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―¡Ay, Dios, que el viejo este ha estirado la pata! Que se ha ido al otro barrio. ―¡Calla, Eva! Mira que eres dramática. ¿Tú hueles a muerto? Yo al menos no. ―Pon la oreja otra vez, Maite. No se escucha nada, ni la tele, y los viejos están todo el día con la tele puesta, ya sabes.
Tocan la aldaba, pero Ramón no abre. Y las dos vecinas frente a su puerta pasan a ser tres, y luego cuatro, y después cinco hasta que medio rellano se planta en el portal con un abanico de hipotéticos fines que po
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