — a la casilla 37 que, mi suegra, como es tan mordaz, me dijo cuando se enteró y a qué otra parte podrías tú ir que al elemento tierra el más inferior de todos y el más elemental y el más grosero y menos evolucionado porque tú, me dijo, eres un ser humano bastante primitivo reconócelo. Y como aquel día no tenía ganas de discutir le dije que sí a todo pero cuando ya estuve yo sola y tranquila mirando los dibujos (pongo detalle aquí) pensé que podía ser si no exactamente lo que ella decía algo sí relacionado con el número cuatro porque la verdad es que las cuatro casillas tenían los mismos colores y parecían tener algo en común. Pero no sé, eso de los cuatro elementos me parece cosa a mí de gente culta y, mi suegra, pues… Aunque en las clases para la tercera edad del hogar del jubilado ella aprende muchas cosas, la verdad. Y estuve a punto de deprimirme del todo de sentirme tan primitiva y de andar tan a ras del suelo como ella me dijo, pero reaccioné a tiempo y, antes de irme a recoger la ropa de la cuerda porque la tarde estaba muy revuelta y amenazaba con llover tiré el dado para salir, por lo menos, de aquel barrizal. Pongo los globos nuevos.
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2405278101455
De Lorena en el desaparecido blog de Afrodita
05/27/2024
Fuensanta
http://valentina-lujan.es/doc/continuarsys.pdf Continuidad Ayer, tomando el primer café de la mañana, vi, donde habían estado anteriormente las excavadoras y los jubilados con las manos cruzadas a la espalda, atracadas dos embarcaciones de recreo. Entré a contárselo a mi marido: “hay dos yates ahí abajo”. Él preguntó escéptico “¿dónde?”. – ¿Dónde iba a ser? No se acostumbra a que ahora vivimos aquí y parece sorprenderse, cada día, cuando se asoma a la ventana y se encara al panorama refrescante. A veces pienso que añora el barrio ruidoso, de calles estrechas y fachadas ennegrecidas por el humo, donde vivíamos antes; pero si se lo digo contesta que qué tontería, que está encantado y que, de haberlo sabido, hubiésemos debido mudarnos hace tiempo. – ¿“De haber sabido” ― le pregunto ―: qué? Responde entonces que ha hablado sin pensar, que ha dicho “de haberlo sabido” sin estar considerando seriamente que hubiera algo que saber. Pero no sé si termino de creerlo sintiéndolo, como lo noto, tan ausente y con deseo de regresar al interior donde, imagino, se encogerá de hombros e ignorará haber visto nada. Sospecho que lo que de verdad le desagrada son los cambios, sin importarle en absoluto que sean para mejor. Pero, bueno, miró aunque fuera sin muchas ganas y dijo: – ¿“Yates”, son yates de verdad esos barcos? –Sí. Quedaba un poco de café en el fondo de la taza y lo bebí de un solo sorbo; él opinaba, sin embargo, que eran veleros. Dejé la taza a un lado y dije «puede ser». No tenemos hijos. Si los tuviéramos quizás nuestras conversaciones fuesen distintas; no demasiado pero un poco más parecidas tal vez a las que mantienen los matrimonios que han de velar por seres de los que son responsables. Entonces diríamos, él o yo, «este chico o esta chica, no sé, pero lo encuentro raro o rara»; y el otro respondería: – ¿Tú crees? – Sí; parece triste últimamente… o distraído o, por qué no, un poquito absorta. – ¿En qué quedamos? – ¿Qué importancia puede tener eso? ― Alguno de los dos, un poco irritado ―: el asunto puede ser serio y, nosotros, aquí, parándonos en detallitos… – No veo la necesidad de dramatizar. – Tampoco yo; pero si te parece menos catastrófico lo podemos dejar en «sin terminarse de centrar, con la cabeza en otra parte», o algo así. No pretendo afirmar rotundamente que… Bueno: no sé. – A mí, en cambio, me seduce más imaginar que se trata de una persona alegre. – ¿Alegre? – Optimista. – ¿Por algún motivo en concreto? – Pues, así, al pronto… Pero alguno habrá. – Ya, pero sin ni una noción siquiera… Me refiero a, por precisar, esos diálogos mediante los que aun a base de desacuerdos se llega a conclusiones vitales por las que merece empecinarse y batallar aunque, cuando antes o después los ánimos se calman, se termina admitiendo que se siente lo siento y que no era para ponerse así. Pero no es el caso, ya digo; no al menos en la actualidad. En el pasado, sí: tuvimos un hijo. Nació y creció y durante unos años siguió siendo nuestro sin que se nos ocurriera ni por un instante sospechar o temer que algún día… Fue una imprevisión, ya lo sé, pero las personas normales y corrientes no se pasan la vida sospechando y temiendo; o no al menos constantemente y sin tomarse jamás un respiro. Había sido, creo recordarlo bien, un fin de semana complicado y no porque se acumularan contrariedades nada más y una tras otra; no: cuando los acontecimientos que se van encadenando muestran todos un perfil adverso se les coge el tranquillo y, yo siempre lo digo, se tira para adelante con una relativa facilidad. Lo malo de aquel fin de semana fue su discontinuidad, el que sin ningún criterio previsible se entremezclasen distintas piezas de diferentes puzzles que tendrían que estar cada cual en su caja respectiva y, quien inocentemente levanta la tapa, intenta armarlo sin saber que va a ser imposible hacerlas encajar. Ya sé; ya sé que puede no intentarse, y dejar que las piececitas del puzzle o los varios puzzles revueltos se mueran de aburrimiento esperando a que alguien abra la dichosa caja en la idea de encontrar una mantelería para doce o una manta eléctrica que en toda su vida buscará… Pero sé también, igual que todo el mundo, que… no se me ocurre nada especialmente ingenioso ahora mismo; no me importa ninguna caja ni qué pueda contener aunque mañana, o dentro de un rato, me dé de bofetadas porque necesito algo que no logro recordar en cuál está. Lo que quiero decir es que ni su padre ni yo estábamos de un humor del todo bueno ni decididamente malo, ni locos de contento ni al borde de la desesperación, ni tronchándonos de risa ni deshaciéndonos en lágrimas, ni aburridos como ostras ni…
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https://valentina-lujan.es/T/enlabocadelboqueron.pdf Ella, todo un personaje, había estado toda la tarde sentada en la butaca, en la habitación que en los últimos días, o puede que semanas pero seguro que no meses y ni pensar en años lo dijese quien fuera, venía reconociendo como su pequeño cuarto de estar de siempre; mirando cómo las formas de las nubes se iban modificando, inmóvil, despacito, sin demasiadas ganas de casi nada, blandas, floja, con como desmadeje, deshilachadas, para dejar de ser el mapa de algún país en el que nunca estuvo y convertirse, al caer en la cuenta con un golpetear sordo de pero qué estaba haciendo dejándose morir las primeras gotas de una lluvia gruesa, ahora tal vez en un dragón aunque sólo en el caso de que se fuese muy imaginativa, ahí, como una tonta, monstruoso, sobre el alféizar y, sacudiendo la cabeza, resolver moverse, perdiendo el tiempo, rugiente y amenazando, no con mucha decisión desde luego pero sí levantarse, por supuesto que nunca de un salto, pero sí moverse y obedecer, aunque fuese, no a ningún impulso o necesidad o convicción propia pero sí a algo que sintió dentro de sí como lo que tentada hubiese estado de, con su lengua de fuego, en el caso de no andar atenta a preservar lo que quién sabía para quién en medio de tanta confusión era tal vez un estilo que convenía cuidar prescindiendo de reiteraciones innecesarias, denominar voz interior arrasando, abrasando, reduciendo a cenizas todo cuanto encontrara... en su camino. Punto. Pero estaba atenta. Punto. Y se había acostumbrado, además, con el paso del tiempo y pese a que este se deslizaba siempre con pies de algodón para que no lo detectara, a no sucumbir a las tentaciones sabedora de que sus actos y sus palabras y sus gestos, aun cuando fueran acertados, pese a seleccionar las justas y pronunciarlas clara y cuidadosamente, incluso ejecutándolos de modo que resultasen precisos y adecuados, elegantes si la ocasión lo requería o rudos si la situación lo demandaba, estaban indefectiblemente expuestos a la eventualidad de ser, con toda literalidad, borrados de un plumazo. –Y tú no me engañas, que lo sepas. No solía, así pues, precipitarse, jugando a veces sí mordisqueando el extremo del bolígrafo a darle esquinazo aunque sé, le decía, que estás ahí; y lo sé porque te veo aquí y aquí y aquí y en las comisuras de la boca y en el cuello, y te oigo, además, en las rodillas al crujir. Tomaba, eso sí, nota en su mente de los datos que consideraba relevantes, dispersos a veces, inconcretos e inconexos, en notas al margen o desperdigados en desorden por acá y por allá; y de rasgos trazados frecuentemente tan a la ligera que quién podía prever si iban a consolidarse y formar parte esencial de la personalidad idónea al entorno y las circunstancias que le tocase vivir a alguien o si, por el contrario, terminarían desestimados o suprimidos o, en el mejor de los casos, arrinconados como inservibles de momento pero quizá por qué no utilizables desde otro planteamiento que, a lo peor, no se le ocurriría jamás… a nadie. –Y menos en este ambiente febril saturado de agüeros. Posponiendo un día tras otro la engorrosa tarea de tomar partido. Pero ella los almacenaba, por si acaso. Sin decidirse nunca. Bostezó y se excusó con el posible dragón, quizás, alegando que eso de imaginativa tan sólo era una suposición que a saber si de verdad había pasado por la mente de alguien o era visto cara a cara tan temible aunque fuese nada más como hipótesis con poco fundamento; o bostezó tan sólo sin haber recapacitado ni por un momento que fuera esto o lo otro o sin, incluso, haberse percatado de que estuviese existiendo, tan distraída y pensando en sus cosas. De cualquier modo se puso en pie. Y se sabe que se acercó a la ventana para a la luz de la farola mirar el reloj, pequeño, de pulsera, en su muñeca de trapo y cara de cartón piedra sonrosada y brillante guardada desde hacía mil años en una caja gris atada con un bramante si bien, como no dijo a nadie qué hora vio, se alberga una duda razonable al respecto y se sospecha únicamente que ya debía de haber caído por lo menos la tarde que a saber dónde estaría...
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Tantos quebraderos de cabeza
05/27/2024
El Intruso
http://valentina-lujan.es/Q/quequebraderos.pdf ¿Que qué quebraderos? Pues muchísimos. Muchísimos porque, aparte de que está todo tan mezclado y revuelto que cuesta trabajo determinar con seguridad a quién pertenecen unos papeles y otros, cuando leí esta página ― y pese a la forma tan evidente en que parecía poner de manifiesto que no todos eran de ella ― encontré extraño, o chocante, ese (del diario de Valentina) que me hizo sospechar porque… ¿Es normal que si yo escribo un diario especifique en sus páginas que están perteneciendo al diario de Afrodita? Además, lo que comenta es del todo intrascendente; sólo hace mención a que unos dedos le recordaban a los suyos… que puede ser, porque por qué no; pero a mí me dio la sensación de que era un comentario añadido adrede para despistar, para hacer creer que el auténtico diario de alguien de verdad, de carne y hueso, es de Bernardina y no de ella.
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2405278099998
El meñique de la mano derecha
05/27/2024
El Intruso
http://valentina-lujan.es/m/mefijecopia.pdf Me fijé, al leerlo, de forma maquinal en el mío; lo tengo muy deformado, nudoso, y siempre digo de él que parece un cacahuete. Es un detalle sin importancia, ya lo sé; pero me hizo imaginarla, a ella, un poquito parecida a mí. ¿O me hizo imaginarme parecida a como la estaba imaginando a ella? Porque uno no tiene una consciencia muy clara de sí mismo aunque hay sí muchas personas que parecen tenerla. Muchas personas que afirman “yo soy optimista”, o “yo soy muy constante”, o “yo soy muy rencorosa”, o “yo es que tengo mucha psicología”…; estas últimas, las que dicen tener mucha psicología, son por lo general auténticos zopencos. Pero no creí que fuera su caso ― puesto que de quien estoy hablando es de ella ―; no creí, aunque tampoco dejé de creer, que tuviese mucha o poca psicología. No me supe hacer, a decir verdad, una idea ni aun remota de cómo esta mujer pudiera ser; y, sin embargo, inevitablemente, en cuanto le eché la vista encima la pensé. No hay en el texto una descripción de ella; ni se mencionan en él sus circunstancias, ni cómo es el lugar en el que se mueve… Pero yo la “estaba viendo”, sentada primero en la butaquita pequeña tapizada a rayas de la habitación del fondo, mirando las formas cambiantes de unas nubes que no estarían siendo muy distintas ni mucho más cambiantes de las que tantas veces veo a través de mi ventana yo misma, y moviéndose luego con esa desgana tan familiar con que frecuentemente yo me muevo… (del diario de Valentina)
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2405268094163
Se quedó un poco pensativo
05/26/2024
El intruso
http://valentina-lujan.es/doc/y%20termin%F3%20por%20decir.pdf y terminó por decir “pues fíjate que yo diría que a mí me suenan”. – ¿Te suenan ― ella, arrugando con incredulidad la nariz y mirándolo con cara de “no le haga caso” ―, te suenan de verdad unas botitas con… perdón: cómo ha dicho usted que eran? – Con vueltas de piel ― contesta. – Vueltas de piel ― ella ―, cariño. – Puede que un poco vagamente ― él ― pero sí, querida. – Tonterías… Continuará (de los papeles de un baulito chino)
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2405248082272
Sin acertar, por cierto, y de un humor horrible
05/24/2024
El intruso
http://valentina-lujan.es/doc/y%20de%20un%20humor%20horrible.pdf y de un humor horrible ― se sintió dice inclinado a imaginar a la vista de cómo entraba por la puerta sin besar a los niños, ni decir buenas tardes, y dando sí un portazo con los cabellos chorreantes y gruñendo “¡asco de lluvia¡” ―, a reconocer ni la estancia que debería serle tan familiar como la palma de su mano o como el par de adorables querubines a los que miró con extrañeza preguntado, dejándose caer sobre una silla, “¿y estos niños quiénes son?” para añadir, sin aguardar respuesta, que qué vida tan aperreada le había tocado vivir, y que si no había en aquella casa un poco de café, y “¡qué harta estoy!” y, a él, que ya se podía ir largando porque detestaba, aborrecía, le daban cien patadas los tipos como él… Ah… Y que eso del par de adorables querubines ― “entérese cantamañanas cursi del carajo”, gritó ― y una mierda… “¡Pero, hombre, por favor!”. Y que qué se habría creído este imbécil; es decir: él.   Que habría sido una forma no menos airosa que cualquier otra de terminar pero él, “que siempre he sido un imbécil” y que en eso ella tenía toda la razón de este mundo aunque en otras muchas pudiera estar equivocada o por lo menos no poco confusa por culpa, entendió , del conflicto emocional en que se hallaba sumida por causa de la tormentosa e ilícita relación que mantenía con aquel tipo maduro del traje azul, tan bien plantado, se quedó ahí, allí, con cara de tonto delante la puerta cerrada de un golpe y la garganta seca frente a él , que lo mira con cara de no comprender… (y, no sabría yo concretar ― hasta que me haya familiarizado con el tema y con ellos y con cuál pueda ser su relación ― si protestando o afirmando, “¡eso lo dirás tú!”, y que “ya veremos” si va a resultar o no) . (de los papeles de un baulito chino)
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2405248080483
Luego, cuando los hechos se manifestasen
05/24/2024
La Retamales
https://valentina-lujan.es/H/lasolucionque.pdf luego, cuando los hechos se manifestasen abiertamente irreversibles, de par en par investidos de todo el esplendor de su poderío y todos nosotros contentos y felices o por lo menos satisfechos de no haber hecho el más espantoso de los ridículos — teniendo, como teníamos, que competir en justas rivalidades (aunque por fortuna no en torneos ni a caballo) con las de segundo C, que hacían siempre unos ridículos muy bonitos —, se mostraría no tan magnífica como pareciese cuando, en el casting —y asesorada por un coach por el que todas las demás soluciones se habían peleado a brazo partido porque tenía muchísima fama y, como es natural, todas querían ser la mejor—, la viéramos vestida de amazona y a caballo sino, para desencanto de un público ansioso de novedades, ataviada con sus ropas de siempre y sus tacones, demasiado altos para resultar creíbles si se consideraba la torpeza de la susodicha y el camino, demasiado largo y harto pedregoso que habría de recorrer hasta hacerse patente con tan — el asesor de imagen (y, si el titular estaba malo, algunas veces hasta de sonido) no dejaría de insistir en este punto tan negro — poquito brillo; pero, y esta era una particularidad que también convendría que se considerase, perfectamente maquillada, eso sí (y había que resaltarlo en rojo o en negrita), con la manicura recién hecha (eso también) y, como colofón y adorno de su figura, una permanente que, amén de quedar muy natural, casi no se notaba que estaba recién hecha aunque la madre, buena mujer en esencia pero no poco roñosa y agarrada en potencia, se lamentó de “pues, aquí donde usted ve estos bucles, me han costado una pasta”. Y que qué lástima.
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2405228059317
Eso era impensable
05/22/2024
Encarnita la de Balbuena
http://valentina-lujan.es/E/esoeraimpensable.pdf pero no porque mi tía fuera ni muchísimo menos el prototipo de mujer inconfundible sino porque mi tío, su marido, un individuo corpulento y con unos bigotes imponentes cuyo aspecto desmentía con creces la condición de desdichado cónyuge apocadillo y sin arrestos (además de con escasos posibles) que su destino cruel le había asignado y que no debe olvidarse era un bendito y la adoraba era, sin embargo, un tipo tan enormemente distraído y hasta tan extremos tan insospechados que, y aun pese a quererla como a las niñas de sus ojos, se pasaba la vida equivocándose de esposa cuando la acompañaba al supermercado y era, al mostrarle a la primera que se le ponía por delante la botella de aceite, o de lejía, o el rollo de papel higiénico que llevaba en la mano y ella le respondía no, cariño, mejor el de marca blanca sin levantar la vista comparando latas de atún o paquetes de garbanzos, cuando se daba cuenta de que el cariño debía de ir dirigido al marido de otra esposa que no era, por cierto (y sin entrar en pormenores tan abstrusos — recomendó mi amigo — como por desgracia o por fortuna), la suya. – ¿Y por qué no aventurarse — propuse yo — a hincar el diente al tema de la desgracia y la fortuna? – Pues porque si se nos va la mano — me respondió — y nos sale por desgracia va a quedar empalagoso o cursi, y si nos sale por fortuna va a resultar patético. Pero que los guardase, a todos, esposas y maridos, para que si en otro momento se nos quedaba la mente en blanco o las musas nos abandonaban, ahí estarían, ellos, con sus lejías y sus aceites y atunes y garbanzos y hasta con sus papeles higiénicos, sin importar si marca blanca o cuál; y que, seguro, antes o después alguna ubicación o aplicación les daríamos. – ya lo verás — auguró muy convencido.
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