Search
public copyright
inscriptions
10107 results found for tag:"prosa".
2406298426078
No dijo tanto como
06/29/2024
Macaria
https://valentina-lujan.es/trans/Comoensituno.pdf como, en situación no sustancialmente diferente sino bastante igual o por lo menos parecida, hubiese podido decir Quiteria caso de no tener la cabeza tan perdida, o la tía viuda de las de Vinuesa si no la hubiera pillado jugando al blackjack, en sus vacaciones estivales en Saint-Tropez; o el novio de la psicoterapeuta del señor Ramírez si no hablara tan poquito español; o Genoveva, que inmersa en su quehacer de urbanizar no la ciudad entera, que no aspiraba a tanto, pero sí al menos la zona por donde se movía, es decir “nos movíamos”, nuestra pequeña comunidad y aunque sólo fuese, de momento, dotarla de alcantarillado y algunas farolas puesto que el asfaltado no parecía correr tanta prisa como para dejar a medias la sisa del jersey de ochos que estaba tejiendo para Sorallita y que, por cierto, se le quedó pequeño en cuanto dio el estirón de las anginas pero sirvió, que no era cuestión de desperdiciar una labor tan primorosa, para la cabellera ondulada de Anunciata, que siempre había soñado con ser rubia.
All rights reserved
2406298424654
No vestido de husar
06/29/2024
El relojero
https://valentina-lujan.es/N/novestidodeh.pdf como acostumbraba a la hora de sentarnos a la mesa, sino con la bata blanca que solía llevar a diario porque, aquel día, y con motivo de que le habíamos regalado una cucaracha nueva, había estado toda la tarde encerrado en el laboratorio embebecido en sus estudios de manera que se le había echado el tiempo encima de tal modo que no es ya que irrumpiese en el comedor corriendo y tarde — que ni al tercer toque de campana se presentó e, incluso, a punto estuvo de agotar los siete minutos de cortesía que el abuelo, cronometro en mano y los impertinentes puestos, iba recitando segundo a segundo hasta que, cuando ya iba por seis minutos y cincuenta y siete segundos, tropezó él, papá, con el busto de Constantino el Grande que flanqueaba la entrada que, como era muy pequeño — no más de unos treinta centímetros de alto — y la peana muy inestable, el pobrecillo se hizo añicos y, la abuela lo dijo, “es que yo siempre lo dije, que tenía que haber sido por lo menos de bronce”, pero que en aquella casa a ella nadie le hacía caso y así pasaban las cosas como pasaban y, por delante de la ventana, los carromatos de los feriantes haciendo muchísimo ruido y cantando y, ella, la abuela, que también decía que lo tenía dicho de siempre pero que nadie la escuchaba, lamentándose de que, seguro, aquellos titiriteros, tan piadosa ella, no eran buenos cristianos y que, por favor, hiciese alguien el favor de, ya que no desmontar la casa y volver a montarla piedra por piedra en otro lugar más apartado, echar por lo menos las cortinas y, en su copa, también por favor, un dedito, o dos, todo lo más, de vino aunque, si andaba a mano la botella de champán, lo prefería.
All rights reserved
2406288419509
Calpurnia
06/28/2024
Bernardina
http://valentina-lujan.es/trans/Calpurnia.pdf que, tan atareada como andaba siempre en cuidarse de sí misma y atender, antes que a nada en el mundo, a sus propios intereses y a sus horarios tan rígidos, llegaba siempre tarde y acelerada y, en cuantito se hacía la hora, ya las estaba piando por marcharse aunque nada más nos estuviesen quedando por hacer unos retoques que, ahora sobre la marcha y en caliente, decía la señorita Benilde, se incorporaban sin esfuerzo ninguno aun al más difícil de los caracteres. Y el de Calpurnia lo era. El carácter de Calpurnia era, y había que admitirlo y darlo por bueno aun con todas las salvedades que se le pudieran imputar ― sotto voce, por supuesto, siempre, y jamás en presencia de extraños por más que fueran íntimos de alguno de esos que los presentaban como como hermanos ―; uno de los más difíciles que hubiesen adornado nunca a miembro alguno de nuestra comunidad. –Y yo lo admito ― comentaba la Prieto con sus amigas ―, y lo doy por bueno… ¡no lo he de dar!; pero tendréis que reconocer conmigo que, por parte de Genoveva, fue una osadía que muy bien le podía haber salido mal. –Le podía, le podía… ― le replicaba una a la que llamábamos Mari, la del bajo ―: ¡Le podía pero le salió bordao! –Bordao, sí; pero a medias. –Eso parece un poquit… –Parecerá ― la Prieto ― todo lo un poquito que tú quieras; ¿pero fue ― mirando con lentitud, a los ojos, a cada una de todas las demás ―, o no fue así? –No, mujer, si sí ― la tía Sonsoles, que quiere que todo esté en su sitio y no suele gustarle ni quitar ni poner –: ¡Claro que lo fue! Pero lo que no iréis a negarme es que Genoveva es mucha Genoveva y te hace, si viene al caso, dos y hasta tres cosas a la vez… – ¡Pues una temeridad, te estoy diciendo; insisto! ― la Prieto ―; porque una cosa tan complicadísima como es el carácter de Calpurnia, hay que hacerla sola, con los cinco sentidos y poniendo muchísimo cuidao. Y podía estar en lo cierto o infravalorando a Genoveva, que fuera nadie a saber erigirse en juez cuando se estaba siendo parte, pero lo que nadie osaría discutirle era que, en verdad, la elaboración del carácter de Calpurnia tan cargado de contradicciones había corrido pareja con la confección de las cortinas del salón, a aguja de gancho con madreselvas entrelazadas. Lo que quería decir ― resumía la señorita Licinia, utilizando las palabras justas para zanjar el tema antes de que sonara el timbre del bocadillo ―, para no andarse con rodeos, que elaboró uno y otras a ratos perdidos, tomando y dejando ora esta labor ora aquella tarea y alternándolas ambas, por añadidura, con sus múltiples obligaciones consistentes en cuidarse, a temporadas, de tener a todo el vecindario al corriente de en qué país vivíamos o, a ratos, de que no faltara, en tal o cual esquina, la entidad bancaria pertinente y acorde con los tiempos de enorme auge económico que estuviéramos presumiblemente conociendo ― o desolación, epidemias y hambruna cuando no pudiera evitarse una guerra ― ni sobrase, en mejilla alguna, arrebol como el que adornó tan en exceso las de la infortunada Clemencia. Que era mucho decir, así de un tirón, y una de tantas de entre las muchas aseveraciones que tenían que llenar a todos de una cierta perplejidad de la que ― porque estaba escrito ― nada más podríamos salir cuando hubiéramos recabado información ante Proserpina acerca del fundamente de las tales. Pero cuando acudiéramos, si no todos sí una comisión, a pedírsela, ella, Proserpina, se limitaría ― porque también estaba escrito aunque, en este caso, por Luzmila ― a encogerse de hombros o a responder, todo lo más, con un muy desahogado y yo qué sé. ... Que tenía una letra tan mala que no faltaban ocasiones en que alguien, algún listillo, apuntase la posibilidad de hacer algún cambio bajo el pretexto de que, bueno, aquello era “lo que hemos entendido”; pero tampoco faltaba en esas mismas ocasiones otro alguien que recordara a todos los demás que, si hiciéramos tal cosa, por imperceptible que la modificación fuese, los efectos terminarían ― y no porque se contase con la menor certeza de que Luzmila fuera a tomárselo a mal ― siendo impredecibles.
All rights reserved
2406278409084
Aunque preferimos
06/27/2024
Valentina Luján
http://valentina-lujan.es/trans/Aunquepreferi.pdf ― o a “preferir” nos avinimos una vez llegados a la conclusión de que lo mejor iba a ser no decir ni pensar siquiera algo tan para chicos que, como hiciese notar el hermano mayor de Elías Vinuesa, deberían de ser de tercero por lo menos ― pasar un detalle de tan enorme trascendencia pero tan inadecuado para el momento y el lugar por alto y dedicar el resto de la mañana (que era poco) y toda nuestra capacidad de síntesis (que era aún menos y más teniendo en cuenta que la cabecera de cartel la ocupaba Trinidad Bustos, obsesivamente detallista) a centrarnos en un “aquí” y en un “ahora” que a ver si podía ser, rogó en tono taxativo don Aurelio, que nos queden limpitos. ... Con más convicción unos que entusiasmo otros tras el precipitado conciliábulo celebrado al amparo de las faldillas de la mesa redonda del cuarto de la plancha. Con un algo de falta de organización, desde luego, porque qué trabajo os hubiera costado ― protestó en un susurro Ceferina Cifuentes ― nombrar antes el pensar que el decir y haber así evitado que este simple (por Ciriaquito, al que aprovechó para encajar un codazo) se ganara el pescozón que a buen seguro le va a propinar doña Clara… - ¿A mí? ― Ciriaquito ― ¿Por qué? — Tan despistado siempre.
All rights reserved
2406258385186
Apuntando hacia la ventana
06/25/2024
Nines
https://valentina-lujan.es/trans/Apuntando.pdf hacia la ventana; ¿o es que no se había enterado a aquellas alturas todo el mundo de que si era jueves por la tarde lo que iba sobre la lavadora era la barra de pan y no la jarra del agua? – inquiría severa doña Fructuosa. ¿O sí se había enterado todo el mundo pero no era jueves? O era jueves, sí, pero por la mañana; y en tal caso… Doña Fructuosa pasó con ademán nervioso, a cortos y rápidos y suaves, muy suaves, pequeños golpecitos de sus dedos, ensortijados siempre, y tan largos, las páginas de su libretita de pastas rojas en la que jamás anotaba reproches y sobresaltos de la vida insustancial y cotidiana sino los acontecimientos que, a su entender — el suyo, aquel entender suyo del que se preguntaba, se había preguntado siempre y, aún de niña, muy niña, interrogado ansiosa a sus progenitores si sería parecido, aunque fuese muy poco, al del resto de sus congéneres —, marcarían un hito no en su vida, no, no en su vida ni en las vidas de quienes más o menos conocía, o incluso en absoluto y por completo desconocía y hasta, tal vez, más o menos vagamente amaba sino en… – ¡¡¡Fructuosa!!! Fructuosa en el tono apremiante, del que no recordaba haberse jurado jamás no tomar nota pero aún sin juramento no tomaba, de quien le reprochaba — de ahí la omisión — el andar siempre con la mente en otra cosa… ¡Entonces era eso! ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¡Qué tonta! En la mente, ¡claro!, un hito no ya nada más en su mente sino en las mentes de quienes más o menos conocía, o incluso en las de quienes en absoluto y por completo desconocía y, hasta, tal vez, más o menos vagamente amaba con aquel entender suyo del que jamás le diesen la respuesta sus progenitores cuando, ansiosa, les preguntaba si sería parecido, aunque fuese muy poco, al del resto de sus congéneres. Para llegar a la conclusión por sí sola de que no. De que, y por más que la entristeciese, no. No era jueves.
All rights reserved
2406248369486
Los curas de Oquendo - 1
06/24/2024
Lola
http://valentina-lujan.es/Y/loscuroque.pdf Cualquiera pensará así al pronto que se trata de sacerdotes con tonsura, y alzacuello y sotana, deambulando libro de horas en ristre por los senderos alfombrados de hojas amarillentas o rojizas del jardín recoleto que circunda una pequeña iglesia, o grande, de vidrieras ojivales y muros de sillería grisácea en los que el tiempo ha ido depositando un mucho de mugre y un poco de pátina. Pero, no. Son franciscanos que aborrecen con fervor a los gatos y, ataviados no con el tosco sayal característico que vistieran antaño sino con atuendos tan comunes como un pantalón gris y camisa y chaqueta, pueden pasar por oficinistas cuando se les ve, por las mañanas, comprando el periódico en el quiosco que hace siglos se llamara de “el manco”. La iglesia, por su parte, y el jardín por la suya, distan mucho ― con sus paredes de ladrillo la una y su ausencia de senderos el otro sin más vegetación que algunas hierbecillas espontáneas que se ponen muy hermosas, es verdad, en cuanto caen cuatro gotas ― de sugerir recogimiento alguno ni, también es cierto, el temor al pecado y al infierno en que vivieran sumido... o no tanto, tal vez, los antiguos franciscanos de siempre moradores del pequeño chalé aquel sí con encanto que fue luego (antes de que construyeran sic transit gloria mundi un edificio nuevo y sin gracia ninguna, ni divina ni humana) un caserón abandonado propiedad nuda, sí, y desnuda, pero absoluta de los gatos objeto, a lo que íbamos, de nuestras cuitas. El ejemplar ― de nuestras cuitas, repetimos ― cuatro o cinco veces de cada seis o siete suele ser negro y, es del dominio público y no vamos por lo tanto, esto no, a repetirlo, que aunque sea de cualquier otro color o se trate incluso de una gata lo que procede en tales casos es proveerse de una escalera más bien larga o, en su defecto, de una jaula-trampa ex profeso para gatos y unos cuantos metros del bramante de marras. Pero como esto sólo resultaría interesante para quien esté interesado en rescatar gatos callejeros caídos en patios de franciscanos que aborrecen a los gatos y se niegan a rescatarlos por la ventana que desde su biblioteca da acceso al patio sin ninguna dificultad y a pie llano, y sería mucha casualidad además que estas páginas las leyera alguno de esos interesados, no merece la pena prodigarse en explicaciones, ¿no es cierto?
All rights reserved
2406248369462
Los curas de Oquendo - 2
06/24/2024
Lola
http://valentina-lujan.es/T/aborefervor.pdf Esta madrugada ― 18 de mayo de 2008 ― oí, mientras ponía la comida, maullidos insistentes que entendí me llegaban del patio. Pensé que la puerta, la cancela, estaría cerrada con llave y que, además, al ser domingo, tal vez no la abriesen en todo el día. Continué con mi ronda habitual y, unos tres cuartos de hora después, cuando volví por ver si habían cesado, continuaban más lastimeros e insistentes y, la gata blanca y negra, que había parido en los primeros días de abril, me enseñó los dientes. Supe entonces, con seguridad, que el gato estaba allí, y que era muy pequeño. Eran para entonces algo más de las seis pero, aunque en este tiempo ya empieza a clarear, me felicité por mi buena idea de llevar siempre conmigo la linterna; así que rodeé el solar tapiado que hace esquina y caminé hasta la puerta de la cancela. Para mi sorpresa no estaba cerrada con llave y, caminando de puntillas para que no me oyeran, llegué hasta la escalera metálica y, allí estaba, negro, muy pequeño y muy desesperado, pegando gritos y arañando la pared de unos… cuatro, o cinco metros de alta por ese lado. Cuando llegué a casa eran las seis y media. Llamé a Pedro, la única persona que podría ayudarme, pero en su móvil saltaba el buzón de voz y le dejé un mensaje “siento molestarte; a lo mejor ni siquiera estás en Madrid, pero hay un gato en el patio de la iglesia y necesito que me ayudes para manejar la escalera de mano y, más difícil todavía, enfrentarme a los curas”; llámame, por favor”. Lo intenté un poco más tarde y allí seguía el buzón… Cuando fueron las siete y cuarto me armé de valor y llamé al fijo. Pedro contestó en seguida. En alguna ocasión me comentó que duerme poco y… allí estaba, dijo, escuchando ópera sentado en su salón. No tardó mucho, pero vive lejos, y cuando quisimos llegar con la escalera eran algo más de las ocho. Había pasado nada más hora y media; la prensa enrollada aún estaba en el suelo arrojada, se notaba, por los repartidores que se recorren el barrio, y otros barrios supongo, con música puesta a todo meter y a una velocidad como de locos. Así que a la calle no habían salido. Pero, nada más traspasar la cancela, eché de menos los maullidos. Corrí hasta las escaleras, me asomé, y el gato no estaba. No estaba el gato, por ninguna parte; y el patio es demasiado hondo, incluso por la parte en que el muro es menos alto, para que la madre lo hubiera podido saltar – hacia arriba, sobre todo, con el gatillo en la boca. ¿Cómo era posible? Pedro dijo “lo habrán cogido los curas”. Yo dije que eso no podía ser porque la ventana de junto al suelo tiene barrotes. “Sí, pero mira ― dijo ― como tiene esas bisagras; y puede abrirse”. Nunca me había dado cuenta de que los barrotes pudieran abrirse y, tal vez porque los que se han caído en otras ocasiones ― o de los que yo he sabido, al menos ― eran gatos mayores y no se atrevieron con ellos esperaron a que, aún teniendo que escuchar sus amenazas de “esto se va a acabar”, fuera yo a recogerlos. Pero un gato pequeño es otra cosa, más manejable, y conozco personas, y personas que conocen a personas que dicen que otras personas dijeron…; y yo misma conozco a los curas que, antes, cuando iba yo más pronto, a las once o doce de la noche, me increpaban y me echaban agua con una manguera. Así que no podíamos hacer nada… A las nueve y media, después de dar una vuelta a Sánchez, me he metido por fin en la cama. No he podido dormir nada más que a trompicones; un sueño sobresaltado e inquieto en el que veía, nada más, el gato negro y tan pequeño que arañaba la pared...
All rights reserved
2406248368830
Delante del nombre
06/24/2024
Alejandra Bermejo
https://valentina-lujan.es/G/delantedelnombre.pdf o mejor dicho de los apellidos de ese señor don Juan — de lo que sería la calle pero que en este caso no lo es porque como vengo de decirle es una glorieta aunque ya no está — nacido en Madrid en 1511 y fallecido en Ibídem en 1583 que, se lo quiero aclarar para que no se vuelva loco discurriendo, no figura, por cierto, en la plaquita, y no ya el don, que es que ni siquiera el Juan, aunque no sé para que le doy tantas explicaciones si lo más seguro es que nunca… Pero, bueno, el saber mi madre lo dice no ocupa lugar aunque tengo entendido que recientemente se ha descubierto que sí, que sí que lo ocupa, pero avanza tanto eso de la cultura y tan deprisa que a mi madre, que apenas fue a la escuela, no le dio tiempo a saberlo y eso que es, y no porque sea mi madre, bien pero que bien lista. Y estoy diciendo Juan, Juan que quiero que le quede a usted bien grabado en su memoria para que no se embarulle pensando “¡ah, pues ya sé quién es!” en el de sobrecito de luto… ¿Se acuerda?... Pero que sí, hombre, el del sello de cinco céntimos de don Quijote y Sancho panza, porque ese se llamaba Julio y además era aviador y no porque quiera eso decir que tuviera que ser inconveniente para que este, don Juan, también lo fuese, pero no lo era y tampoco falangista, lo que hace suponer que cuando llegó la democracia (por ahora, usted lo sabrá, somos demócratas) le quitaron a la plaza (que por eso la P. del sobrecito, pero, se lo repito, es glorieta) el nombre de aquel para poner el de éste. No sé si me sigue usted el hilo, pero tampoco importa mucho, ya le dije, porque, ya le dije también, no pienso que vaya usted a animarse a escribirme, pero, si lo hiciera, acuérdese de los apellidos del que nació en Ibídem ¿De acuerdo?
All rights reserved
2406198312419
Rifirrafe que le pregunto que si es otro
06/19/2024
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/R/rifirrafe.pdf que le pregunto que si es otro. − ¿Otro “qué”? ― Me contesta. − “Rifirrafe” ― le digo ― ¿Qué va a ser? − Sí, otro ― dice. Y que si pasa algo por eso. − No ― yo, que lo noto por cierto un poco tenso hoy ―; si pasar no, pero que como ya llevamos dos, pues, que a lo mejor… − ¿Te parecen muchos para una amistad tan larga como la nuestra? ― dice ― No debes olvidar que nos conocemos desde niños. − ¿Cómo voy a olvidarlo ― yo ― con la de patadas que nos habremos dado jugando al fútbol en los recreos? − ¿Jugando al fútbol? ― Y me mira con cara de extrañeza, el gesto algo despectivo como de “pero y éste qué dice”. − Sí. El fútbol es un deporte practicado por adolescentes en el patio del colegio. − Ya, pero a mí ― él, que ya digo que lo noto hoy malhumorado ― siempre me han gustado más los juegos de mesa. − ¿De mesa? ― Yo ― ¿De dónde saco entonces las patadas? ¿Quién me las daba? − ¿Y qué sabré yo si no estaba? ― Y se queda un poco pensativo antes de agregar ―: Pero Teodorico, por ejemplo… − ¿Teodorico? ¿Seguro que he conocido yo a algún Teodorico? − ¡No vas a conocerlo! ― hace aspavientos con los brazos y los ojos muy espantados ― Aquel chico bajito que tenía un antojo en forma de fresón, me parece estarlo viendo, en la mejilla izquierda. Vuelve a quedarse pensativo antes de puntualizar que pero baloncesto. − ¿Qué baloncesto? ― Yo, que al notarlo rarillo tampoco estoy yo muy centrado. − Pues las patadas ¡Joder! Jugaba muy bien al baloncesto. − Ah ― me esfuerzo ― aquel chico alto que quería ser notario y tenía una hermana que tenía pelo largo, rubio… − Teodorico era moreno, y lo de la hermana no sabría asegurarte nada. Pero quería ser trapacista. − Ya, pero digo la hermana. Trapecista, sí; pelo largo rubio, ondulado, muy bonito… − Puede ser ― admite, me parece que a regañadientes, no sin objetar sin embargo ―, aunque siempre estuve en la idea de que lo que a ella le gustaba era la natación sincronizada. Pero Teodorico era, insisto, bajito. − ¿No me terminas de decir que jugaba al baloncesto? − Sí, pero era bajito. A veces pasa o mira si no a Muggsy Bogues. − Vale ― digo ―. Nos olvidamos de las oposiciones a notarías pero ocurre que al baloncesto yo no he jugado nunca. No sé. − Y qué más te dará, digo yo ― dice él ―, si nadie lo va a saber. Y que poniendo inconvenientes a todo no hay quien avance ni saque nada en claro de manera que, dice “vamos a dejarnos de tonterías y a seguir con lo que estábamos que, por cierto, ¿qué era?”. − El tercer rifirrafe. − Exageras. − ¿Exagero? − Sí. Sólo es el segundo. − Es el tercero ― yo ―, estoy totalmente seguro. − Pues entonces ― irritado casi, que ya digo que anda él hoy revuelto ― debo de estar yo tonto hoy, que sólo recuerdo el del puñetazo en la mesa… − ¿Y el de nuestro encuentro aquella tarde, acuérdate, en que Manolita no encontraba un sacacorchos? − ¿Me tengo que acordar de un detalle tan insignificante? − No necesariamente ― contesto ― ya que en realidad quedó todo en un susto porque apareció enseguida; además creo que puedo mostrártelo yo mismo. Y saco de mi carpeta un fajo de folios, que le tiendo (abajo) y me quedo mirándolo, a él, orgulloso yo de poder presumir de una prueba tan evidente de que tengo razón; pero me los devuelve casi de inmediato diciendo “mira, en el tercero, debajo justo de las lamentaciones de Manolita. Y era, si no te importa, un abridor”. Y que procure, en lo sucesivo, ser más cuidadoso porque errores tan tontos son, precisamente, lo que resta credibilidad al escritor.
All rights reserved
2406198311481
Un tema, al parecer, muy desagradable
06/19/2024
Don Acisclo
http://valentina-lujan.es/R/Versparamote.pdf Le dije que exageraba. Que yo nunca… Me había pedido años atrás y al cabo de unos cuantos sin vernos que le hiciese un favor de suma importancia para él, y ahora — quiero en realidad decir entonces, cuando nos encontramos y estuvimos hablando del asunto —, una vez hecho el favor, me reprochaba no sé qué deslealtades y me culpaba de haber traicionado nuestra amistad. Entonces fue cuando le respondí exageras, y él con muy malos modos replicó no exagero en absoluto. – Claro que sí. Lo que pasa es que cada cual recuerda las cosas como le conviene. – ¿Me conviene; me reporta algún tipo de felicidad o beneficio el recordarlas como fueron? – ¿Cómo fueron? – Lo sabes perfectamente. – Eso es verdad; con tanta claridad que te cuento si quieres, punto por punto y palabra por palabra, qué pasó y de qué hablamos. Y como se quedó callado mirando el cenicero con gesto hosco, di por hecho que asentía y empecé a hablar, desde el principio; desde el principio aunque — entendiendo que había supuesto igual que yo que no teniendo ya temas comunes de que hablar después de tanto tiempo nos limitaríamos a cruzar algunas frases huecas en aquella acera abarrotada de la Carrera de San Jerónimo y a seguir cada cual nuestro camino — me salté el saludo y un par de trivialidades referentes al tiempo, por cierto, muy lluvioso. – Tampoco te contaré — dije —, puesto que tú mismo podrás recordar un cenicero lleno de colillas y dos paquetes de tabaco vacíos iguales que estos —, que nos habíamos equivocado los dos y que nuestra conversación fue bastante más larga. Omití asimismo el contarle que, al cabo de un rato recibiendo empellones de los que caminando con prisas y paraguas abiertos proferían improperios o algún seco perdón dedicándonos miradas hostiles, ahí estábamos: sentados a una mesa de un Cofee & Shop y departiendo, con perfecta naturalidad, como cuando éramos amigos inseparables. – Y, como entonces — hablé al fin, contemplando recuerdo las partículas de polvo suspendidas en un rayo del sol, cegador casi, de aquella mañana de verano radiante —, tu conversación giraba en torno a lo que había girado siempre. Y como siempre yo trataba de seguirla preguntándome, como me había preguntado siempre, por qué era precisamente a mí a quien elegías sabiendo que en una cuestión tan importante para ti, y que tan por completo te absorbía, jamás había sabido ayudarte. – Porque, vamos a ver — te preguntabas, le dije, me decías, angustiado ante la amenazante impavidez del papel en blanco; lo cual era un desperdicio lamentable, y perdona que haga este pequeño inciso pero eso tiene que quedar claro, porque mi sensibilidad fue siempre nula para el lenguaje literario — ¿Qué puede escribir alguien a quien ni gusta la novela ni sabe abordarla, ni se considera capacitado para escribir un ensayo ni, menos aún, posee los conocimientos suficientes de alguna materia como para que no lo paralice el pudor a la hora de exponer y desarrollar cualquier tipo de teoría? – ¿No es una pregunta demasiado larga? – No lo sé… ¿Cuánto puede importar lo larga que sea si está bien entonada? – Está bien entonada, sí — admitió —; pero me parece, y perdona que insista, que es una pregunta demasiado larga para poderla recordar con tanta precisión al cabo de los años. – A mí también — reconocí —, pero así es exactamente como la hiciste; aunque, si prefieres que te la repita con alguna pequeña variación… – No. No es necesario. – ¿Seguro? – Seguro. – ¿Sigo entonces? – Sí. No me gusta la novela. – ¿No te gusta la novela —te pregunté incrédulo, le dije — después de toda la vida intentándola? – Por eso precisamente: estoy harto. No sé abordarla, termino de decírtelo; he empezado varias y me pierdo, no sé estructurar un argumento... divago, me confundo... – Pues con ese panorama lo tiene chungo alguien, pero… – ¿Alguien? – Sí, bueno… El que ni le gusta la novela ni sabe abordarla ni se considera capacitado para… ¿De verdad no quieres que te lo pregunte de otra manera? – No. Así está bien. – Pero si ese alguien — seguí, mirando distraído las botas mojadas de una joven, con vueltas de piel — no se puede quitar de la cabeza el ser escritor, a mí me parece que la novela no puede ser muy difícil. – Eso es lo que tú te crees — Gruñiste. – Pues el ensayo — sugerí, y traté de animarte —: El ensayo no puede resistírsele demasiado a alguien que...
All rights reserved
2406178290065
La respuesta a quiénes somos
06/17/2024
Celedonia
http://valentina-lujan.es/Q/nopadiezb.pdf no parece, en un principio, que pueda resultar problemática; no tiene uno, o una, o un hatajo ― o una multitud por aquello de no ningunear a género alguno de especímenes ― más que llegar y decir pues yo o nosotros o nosotras somos Fulanito de Tal, o Perenganita de Cual, o estos/as o los/as otros/as o los/as de más allá e hijos/as, todos/as y cada uno/a, de nuestros/as respectivos/as padres/as... No, mira, ahí nos hemos equivocado, pero en un alarde de humildad y de saber no ocultar nuestros errores lo vamos a dejar como está y seguir, como si tal cosa, aunque saltándonos - eso sí - las obviedades que todos damos por sentadas en lo que concierne a nuestros semejantes que, como si vamos al diccionario de sinónimos encontraremos que son "similares", o - eso también - "parecidos/as", a nosotros/as mismos/as, ¿no?, que es de quienes estamos hablando, si no hemos perdido el hilo y, por tanto, portadores/as tanto unos/as como otros/as ― aparte de "de valores eternos", que también se da por sentado y no sabemos si vamos a tener sillas para tantos/as ― de obviedades tan nada diferentes de las propias que para qué repetirlas, nosotros, por puro sentido común y del ahorro, nos atenemos a la más estricta de las lógicas y no las repetimos… ¿O sí lo hemos perdido? El hilo, que sería lo grave; porque el sentido común ― ¡una cosa tan corriente! ―, cuánto ni qué puede importar cuando, además, nos queda el propio, de infinitamente mayor enjundia y entidad. Y si lo hemos perdido, Dios no lo quiera, sí que la habremos liado porque nos pasará como, hace apenas unos días sin ir más lejos, nos sucedió a nosotros en nuestras propias carnes mortales cuando buscando… pues qué podía estar siendo, que así al pronto no caemos… Bueno, pues no sabemos, pero el caso es en resumidas cuentas que fuera por la razón que fuese buscábamos algo y, sí, encontramos muchas cosas, muchas cosas como un destornillador, una mano de almirez, una biela para motor de cigüeñal y una infinidad de pequeños enseres que, sí, nos recordaron, todos, en su pequeñez algunos o en su ya inutilidad otros, otra infinidad de situaciones y momentos en los que ese objeto, el que fuere, estuvo siendo testigo mudo de una emoción, una sensación o un sentimiento que dejó, en el entonces, su huella, pero, en nuestro ahora, en el presente en el que supusimos que los revivirían con tan sólo tocarlos o verlos, parece como que hubieran perdido el rastro de la huella…
All rights reserved
2406168276987
Robando horas al sueño
06/16/2024
Isadora
https://valentina-lujan.es/B/cuandoalasalida.pdf cuando, a la salida de la barbería donde ejercía como aprendiz cuyos conocimientos no habrían ido más allá de lo que es propiamente el afeitar, corría o con mayor propiedad “volaba” en alas de su afán de superación y con el bocao en la boca a recibir unas clases nocturnas de maquillaje que dieron mucho, pero que mucho que hablar no sospechándose ― porque quién habría podido imaginar ― , de una parte, que habían de venir tiempos en que el culto a la imagen llegaría a convertirse en obsesión tan desmedida que lo catapultara a la fama años después por obra y gracia de una epidemia de gripe que, sí, diezmó a la población, pero no hizo mella en la vanidad de los afligidos deudos de los finados, que echaron como se dice vulgarmente “el resto” para que el suyo fuera el mejor presentado de todos los muertos y, de otra parte, que no a mucho tardar la tanatopraxia sería realizada por impresoras 3D manejadas por robots diseñados por una inteligencia artificial que quién, se preguntaban las cabezas pensantes aún provistas de cerebros provistos de inteligencias naturales, podría ser capaz de pensar excepto él, el enamorado — de Amanda, o de Carmelo, o de los dos como hay personas que… que decía Basilia dejando tres puntos suspensivos en el aire y en suspenso qué personas hay que… — que, previsor, había echado sus cuentas y encontrado consuelo en que, bueno, si los robots le privaban de adornar y acicalar a los muertos acicalaría y adornaría él los parterres de alrededor de las tumbas porque, decía su abuela, cuando se tienen sensibilidad y buen gusto y sentido de la estética a cualquier cosa se aplican.
All rights reserved
2406168273061
No logré colocarte en el jardín del Edén
06/16/2024
Sansón Restrepo
https://valentina-lujan.es/Z/nologrecolocar.pdf y mira que lo intenté, porque lo intenté pero lo más ex-tenso que alcancé a elaborar fue el Parque del Retiro, con su monumento a Alfonso XII y sus arriates y sus echado-ras de cartas y sus títeres y sus dibujantes de caricatu-ras y sus… esos jóvenes, ya sabes, que permanecen in-móviles como estatuas para ganarse unas monedas; que está bien, porque el Retiro tiene su encanto, quién lo duda, pero a mí no me servía, tan concurrido, para que tú, Proserpina, mordisquearas manzanas balanceándote a la vista de todo el mundo y sin más atavío que tus tres hojas de parra, tan ricamente, en todo el centro del es-tanque, recostada en una barca o llevando, por entre la gente y tus tacones, al cocker Sánchez con su correa que, en el Edén, lo comprende cualquiera, habría dado un espectáculo del todo anacrónico y resultado, tú, no poco chocante abriendo el bolso y dejando caer unas monedas impensables en el platillo del joven estatua o, sentada, cruzada de piernas tan campante, tomándote un granizado de limón o una cerveza con patatas fritas en una terraza sin consciencia y por lo tanto sin pudor alguno de una desnudez que no hubiera existido jamás si no hubieras cometido la imprudencia de… — porque fue una imprudencia, reconócelo — Pero ya qué importa, qué puede importar ya cuando todo el mundo está tan conforme, tan satisfecho de su corporeidad. No. Quiero rectificar. Satisfecho no está, no está satisfecho porque todos, sobre todo las de tu raza, las mujeres, siempre tienen algún pero y algún ¡ay! quejándose de pues de aquí me falta pues de aquí me sobra y yo quisiera ser más alta o más rubia o más… Pero nunca más algo que…¿cómo podría yo hacerte comprender ese algo que no acierto a expresar y que, por lo visto — no visto, en realidad, mas que por algunos cuantos elegidos —, sólo es perceptible fuera o más allá de… Y que lo fue, tal vez, antes de… Y que hubiera podido seguir siendo eternamente si no hubieses tú tenido aquel capricho tonto, aquel arranque de quiero saber y, sin ni pensarlo, sin reflexionar, te liaste la manta a la cabeza y… Pero digo tonterías, lo sé, porque qué manta ni qué cabeza si antes, el instante anterior, cuando todavía estabas a tiempo, no tenías cabeza, ni frio ni calor ni… Nosotros, en cambio, aquí y ahora o por lo menos en el aquí y en el ahora en que yo estoy — que habría mucho que hablar y que de aquis y ahoras porque, y puede que gracias a la que nos liaste con tu ocurrencia, hay gente que estudia mucho y sabe que cada aquí y cada ahora es distinto para cada observador que puede ser no el humano como yo que mira con el ojo y ve sino algo que se llama fotón, por ejemplo; y otras cosejas que tienen nombres tan extraños como protón, electrón, neutrón y, si no fuera porque no quiero marearte, te nombraría otros más raros aún que se llaman muones, gluones y qué sé yo cuantas más que no me sé y, pues, bueno, todos esos tienen también, desde su punto de vista y sus criterios dependientes de a qué velocidad se mueven, sus propias opiniones al respecto — estamos pasando bastante frio, aunque con la calefacción yo por ejemplo y por lo menos no; pero por la noche sí que viene bien la manta. Y ahora te dejo, que tengo que sacar al perro, poner la lavadora, pasar la aspiradora, bajar la basura, hacer un cocido, fregar la olla exprés, y, si me da tiempo y espacio, después de solucionar ciertos problemas que me traen a mal traer, ir a comprar café y un poco de… una cosa que se toma de postre, después de comer, pero no quiero ni nombrarla tú sabrás, amada mía, comprender por qué.
All rights reserved
2406148249918
Yo traté de hacerte comprender
06/14/2024
Alejandra Bermejo
http://valentina-lujan.es/Y/yotratede.pdf que no, que no era eso, que nunca ni de ninguna de las maneras que pudiera identificar como maneras mías se me había pasado por la cabeza semejante posibilidad; es más, si no te hubieras puesto como te pusiste, haciéndome perder el hilo de un discurso que había ensayado docenas de veces — solo frente al espejo del baño, primero, y con mi prima Ursina delante de los santos, en el oratorio de la abuela, para ver qué le parecía y si le daba el visto bueno cuando consideré que ya lo tenía bastante pulido, limpio de palabrería que ni hacía falta ni aportaba nada —, no me habría saltado (de tan nervioso como me pusiste) la parte que llevaba mejor preparada y de la que tan orgulloso me sentía por lo bien y en términos tan claros que ponía en tu conocimiento que tampoco a mí, aunque hubieses sido la única mujer sobre la tierra , me habría seducido la idea de sentir fascinación por alguien, como tú, mi bien amada (y mira que es quizás la última vez que te lo digo), que traído por puro compromiso y de la mano — en sentido figurado, naturalmente, y se pudiera decir que por los pelos sin temor a incurrir en falsedad ni equívoco porque de aquella muchacha delgadita y frágil aludida tan de pasada por Zoila, que ni nombre le puso de tan ocasional como se mostró en aquel momento en que despegó los labios por primera vez, no cabe en absoluto pensar que fuera a hacer algo tan poco elegante — de esa, la que te digo, la delgadita que se la adjudicó, vaya nadie a saber por qué, a una Luzmila que te trajo a ti de la suya con una letra tan malísima que de no ser por don Cliptemestro que salió en su defensa habrías sido desestimada, pasada por alto sin contemplaciones entre tantos borrones y tachaduras, ignorada por completo y pasado a mejor vida sin haber llegado a ni por un instante formar parte de las nuestras.
All rights reserved
2406148249833
Es quizás la última vez que te lo digo
06/14/2024
Alejandra Bermejo
http://valentina-lujan.es/R/esquizaslaultima.pdf porque la del tercero, el uno, se mudó a casa de la hija y ahora vive lejos y está según dicen muy mal de las piernas de modo que es posible que, un día por otro y tan integrada como estaba, con su silla, en el descansillo, vaya posponiendo el volver y, la otra, la de al lado que enviudó, tan puerta con puerta que se podía haber hecho cargo sin grandes trasiegos de su Yumma y de todas sus cosas quedó tan afectada, la pobre, tras la muerte del marido, que tiene la cabeza bastante perdida y don Arnaldo, tan meticuloso, prefirió no contar con ella por miedo de que se confundiera, de piso o en memoria (como lo adoraba y era tan despistado) y nos organizase, sin intención de armarla, tan buena que fue siempre, algún desaguisado que a ver cómo se enderezaba luego conservando la distribución de los espacios y los tiempos de forma que las piezas encajaran sin necesidad de variar demasiado las estaturas ni las edades y teniendo cuidado de conservar las voces porque Cándida, en cuanto una no le suena, sigue dormitando como si tal cosa, sin reaccionar ni importarle qué diga ni hacer preguntas de si es mejor la elección de tal palabra o de cual otra o cuál es la forma más acertada de distribuirlas dentro de la frase que les da cobijo, y dejándonos sumidos, en su somnolencia ella, a todos en un mar de dudas en el que manoteamos, desconcertados, ignorando si a la deriva o sin rumbo o si lo correcto estaría siendo decir “desorientados” porque, como muy bien decía la señorita Acracia, las palabras son muchas y bulliciosas y suelen pelearse unas con otras para ser ellas, cada una, la que acapare el significado de en qué quien las dice está pensando o qué quiere trasmitir a quienes lo escuchan, y terminan armando tanto ruido y un barullo tan grande que el presidente, desesperado, amenazó en la última sesión con que si tales hechos volvían a repetirse mandaría desalojar la sala. Podrás imaginarte la conmoción que esto causó en todos los ánimos y de qué manera cundió la alarma que, sobresaltada no esperando una salida tan intempestiva, se disparó y causó muchos destrozos que en tanto no sean reparados hacen inviable el utilizar el recinto habitual; pero ya se han puesto manos a la obra Gervasio, el de la sastrería, y el nieto pequeño de doña Celedonia, tan habilidoso, de manera que es muy posible que todo esté arreglado para la junta siguiente y, por tanto, que es por lo que te digo que quizás y etc., retomemos el sistema habitual de que los exámenes sean orales ya que a las señoritas suelen gustarles más porque incluso las más torpes atrapan los errores sobre la marcha, al vuelo — que es normal, claro, porque sólo preguntan lo que ellas se saben — y se evitan el tener que andar corrigiendo las faltas de ortografía. Espero no haber puesto muchas ni haber escrito nada que pueda molestarte. Un abrazo y hasta la próxima avería. Fin i De la versación número uno de las Versaciones de un chupaplumas que bajo el seudónimo Campillos dedicó Sergio Escalante a su amada Proserpina cuando no era más que un internauta aprendiz.
All rights reserved
2406138242363
Encrespada a su manera
06/13/2024
Clara Navarrete
http://valentina-lujan.es/m/muydistinta.pdf muy distinta, desde luego, de los modos en que se ponían fuera de sí Felipe el segundo o la misma Susanita cuando el abuelo se embalaba cantando ― entiéndase en sentido metafórico y sin acompañamiento de tubas ni clarinetes ni dulzainas, pero sí con aquella brillantez tan árida y tan suya ― los defectos que adornaban a… él acostumbraba decir vamos a llamarla Orfelina desatando, sin habérselo propuesto, las iras respectivas de la carnicera y de Ovidio. La ira del primo Ovidio ― porque la de la carnicera se desataba antes, pero tan sin razón o con tan poca, que Fuensanta recomendaba esperar un ratito por ver si se calmaba y podíamos, la que le tocase, abordarla con una cierta serenidad y un mínimo de histeria ― se desataba porque veía tanta viveza, tanto entusiasmo y tanto fuego en las pupilas cansadas del abuelo hablando de su vamos a llamarla Orfelina que él, Ovidio, grande y fortachón como un armario de tres cuerpos, se quejaba, farfullando con la boca llena como era tan tragón, de por qué un viejo decrépito y artrítico había de resultar tan brillante mientras él, con muchísima mayor presencia (decía, sin que se le pudiese negar la evidencia porque Felipe, a secas o “el primero”, es que este, no como mi María Engracia decía la madre que se me crió siempre muy bien, ha salido así, delgadillo, a la familia de su padre menos en la estatura, que sí, era muy alto, la verdad porque en eso ha salido a los míos), pasaba prácticamente desapercibido describiendo los encantos de una tal Victoria, muy guapa, por lo visto, aunque Elvira le decía bueno, pero no te preocupes que a lo mejor no es culpa tuya y Rosarito, ya por apoyarla ya porque el primo Ovidio gordo y necio pero guapo de cara la tuviese bastante encandilada, se ponía a animarlo también ¡pues claro, tonto! y que las mujeres tan guapas suelen ser, en el fondo, muy grises aunque él no se conformaba así como así, tan fácilmente y seguía rezongando no es eso, no es eso, lo que pasa es que a mí alguien me tiene manía hasta que Genoveva, que con tantas obligaciones tan diversas a las que atender y teniendo que llevar en perfecto orden la cuenta de todo, volvía de dirimir alguna cuestión logística, con la lengua fuera la pobre, y se ponía a tejer para, sirviéndose del movimiento de las agujas, dar un codazo con disimulo en el brazo del abuelo que, incapaz de recordar su propio nombre, retomaba con prodigiosa facilidad el hilo de sus pensamientos colocándose, sin ningún problema, en que jamás hubiese debido hacerse cargo de parte tan delicada de una empresa que, a la larga, terminaría por implicar – y en ocasiones hasta por involucrar, elevando su índice el abuelo y manteniéndolo en alto mientras nos miraba de hito en hito y uno por uno ― a muchos que, quién podría saber si incluso en su mayor parte, no estaban siendo inocentes...o casi y, ya puesto en vereda, que de cualquier modo y tal cual queda dicho era la mencionada Orfelina (pues que así vamos a llamarla) quien tenía, allá ella y que se las apañase como Dios o su muy cuestionable criterio ― el de ella, no el de Dios ¡que Dios le librase!, quiso puntualizar, como era tan piadoso que quién ni aun la mismísima Vanesa (la misma Vanesa a la que por el momento vamos a relegar, sugirió doña Loreto, al olvido, no se supo al pronto si por ganar tiempo o porque la alarmase los buenos ojos con que, se había dado cuenta en varias ocasiones, la miraba Felipe) se habría atrevido a poner en tela de juicio ― le dieran a entender, que abrir la marcha sin más pertrechos ni equipaje que sus exiguas explicaderas y, en las manos y porque no las llevase vacías ya que pretextó que se iba a sentir desamparada, uno o varios objetos cualesquiera que le resultaran habituales o cotidianos porque esas jovencitas con tanto arrojo ― mujer obsesiva y madre posesiva doña Loreto ― son muy lagartas por los que ya podía, a su libre elección, ir decantándose. Se decantó tras alguna vacilación por los habituales que el abuelo pronunció como quien nombra algo requetesabido de forma que, nos dimos cuenta en seguida, aunque como decía Gema no os pongáis huecos como pavos reales que para eso no hay que ser ningún lince, de que se trataba de una bolsa de lona, azul, con cremallera en la que la del quinto B, que era su musa, llevaba… – ¿Por qué era su musa? ― Distraída, sin levantar apenas la cabeza cualquiera de las señoritas. –Porque reunía cumplidamente en lo que él suponía su persona de carne y hueso todas las características que se sentía obligado a detestar en cumplimiento fiel de su contrato en el que figuraba, en letra bien grande, la condición inexcusable de que había de ser un viejo malhumorado de esos que odian a todo el mundo, aunque a veces, y bajo el pretexto de su avanzada edad y de su cabeza tan perdida, hacía como que...
All rights reserved
2406128233258
Esperando
06/12/2024
Don Gabriel
http://valentina-lujan.es/G/hastaque.pdf asta que, cuando hubo pasado el tiempo que figuraba estipulado como suficiente, se animó a preguntar: – ¿Estás seguro? – ¿De qué? –De que el abuelo tenía que acordarse. – ¡Pues claro! –Pero yo he oído por ahí — objetó, tirándose de un calcetín — que con Felipe estaba siempre todo un poco en el aire. Así que... ¡a saber si se acordó y si diría! – Seguro que sí —afirmación la mía un tanto precipitada, pero es que, así como doña Loreto siempre me pareció una bruja insufrible, el chico era otra cosa y... bueno, me apeteció defenderlo porque el abuelo a mí me caía simpático —, tiene sus cosas como las tenemos todos, claro, pero también una memoria prodigiosa. –No, si eso sí; pero que a veces no puede contarse del todo con él. – ¿Quién dice eso? – ¿Y yo qué sé? — replicó poniéndose de pie con un pequeño brinco. –Dicen por ahí. No sé quién — la remedé — ¡Es todo tan ambiguo! –Ya, pero... ¿Crees que a mí me gusta esa especie de... qué se yo, tirar la piedra y esconder la mano, o algo así? — los ojos se me habían acostumbrado a la oscuridad de la noche y podía verla, cruzada de brazos y con la cabeza baja, jugueteando con la punta del pie con una piedrecita blanca —. Lo que pasa es que estoy un poco desorientada todavía y, a las personas, apenas las conozco — y propinando a la piedrecita un puntapié —: Pero lo dijo, que un día que un tal don Heliodoro... – ¿Quién? –O no Heliodoro — se avino, y eligió para seguir enredando una rama de... por ilustrar la escena diremos almendro —, pero que se llevó un disgusto horrible una tarde parece que de verano y Genoveva, porque me parece que dijo Genoveva, tuvo que pedirle que...; en algún lugar que no sé concretarte, alguien que si lo viera te diría «ese es». –Don Ildefonso — dije, y expliqué —: Es que le gustaba mucho el fútbol. – ¿También me tenía que aprender esas minucias? –No, pero... — como empezaba a parecer algo abrumada intenté desviar el tema y —: Había perdido su equipo. –Un dato francamente relevante — consideró en tono sarcástico y, como a solas —: Creo que me lo apuntaré. –No hará falta — contesté, aparentando no reparar en su enojo tan fuera de lugar y de horario —; es algo que sucedió hace mucho y ya no creo que haya que volver... que nadie tenga que volverlo a utilizar. –Eso nunca se sabe — mordisqueando su rama —; un buen día surge, como acaba de pasarte a ti con Quiteria y esas peripecias de su... vida real, ya me entiendes, y... Bueno, que es conveniente tener cada cosa en su sitio, ¿no? –El asunto — atajé atento a que, como aprendiera de niño, con las vidas ajenas conviene ser prudente — consistió en que aquella tarde que era ciertamente de verano, eso te lo contaron bien, se armó revuelo ante el temor de que a Felipe, precisamente aquella tarde en que tantísima falta nos hacía, le hubiese tocado... por sorteo, como tocaban pocas veces tantas cosas aunque las más era costumbre el hacerlas por turno y quitarse de líos, perder la partida que regularmente jugaban él y otros en lo que se llamaba El Casino y regresara, ahora, tan malhumorado como para negarse abiertamente a complacer a una Genoveva histérica que había acudido a él en última instancia y como quien se agarra a un clavo ardiendo suplicándole que se pusiera en el lugar «¡hazte cargo por favor!» de don Ildefonso, que había perdido su equipo... Pero, ¿no va a ser mucho para ti, así, tan de un tirón? –Vamos — picada —, que en tu opinión las de mi clase somos unas blanditas y unas ñoñas y... –No, no, qué va — protesté sin mucho entusiasmo —; pero que... –Pues sigue, entonces. –Pero que... esto, ¡ah, sí!, que no — continué y allá ella sin saber hasta qué punto podía mamá ser obstinada —; no y la mala cara con que lo vieron asomar se debía al parecer tan sólo a un malestar pasajero y perfectamente previsible porque, con la tarde tan calurosa y habiendo tenido que caminar a pleno sol y buen paso desde la sala de curas del ambulatorio donde montáis esas timbas que qué vergüenza, no lo quiero ni pensar como un día os pillen era normal que llegase adormecido y algo desmadejado aunque, seguro, se despejaría en seguida, en cuantito se tomara ¿y quién va a pillarlos, tonta, si juega con el juez y el cabo y el alcalde? un buen vaso de limonada “anda, bébetela rápido, ah, bueno, siendo así ya es otra cosa, que vamos mal de tiempo” que el abuelo indefectiblemente aprovechaba, tan fresquita que a ver si va usté a coger frío y tenemos un disgusto, para ¿qué disgusto ― entre toses ― si además siempre gano? pasar mejor la pastilla de la tensión que no sé cómo diablo te las compones para que siempre se te atragante y, tras un par de carraspeos y al diablo aún entre sonar de narices y lagrimeo porque creyente aún a pesar de jugador y algo tramposo sí que lo era ni me lo mientes, recuperado el fuelle, en apenas unos segundos estar despotricando con su voz temblorosa pero potente y clara de Orfelina...
All rights reserved
2406128232893
La mente enteramente despejada
06/12/2024
Valentina
http://valentina-lujan.es/Y/yaquiyahora.pdf Y, aquí y ahora, la cabeza llena de pensamientos y el alma llena de sentimientos que ― se queja ― no sabe expresar ni exteriorizar; unos ni otros. No pensamientos trascendentes, ni sentimientos nobles; pero suyos, los que mi vida y mi carácter ― dice ― han conformado o los que han conformado su vida y su carácter. –Es difícil saber qué condiciona a qué, qué fue primero; discernir si la vida no fue como se deseó porque el ser de uno no lo propició o el ser de una forma o de otra hubo de ceñirse a qué y cuánto la vida le otorgó a saber si graciosamente o a mala sombra. Imagina que, a fin de cuentas, es lo que le sucede a todo el mundo y que la felicidad y la infelicidad son estados bastante parecidos en unas personas y en otras. Y que hay mujeres que ― dice ―, por poner por caso, contrariadas porque su color de pelo no quedó como se lo pidieron a la peluquera sufren tanto como la que no entiende el mundo ni ― aunque se niega a decir «por poner otro caso no menos risible» y si le pregunto el porqué se encoge de hombros ― encuentra el sentido de la vida. Tan sufrimiento es ― opina ―, en el ánimo de cada una y en función de las valoraciones e inquietudes respectivas, uno como el otro y, nadie, podría en justicia convencer a aquella de que la aflicción de ésta sea, aun apenas tan sólo por los pelos, más estúpida que la rabieta por éste o aquel color de vida. –Porque se sufre en la medida exacta de la incapacidad para aceptar lo que hay, tal y como lo hay en el momento en que lo hay; y no más ni menos porque lo que haya o no haya sea o no digno de la comprensión ni la simpatía de quien lo vaya a procesar desde fuera sin más elemento de juicio que el que su personal aceptación o rechazo de su propio qué hay o qué no hay tal y como lo hay en el momento en que lo hay le ponga a mano… En fin que, como empezó diciendo, es lamentable, y ya termino, embarcarse en disertaciones a sabiendas de que no se va a saber salir de ellas. A lo mejor está en lo cierto.
All rights reserved
2406128232091
Una infinidad de pequeños enseres
06/12/2024
Clara Navarrete
https://valentina-lujan.es/U/unainfidepeque.pdf que, «entiéndase, — la señorita paró de dictar y se quitó las gafas mientras lo explicaba — no será una “cosa” en sí misma y con su propia y única y exclusiva identidad o corporeidad o visibilidad o asibilidad porque las infinidades todo el mundo sabe que por su propia idiosincrasia tienden a la heterogeneidad o, cuando menos y en el mejor de los casos, a homogeneidades tan dilatadas o extensas que vaya nadie a saber de dónde vienen o cómo empezaron ni adónde van o cómo terminarán» nos trajeron a la memoria — se puso las gafas y continuó dictando — algún recuerdo que en nada se evocaba ni se correspondía con el objeto buscado.
All rights reserved
https://valentina-lujan.es/papeles/queseveiaclara.pdf Que se veía claramente que no era, ni tendría por qué serlo, tantos baúles como hay por el mundo y tan distintos, y que hubiera sido mucha casualidad o, de no serlo, sí algo premeditado, forzado, traído como suele decirse por los pelos… un baúl verdadero sino dibujado y, ese sí, premeditado, ya que se apreciaba el cuidado, o el capricho, o las ganas de juguetear con que se aplicara a ello alguien que no tuviese algo más importante o urgente a que atender. Así que, no; no pretendía ni de lejos ser una foto, ni siquiera una réplica, o una broma, que hiciera referencia al que tenía yo, ahí, enfrente de mis ojos, en el que ella se sentara y diese un salto protestando estos chinos se clavan en el culo que es un horror. Y quise, para comprobarlo, sentarme; y lo cerré. Y sí, ella tenía razón, que aquí están los chinos, que les hice una foto, para que los mire quien quiera, tallados tan en relieve que sí, que cualquiera entenderá que ni yo miento y ella exageró al exclamar que se clavaban en… Un horror. Si eran, sin embargo, y también saltaba a la vista, verdaderos los objetos fotografiados de lo que cabría suponer fuera su contenido. Pero eran objetos todos lógicos y normales, sí, pero demasiado heterogéneos, unos demasiado grandes y consistentes, como zapatos o un guante de fregar, que no sufrirían daño ni deterioro por estar ahí tirados, quizás de cualquier manera, en tanto que otros eran muy pequeños, de apariencia frágil, como la pequeña miniatura con un busto de mujer pintado sobre nácar o la bandejita de color verde decorada (en la foto no llega a apreciarse) con incrustaciones de lo que podría ser también nácar y una muy fina, delicadísima filigrana de hilos de oro. No. Esos objetos no podrían estar, así como así, en ese baúl que, además, era demasiado pequeño (lo medí, a cuartas de mi mano, que era lo único que tenía a, bueno, mano); unos 65 centímetros de largo por 30 de ancho y algo menos de alto. No podían caber tantas cosas que, además, dónde estaban. Mi baúl sólo estaba — bueno, ahora ya vacío — lleno de papeles y nada más papeles. Pero… Caí en la cuenta de repente; no tenía por qué tratarse del mismo baúl. El que contuviera los objetos fotografiados no tenía por qué ser mi (que no lo era, pero para entendernos) baúl. ¿Y para eso tanto medir y tanto cálculo? “Eres un ser absurdo”. Y lo cerré, contrariado; y amontoné los papeles, un poco de cualquier manera porque como ya estaban revueltos qué más daba. Y agarré la llave para bajar a buscar el papel, el que yo de verdad necesitaba y por el que tanto había suspirado. ¡Suspirado! “Suspirar por algo tan prosaico — casi sonreí, enternecido — que para qué lo estaría queriendo yo”. Y me acordé… “Joder, idiota, y para qué iba a ser”. Y me reconfortó saber que, eso sí; o, bueno, que eso no. Que ni el objeto ni su uso eran una especie de desvarío de mi imaginación. Aunque había dejado, no sé por qué, de parecerme urgente.
All rights reserved
First | Previous | Page 11 of 506 | Next | Last
write to us if you want to leave us a message
© 2026 Safe Creative