Existe consenso sobre los beneficios psicológicos y sociales que la práctica deportiva puede producir en la infancia y la adolescencia (Holt, 2008; Swann et al., 2018; Tomporowski, Lambourne, & Okumura, 2011). Por ello, son numerosos los programas cuyo objetivo ha sido promocionar la práctica deportiva entre los más jóvenes y favorecer su adherencia (Duda et al., 2013). Sin embargo, algunas posturas críticas han alertado sobre la necesidad de desarrollar contextos deportivos adaptados a estas edades para evitar situaciones que genere efectos contrarios a los deseados. Entornos con exigencias físicas desproporcionadas o una elevada presión por obtener resultados podrían perjudicar la salud física y psicológica de los deportistas (DiFiori et al., 2018; Markati, Psychountaki, Kingston, Karteroliotis, & Apostolidis, 2018).
La relación entre el deporte y el desarrollo de los jóvenes puede ser positiva o negativa, lo cual requiere gestionar adecuadamente los programas y educar a los agentes sociales que rodean al deportista. Es muy importante el rol de los entrenadores y los padres en los procesos de formación del deportista, así como el establecimiento de relaciones satisfactorias entre los propios deportistas (Álvarez, Balaguer, Castillo, & Duda, 2012; Holt, & Neely, 2011). Las organizaciones deben estructurar y planificar el trabajo minuciosamente, estableciendo objetivos y estrategias para alcanzar un equilibrio entre las aspiraciones competitivas y el potencial desarrollo personal y social (Siedentop, Hastie, & van der Mars, 2004).
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