“Marcando el paso”
Fernández R.
"Todas las horas hieren, la última mata"
(...Y yo, mientras, me descojono de risa)
El bar tenía las paredes pintadas de verde, había pósters, carteles de ésos… de mierda, en los que se veían grupos de rock, de rock duro, muy duro. El dueño, camarero, tenía una panza de la hostia; llevaba la camisa por fuera de los extraordinarios pantalones vaqueros para disimular...En la camiseta, estampada, había una bonita imagen de un bonito grupo de heavy metal -Los Dragones, creo que era el nombre, ¡jodeeer!-, pero heavy heavy. En esto, entro la paisana, la mujer –treinta y tres añitos, ¡buenísima- del amo del local o bar -como el lector prefiera-, y le dijo a éste, a Peloto, su pareja sentimental y empresario -como hemos dicho- hostelero: "Tío, tienes vez para el dentista mañana por la mañana, a las diez...,tranquilo, joder, que sacar una muela del juicio...hoy en día…,que no, que no es nada, hombre...Yo no sé si oí un llanto del barrigudo con coleta o me lo imaginé, lo que si vi fue que Peloto –bonito nombre para un cornudo- tuvo, así, como una descomposición, cagalera, vamos, y se fue al baño, servicio o water -como la lectora o el lector prefiera- y estuvo allí la hostia de tiempo, su paisana, pareja o lo que sea, cerró el bar, dentro no había ningún gusano, ¡la crisis!...Fue, tengo que reconocerlo mi momento, allí, en el mostrador y tapándole la boca...¡que pedazo de puta! Luego marché. ¡Qué vas a hacer!, no te vas a quedar a esperar a que el otro acabe de soltar todo el puto lastre…Uh. Bueno, ¡hala!, en la calle y son las tres de la tarde. Llueve. Tres euros. Cafetería. “Póngame un descafeinado…, sí, de sobre…, sí, con leche”. “¿Cuánto es?” “Un euro con diez, vale, hasta luego”. ¡Oye!, y uno que va jodido y encima no le contestan cuando dice “hasta luego”; vale, tío; paro en la puerta, doy la vuelta (firmes, eínn; media vuelta, eínn!), me dirijo a la barra, espero un momento, habrá allí unos cinco clientelillos; ya tengo a tiro al, al, al, eso, al hijo de puta que me despacho…”Tú qué, ¡no sabes contestar, eh, chaval!”, cómo dice, me pregunta el asalariado…¡Ya tiene la hostia encima, zas, en la cara! “Maricón -con perdón de los maricones, eh-, si yo te digo hasta luego, tú no sabes contestar, eh, payaso”. Nada, se está limpiando la sangre de la nariz y yo me largo antes de que rompan la cabeza.
Tantos años, tantos años…, y siempre…el mismo sol. He cambiado yo, sí. La vida en una, atención, Gran Ciudad, no es nada, nada particular…, al final acabas haciéndola en el barrio, o lo que es lo mismo, en un pueblillo.
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Sí, y no pasa nada. La edad de Jesucristo cuando empezó a predicar -con éxito indudable, póstumo, eso sí- es la que ya ensucia mi inocencia, atención a la palabra- primigenia…En fin. Veo rocas azules, cielos infernales…al atardecer.
El dentista es un sádico y un ladrón, eso está claro. Me contó Peloto que le cobró setenta euracos -o lereles- y que, al marchar, lo vio hablando con la auxiliar (de vuelo, no te jode) o ayudante, y que se reía…el hijo de su puta madre. “Nada, nada, Peloto, había que arrancar eso”, y cuando digo esto, no sé por qué, le miro la cabeza y me parece que veo otras dos piezas que también debería arrancarse. ¡Que quieres, que se joda!
Salgo y voy pisando flores, las flores están vivas, vivas, en la acera, encima de las baldosas. No hay solución. Hay un tope, es así, está bien. Me cruzo gente. Estoy en la recepción del Hotel…, el trabajo es así…, cómo decirlo, ¿bien?, vale, bien. He visto pasar viajantes, empresarios, empresarillos, muertos, vivos, putas, parejas…de todo tipo, pervertidos; gente amable, amargada, cancerosa; gente…, zorras, borrachos; también he visto sí, la belleza, un poquito azorada, colorada, al lado de un cerdo hinchado. Y por la mañana, aun despeinada y así como mal vestida, incluso con ojeras como luces oscuras, la he visto salir, y seguía siendo bella, primorosa, limpia, sí, ¡la belleza! ¡Hombre!, pero...
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