LA PALABRA
En furioso operativo
llevado al fin por la cana,
detuvieron el domingo
a una veintena de damas.
La Liga de la Impotencia
colaboró en el asunto,
ya que el oficio de éstas
era el más viejo del mundo.
La redada de rutina
se transformó en un quilombo
cuando una de las minas
desparramando morochos
le vomitó al sumariante
que no era cualquier levante.
Y a punta de documento,
igual que un ancho de espadas,
hizo un tajo en el silencio
con su nombre: “La palabra”.
Se le cayeron las tiras
desde el cabo al comisario;
el naipe no era mentira,
y ya, tanteaban el mazo.
Tenía chapa la turra:
—Soy la famosa Palabra,
la más fina que labura
con la lengua y con el habla.
Vaya midiendo la yuta
la importancia de esta puta—
—A políticos fugaces
en esa esquina asesoro.
Sexo, poder y lenguaje
son un trío y un buen coro—
—Sólo doy turno a los puntos
necesitaos de letra.
Soy maquillaje de lujo
para el discurso berreta—
—Para el chamuyo con traje
soy la musa predilecta.
Mi aliento nace en el catre
pero sale hasta en la prensa.
Si con máquinas de rouge
se escribió hasta el Kapelusz—
Y una lluvia de mensajes
aturdió la Jefatura.
Un malón de intelectuales,
jueces, sabios y hasta curas.
Empresarios y doctores,
legionarios de Lacán.
La abstinencia de sus voces
exigiendo libertad.
Su abogado, un tal Cervantes
derramó su ilustre labia,
y cuando un fiolo galante
gatilló flor de fianza,
desmintieron en la tele
la lista de los clientes.
Hoy soñé que la palabra
tiene una hermanita muda,
y aunque el nombre las iguala,
su melliza se desnuda
entre el yugo y la gramilla,
pues hace el amor su letra
sólo con gente sencilla
y a veces, con un poeta.
Su canción de humilde tinta
no será literatura,
porque su pezón de rimas
para el pueblo da su fruta.
Que la piel de mi poesía
sea fiel a su saliva.
Fernando Montalbano.
La palabra
En furioso operativo
llevado al fin por la cana,
detuvieron el domingo
a una veintena de damas.
La Liga de la Impotencia
colaboró en el asunto,
ya que el oficio de éstas
era el más viejo del mundo.
La redada de rutina
se transformó en un quilombo
cuando una de las minas
desparramando morochos
le vomitó al sumariante
que no era cualquier levante.
Y a punta de documento,
igual que un ancho de espadas,
hizo un tajo en el silencio
con su nombre: “La palabra”.
Se le cayeron las tiras
desde el cabo al comisario;
el naipe no era mentira,
y ya, tanteaban el mazo.
Tenía chapa la turra:
—Soy la famosa Palabra,
la más fina que labura
con la lengua y con el habla.
Vaya midiendo la yuta
la importancia de esta puta—
—A políticos fugaces
en esa esquina asesoro.
Sexo, poder y lenguaje
son un trío y un buen coro—
—Sólo doy turno a los puntos
necesitaos de letra.
Soy maquillaje de lujo
para el discurso berreta—
—Para el chamuyo con traje
soy la musa predilecta.
Mi aliento nace en el catre
pero sale hasta en la prensa.
Si con máquinas de rouge
se escribió hasta el Kapelusz—
Y una lluvia de mensajes
aturdió la Jefatura.
Un malón de intelectuales,
jueces, sabios y hasta curas.
Empresarios y doctores,
legionarios de Lacán.
La abstinencia de sus voces
exigiendo libertad.
Su abogado, un tal Cervantes
derramó su ilustre labia,
y cuando un fiolo galante
gatilló flor de fianza,
desmintieron en la tele
la lista de los clientes.
Hoy soñé que la palabra
tiene una hermanita muda,
y aunque el nombre las iguala,
su melliza se desnuda
entre el yugo y la gramilla,
pues hace el amor su letra
sólo con gente sencilla
y a veces, con un poeta.
Su canción de humilde tinta
no será literatura,
porque su pezón de rimas
para el pueblo da su fruta.
Que la piel de mi poesía
sea fiel a su saliva.
Fernando Montalbano.
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