Si el camino realmente no llevaba a ningún lado… ¿Cómo era que habíamos llegado hasta aquí?
En algún momento nos habíamos desviado, quizás sin querer o quizás producto de un destino obcecado en guiarnos hacia nuevas aventuras. Sea cual fuera el motivo, ahora nos encontrábamos en algún punto entre medio de las dos galaxias, donde el polvo de asteroides se entremezclaban con los gases perniciosos para seres como nosotros. Era, sin lugar a dudas, una travesía tan interesante como suicida.
Una parte de mí me recriminaba que debería haberle hecho caso a mi madre y no aceptar la misión. La otra parte, no obstante, saltaba de alegría y canturreaba melodías pegajosas sobre una victoria aún no alcanzada.
Pasaron siete largos meses hasta que logramos dar con el objetivo: un pequeño planeta del que no había registro alguno y que, aparentemente, era más una fábula para infantes que una realidad existencial. Sin embargo allí estaba, levitando en medio de un vacío colosal que aterraba ante la simple vista.
Nos acercamos lo suficiente como para que el campo gravitacional se encargue de arrastrarnos hacia su centro y, entonces, decidimos al fin apagar los motores de la nave.
El aterrizaje fue limpio y tranquilo, con tanta destreza que apenas sentimos el sacudón de la nave a la firmeza del suelo rocoso.
Tras los aplausos, los vítores y los abrazos, bajé junto a mis compañeros de tripulación con la intención de empezar a explorar Akfehl, aquel mundo subrepticio que acabábamos de descubrir.
Por el tipo de suelo y de ambiente, no parecía ser un planeta del todo habitable. A donde quiera que mirase, una humareda grisácea cubría la inmensidad del cielo, opacando las enormes y rectangulares estructuras que se erguían sobre nosotros. El suelo crujía con cada paso que dábamos, combinándose con el ruido seco de las rocas al chocar entre sí. Cuando miré hacia mis pies, descubrí que no eran rocas sino huesos sobre los que caminábamos; los restos de los habitantes de aquel planeta solitario yacían por doquier, como si se hubieran amontonado en aquel sitio a la espera de su fin. Algunos ya eran cenizas y flotaban en el ambiente denso, libres de cualquier agonía. Otros permanecían materializados, de alguna forma, y si prestabas atención podías oír su llanto quebrantando el omnipotente silencio.
La imagen era por demás espeluznante, y no dudaba que me quitaría el sueño esta noche. Pero nada podía detener nuestra hazaña de explorar por primera vez aquel planeta.
Llegamos hasta una estructura techada. El líder del grupo dudó un segundo, pero luego encendió la luz en su pecho y empezó a avanzar, adentrándose en la oscuridad. El resto lo seguimos, mientras otros dos permanecían en la entrada haciendo guardia.
Registramos todo el lugar y no encontramos nada relevante; tan sólo unos cacharros pertenecientes a la antigua civilización y alguna que otra imagen plasmada en papel. Aquellos seres sí que eran extraños y deformes.
Habremos recorrido diez o doce zonas como esa, hasta que finalmente dimos con algo interesante: un documento manuscrito en un lenguaje que desconocíamos.
Enseguida lo colocamos en el lector y esperamos...esperamos y esperamos a que nuestro traductor pudiera descifrarlo. Por un momento creímos que no iba a ser posible, pues aquel planeta, con todo y su lenguaje, no estaba registrado en nuestra base de datos. Afortunadamente, y para nuestro halago, logramos traducirlo con alguna que otra falla.
El mensaje citaba lo siguiente:
“Me declaro, finalmente, única sobreviviente de la raza humana. A veces no puedo evitar pensar en cómo hubiera sido nuestra vida si no hubiéramos destruido todo lo que nos rodeaba, en la búsqueda del poder absoluto. ¿Podríamos haber hecho algo para evitar este final trágico?”
El resto del manuscrito era ilegible, salvo por la fecha al final de la página.
“7 de Noviembre de 2020”
El día en que todo culminó. No podíamos saber hace cuánto había sido eso, pero sin lugar a dudas parecía tratarse del último día de vida en Akfehl, o, como ellos lo llamaban, “La Tierra”.
Me sentía abatido, no podía evitarlo. Cuando observaba a mi alrededor, lo único que veía era muerte. ¿Qué clase de criatura sería tan estúpida de dejar que su mundo se derrumbase de esa forma?
Reemprendimos, entonces, el camino de regreso a la nave. La obscuridad se había agudizado a un nivel que tuvimos que crear una línea de vida a la que aferrarnos mientras caminábamos, pero al menos sabíamos exactamente hacia dónde ir.
O eso pensábamos pues, al llegar al punto de partida, descubrimos que la nave no estaba.
“¿Nos perdimos?”
“No…¿cómo puede ser posible?”
“La brújula ha de estar dañada”
“¡Por supuesto que no! No estamos perdidos...era aquí ¡reconozco el paisaje!”
“Entonces...la nave no está”
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