Era un día como otro cualquiera de aquellas felices vacaciones cuando entró en casa. No se acercó a darme un beso, no me susurró “me enamoras cada día más”, no vi en su mirada un atisbo de deseo ni escuché su corazón desbocado. Su cara estaba descompuesta, miraba como ido, algo muy grave le había pasado para presentarse así. Apesadumbrado cayó derrotado en un sillón y se cubrió la cara con las manos. No me lo puedo creer, me la han robado. Un minuto, solo un minuto y me la han levantado. Fuimos
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