El inquilino del piso 12 (de cuyo nombre el autor no se acuerda o no quiere acordarse) habita un apartamento del piso 12 de un mastodóntico rascacielos. Su amarga y monótona existencia se ve interrumpida por la inesperada visita del vecino del 22C.
La proposición de este, incierta y asombrosa, le abre los ojos y facilita que enfoque su mirada hacia nuevos horizontes, puede que más borrosos e inseguros, pero esto no parece importarle. Nada parece importarle.
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