No debería contarlo, soy consciente de que me tacharán de loco, de enajenado y los más malévolos de charlatán, asusta viejas y otras lindezas, pero a estas alturas de mi existencia soporto bien las críticas y las habladurías. Quizás incluso provoquen en mi espíritu cierto grado de satisfacción.
Era una noche de luna llena, el otoño quería empezar a hacer de las suyas. Fue víspera de San Miguel, y el calor aún azotaba los campos andaluces.
Por aquella época, cogí la maldita costumbre de desvela
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