Las carreteras son grandes infraestructuras artificiales que ocupan miles de kilómetros cuadrados sobre los que inciden el sol y el viento, recursos que podrían ser masivamente aprovechados mediante la instalación de paneles fotovoltaicos y aerogeneradores en los aledaños de las vías o sobre ellas.
Con esta medida se genera electricidad de origen renovable a gran escala evitando el gran problema de las megacentrales convencionales: la necesidad de enormes superficies.
Ello significa que las regiones pueden apostar por su autonomía energética sin renunciar a sus territorios ni al valor natural, agrícola, histórico o turístico de los mismos. Además, de este modo las propias carreteras pueden suministrar energía a la creciente flota de vehículos eléctricos, reduciendo la posibilidad de que el precio de la electricidad aumente debido a la demanda de este nuevo tráfico. Estas y otras ventajas se discuten en esta obra de modo cualitativo, a lo largo de 17 capítulos y más de 130 imágenes.
Convertir las redes viarias en fuentes de electricidad limpia y distribuida puede contribuir a la autosuficiencia energética de los territorios y a prepararlos para afrontar las crisis energéticas que se avecinan. La decadencia o encarecimiento del petróleo y las inestabilidades geopolíticas nos obligan a adoptar medidas audaces para garantizar nuestro suministro energético antes de que los acontecimientos se precipiten y nos veamos, nosotros o nuestros hijos, en mitad de la escasez.
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