Aquella noche, la tormenta relampagueaba con gran estruendo. Se cernía sobre sus cabezas a gran velocidad. Debían darse prisa. No tendrían otra oportunidad tan buena como esta. «Lo que usted diga, doctor», le respondía sumisa Mary, su ayudante, cada vez que, enloquecido, le gritaba sus instrucciones. Ella, a pesar del temblor de sus manos, puntada a puntada, logró unir a tiempo todas y cada una de las partes hasta completar aquella horrible criatura. Harta de soportar durante años las locuras de
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