Mi madre nos contaba que el abuelo Anselmo y su hermano Pepe dejaron de verse y hablarse años atrás, y que murieron sin reconciliarse. Ella ignoraba el motivo, aunque aventuraba que el distanciamiento vino poco después de la muerte de su madre.
Ángela Caballero Guadix, mi abuela materna, murió joven y dejó tres adolescentes al cargo de mi abuelo, destinado entonces en Aguilar de la Frontera: Rafael, de 15 años, Anselmo, de 13 y Juana, mi madre, de 11. Tras el entierro hubo cónclave familiar:
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