Una hoja amarillenta, marrón por los bordes, baila la danza del viento. Es una lámina fina y ondulada, que desciende y parece sucumbir a la gravedad, pero inmediatamente remonta el vuelo hasta sentarse en el banco de enfrente. No es la única que se coloca ahí. El suelo de la plaza está alfombrado por cientos de ellas. Pero me propuse seguirle el rastro a esta, a la más rezagada de cuantas cayeron del árbol por el último golpe del viento, comprobar cuál será su trayectoria durante las tres hora
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