— ¡Ese idiota me ha tocado el culo! –Dijo Jenny
— ¿Quien?
— ¡George! —Gritó molesta.
— ¡Dios mío! ¿Es que no se puede estar tranquilo con su novia, sin que le toquen el culo?
Estábamos de pie, observando el gran Carnaval de Sudamérica. Muchos corsos psicodélicos, putas con serpentinas y toda esa caravana de mierda.
Me acerqué a George.
—Hola George.
—Hola, Trevor. ¡Muchachito perdido! —Gimió.
—Ya te he dicho que no me llames “muchachito” George.
—Vaya, vaya, parece que alguien ha estado envalent
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