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2021-01-25
01/25/2021
Antonio Guerra Alvarez
Era consciente de que al final de la escalera le esperaba el mar, siempre al final estaba el mar.
Contemplarlo era el mayor de los espectáculos y sin embargo uno de los placeres más desconocidos para él. Conoció a muchos que decían haberlo visto, cuando sólo se conformaron con ver su superficie. Por eso, en su ceguera, adoptaron el prejuicio como la única verdad, como el dogma sobre el que construir espacios en los que la reserva y el miedo campaban sin respeto. Era su forma de sentirse seguros.
Sin embargo él, que había soportado los embates de la más grandes tempestades, que había navegado a oscuras en medio de las peores tempestades y en las más desesperantes calmas, jamas reconoció haberlo conocido. Por eso, tuvo el privilegio de sentir la caricia de la soledad y la emoción desbordada de quien lo ve por primera vez.
Con el tiempo había aprendido a apreciar el sol, el mismo sol que, materializado en esperanza, siempre luce siempre detrás de la tormenta y que sin embargo, con frecuencia, se nos antoja una quimera.
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