El Rubio tiene 11 años y una cosa clara: no quiere hacer daño a los peces. Pero no porque le gusten demasiado, sino porque Antonio, su padre, es pescador y no quiere ser como él. El Rubio quiere estudiar porque piensa que para ser algo hay que estudiar. También quiere irse del pueblo. Sus compañeros de clase persiguen a los que no son como ellos. Y él no es como ellos.
Una muerte inesperada le da la posibilidad a Antonio de comprar, por fin, una barca. Perteneció a un pescador que se ha ahogado. Su mayor ilusión es tener una para ir a pescar, acompañado de sus hijos. Así podría mantener la estirpe de pescadores, como siempre se ha hecho. Pero le da miedo el ahogado; podría cambiarle el nombre a la barca, para engañar a la mala suerte, pero hay una ley en el mar que dice que si le cambias el nombre a una embarcación, una maldición caerá sobre ti.
Tendrá que decidir si, por cumplir su sueño, estará dispuesto a sufrir la maldición del mar. Quizá todo lo que acontece en Marbella, durante los años 80 y luego, con la llegada de GIL y sus políticas devastadoras, sea el resultado de esa maldición. Tal vez, que su hijo se sienta atraído por los hombres, también.
Contada en tres momentos de la vida del Rubio (1984, 1991 y 2015), es la historia de un viaje circular: el Rubio en una familia de pescadores en Marbella, rodeado de tradiciones que ya no volverán; el universitario que se intenta construir negando sus orígenes pobres; y, finalmente, el reencuentro con su familia. La barca de pesca es el hilo conductor de esta fábula sin moraleja.
Tal vez no sea tan malo morir siendo pescado.
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