Medalid no consideraba si estaba harta de hacer el mismo trabajo a todas horas: simplemente lo hacía. En compañía de sus dos llamas, disfrazadas de feria, se pasaba el día plantada en la plaza de Armas, al acecho y caza de esos turistas que, a cambio de una fotografía junto a sus camélidos andinos, aflojaban unas moneditas.
Parecía un monumento más de la plaza, a la vera de ese prócer de la patria, de aspecto pachón, que había quedado postrado en su caballito de bronce para toda una eternidad.
All rights reserved