Aquella cuaresma, todas las tardes, D.Carmelo, el cura, y Dª.Amalia, la mayor beata, a la luz de las velas y bajo la sombra del confesionario, vivían una verdadera historia pecaminosa. Mientras le daba la absolución, D.Carmelo, solo pensaba en el tesoro que, Dª.Amalia, escondía bajo su falda. Solo quería acariciarlo y posar sus labios sobre él. Inmediatamente que le decía la penitencia a cumplir, Dª.Amalia alzaba sus ropas, mostrándole su deseo más anhelado. Él, lujuriosamente, saboreaba aquel
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