Aquella mañana, como de costumbre, permanecí junto a la ventana, erguida sobre mí misma. Como todos los días, observaba cómo un día comunicaba a otro y una noche a otra, mi retina podía percibir cómo el agua del mar se mecía sin rumbo fijo. Los pájaros, picoteaban mi ventana y nada más lejos de unos minutos, revoloteaban a los árboles más antiguos de mi jardín. El viento soplaba tan fuerte, que ordenaba a las flores que se mecieran a su antojo.
El sol despuntaba a lo lejos, asomándose tím
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