El cielo se volvió rojo antes del final. No fue una guerra, ni una plaga, ni siquiera un castigo divino. Fue simplemente el agotamiento. La Tierra, vieja y herida, colapsó bajo el peso de siglos de abuso. Los océanos se evaporaron lentamente, los vientos dejaron de soplar y los bosques, en su último acto, se incendiaron solos, como si prefirieran arder antes que marchitarse del todo.
No quedó nada.
Ninguna criatura viviente vagaba por la superficie agrietada. Las ciudades eran esqueletos huecos, sin voces, sin pasos. La humanidad desapareció como una exhalación: rápida, casi sin testigos.
Casi.
A 300 metros bajo tierra, en un búnker enterrado en lo profundo de lo que alguna vez fue la ciudad más cosmopolita de la tierra, un par de ojos artificiales se encendieron. El Guardián, un androide construido para resistir milenios, se incorporó de su letargo.
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