Hubo un tiempo en el que la tecnología invadió la mente. A todo niño y al cumplir los veinticuatro meses de edad, se le insertaba un minúsculo implante en su cerebro. Un ritual para la familia, en el que el bebé adquiría una conciencia más allá de sus límites corporales; una existencia colectiva. Un ser conectado al vasto ciberespacio y perteneciente a la nueva raza humana. Una época donde la enfermedad mental inducida y el delirio artificial, producto del uso malintencionado de esa tecnología, atenazaba a una sociedad carente de esos principios que la habían regido durante milenios. Ángeles y demonios surgieron de esa locura artificial y el quinto jinete cabalgó sobre océanos y tierras, en un mundo que había olvidado la palabra "amor".
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