Tenía cincuenta y cinco años cumplidos, treinta de vida laboral cotizada, pero hoy, 1 de mayo, era el primer día de su existencia en el que iba a hacer uso de su inestrenado derecho reivindicativo de manifestación en la calle. Eso, porque estaba desahuciada a las cunetas laborales, o sea, al paro indefinido, al igual que sus veinte compañeros abocados a un ERE de extinción; o porque nunca había protestado por casi nada a sus jefes o gobernantes y ahora así se lo pagaban unos y otros; o tal vez p
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