Ya no hacía falta fingir discreción, podía escuchar las conversaciones de unos y otros, ver lo invisible, oír lo inaudible, estar donde no tenía derecho a estar... nadie la oía, nadie la sentía.
Ya no era nada para nadie.
Y eso la hizo sentirse invisible, abandonada, sola, rota, jodida...
Pero un día dejó de sentir.
Ahora no sentía nada.
Nada.
Y ese sentimiento no es bonito.
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