Poemario presentado el treinta y uno de marzo de dos mil diecinueve
Mi poesía viene de largo
Felicidad Estimada
En la sala de espera
de una consulta de Oncología
con el alma encogida,
aguardando a ser llamados.
Decenas de nombres y apellidos resuenan por megafonía.
Hasta que de pronto se escucha: Felicidad Estimada, pase a consulta cuatro.
Enseguida mi mente se detuvo y comenzó, una y otra vez,
a darle la vuelta a ese nombre, a esa idea;
felicidad estimada, estimada felicidad…
Madres de su vacío
(a quienes, como ella, regresan a casa del hospital siendo madres de su vacío)
Anton, Bertha, Cäsar, Dora, Emil…
Su mente decide concentrarse exclusivamente en recordar
las treinta y dos palabras del alfabeto alemán utilizado comúnmente
para deletrear.
Mientras, su cuerpo inmóvil
y rasurado
yace tendido en el interior de una áspera y descolorida bata
verde de hospital
sobre una camilla aparcada
en un aséptico pasillo plastificado
de color verde sin esquinas.
Con el pelo detenido
en el perímetro carcelario
de un gorro de fieltro verde, como los patucos verdes
que rodean sus gélidos pies,
ella aguarda
un silencioso turno sin vez
a la puerta de un quirófano helado.
Sus párpados casi cerrados, ocultan
de la cegadora luz artificial,
unas pupilas dilatadas al máximo por el incesante espanto
que emite un terrible vacío
recién instalado en su vientre.
Pero su pensamiento
sigue fuera de allí
concentrado en rescatar términos en medio de un océano enmarañado:
Emil, Friedich, Gustav,
Heinrich, Ida…
Al llegar a la “J”
para en seco:
es incapaz de recordar la palabra correspondiente.
Entonces decide empezar de nuevo cogiendo algo de carrerilla
y no tardan en salir a flote
“Julius” y algunos términos más: Kaufmann, Ludwig, Martha, Nordpool…
Cuando llega el turno de la letra “Ö”
se detiene más de lo normal,
en parte para rescatar la palabra correspondiente a solas
lanzándole directamente un cabo a la laguna donde esté,
sin tener que echar mano otra vez del tropel de términos salvados
que aguarda impaciente ya en la otra orilla…
Y en parte, ralentiza el ritmo
porque no quiere llegar al final
de su autoimpuesta y entretenida tarea.
Porque mientras aquella durase,
los minutos pasarían solo computados
por un reloj que marcaba únicamente distancias
cortas, largas o insalvables
entre hallazgos léxicos.
Y ella sólo se apartaba de su absorbente quehacer
para dar paso a un breve ritual de admisión
al extraño clan de mujeres camilla:
mostrar escuetas sonrisas a cada una de las
que pasaban fugazmente a su lado
e iban siendo aparcadas como vehículos.
Y así, con ella a la cabeza, se amontonaban en hilera
todas aquellas madres de su vacío
a la espera de ser manipuladas
en el interior de una singular cadena de desmontaje.
Se acerca el final:
Victor, Wilhelm, Xanthipe, Ypsilon, y por último, Zacharias…
Tras repasar el alfabeto de arriba abajo, varias veces, sólo se le resisten tres letras: “Ü”, “Ch” y “Ä”.
Aún con todo, ella continúa pasando con avidez
las cuentas de su peculiar e incompleto rosario alfabético,
al menos otra veintena de veces…
Y así hasta que alguien vestido de verde
con mascarilla empuja sin más su camilla
y la introduce en los intestinos de aquél quirófano helado…
…Mientras, ella vuelve una vez más sobre su retahíla alfabética
tratando de que no invada su mente
el mismo vacío que ocupa su ser desde que aquél
fragmento de sí
fuera expulsado desde sus entrañas:
un malogrado bebé de diecisiete semanas
que se había quedado dormidito en su cama
de agua y que
permanecía en otra sala de análisis
a solo un par de plantas de distancia.
Para los médicos de aquél quirófano
aquél día,
a aquella hora,
sólo era cuestión de practicar
un rutinario legrado más…
….uno entre tantos.
Familia numerosa
Siempre supe que
pariría...
aunque no imaginé qué
pariría.
No sé si comprendí o no alguna vez
que mi descendencia no llegaría jamás;
Al menos no en forma de hijos -propiamente dichos-
pero sí propiamente escritos.
Por eso tengo familia numerosa.
Muchos poemas se me han independizado ya.
Algunos vuelven hechos y derechos de visita
-consumen un poco de mi energía y luego se van-.
Otros no regresarán jamás.
Pero a todos los he creado como he podido,
los he criado como he sabido.
Señal
Ella se acostaba siempre contemplando a la luna
en la noche cerrada
de su habitación.
Un gajo de luna fosforescente de cartón piedra con un lucero en su regazo,
obsequiada por sus anteriores caseros (ante su insistencia) y única pieza decorativa que
ella no retiró durante el tiempo que permaneció en aquél estudio.
Precisamente, ver esa luna colgada en la pared principal
fue para ella una señal y cogió el apartamento sin pestañear:
La luna y el lucero
formaban parte de su firma y de la de su joven esposo,
fallecido hace mil años.
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