A VECES PERSISTIMOS EN COSAS QUE NO TIENEN SENTIDO, MÁS POR CAPRICHO QUE POR OTRA RAZÓN. Seguimos andando sin mucho cuidado por el mismo camino que sabemos no tiene salida y al que al final tiene eso que sólo nos hace daño. Es un círculo vicioso. Como el resentimiento, el rencor, el odio. Tal es la situación de Nathan Stewart. Nacido en una familia deshecha, está decidido a que cada cual pague sus platos rotos. Sobre todo su padre.
Nathan ha sido criado por su madre en los caminos de Dios. Él sabe dónde buscar las respuestas a su rencor, tal vez incluso cuales son, pero de algún modo sigue determinado en ignorarlo. Quiere que se las digan a la cara y que quien se lo diga sea alguien en quien pueda confiar (y vaya ironía, porque en quien debería confiar es a quien se reúsa a acudir).
Pensemos: ¿cómo podrá ser él perdonado si antes no perdona?, ¿con qué cara se presentará al único que puede otorgar el descanso y libertad a su alma? Tal vez necesite un poco de ayuda.
Esmirna vive rodeada de mentiras, en una familia en que la honestidad está devaluada. Ella clama que es diferente e intenta ser congruente con sus pensamientos ante todos, a excepción de su madre, a quien tiene en una burbuja. ¿Es esto bueno?
Cuando menos lo espera, un manuscrito llega hasta Nathan, haciendo temblar sus resoluciones y alcanzando a quienes le rodean, incluida Esmirna. Si la ceguera puede hacer caer a dos necios al mismo hoyo, si les quitan la venda… ¿habrá oportunidad de que salgan?
Esta es la historia de los obstinados Nathan y Esmirna y de cómo sus ojos fueron abiertos.
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