Título: Casteld’oro
Un cuento para leer con el corazón
Página 1: Un castillo diferente
En lo alto de una colina donde el cielo se funde con la tierra,
Entre nubes suaves como algodón y flores que brillan como joyas,
Se alzaba un castillo como ningún otro: Casteld’oro.
Sus torres, altas y ligeras, tocaban las estrellas cuando anochecía,
Y sus muros dorados reflejaban los colores del amanecer.
Decían que no había sido construido por manos humanas,
Sino tejido por sueños y esperanzas puras.
Casteld’oro no era solo un lugar:
Era un susurro en el alma, un rincón donde todo era posible.
Página 2: Donde la magia vive
Dentro de Casteld’oro, el tiempo parecía detenerse.
Las pinturas en las paredes no eran simples decoraciones:
Cantaban con voces suaves, entonando melodías antiguas.
Cada canción contaba una historia:
De reyes justos con coronas de luz,
De dragones de escamas relucientes que cuidaban bosques,
Y de niñas valientes que hablaban con los árboles.
Las notas musicales no caían al suelo,
Sino que flotaban como mariposas luminosas por los pasillos,
Tocando los corazones de quienes las escuchaban.
Página 3: Mariposas de luz
Fuera del castillo, el aire estaba lleno de magia.
Mariposas con alas de colores imposibles danzaban en espiral,
Como si bailaran al ritmo de una música que solo ellas podían oír.
Sus alas parecían tejidas con trozos de arcoíris y polvo de estrellas.
Jugaban con los niños, los seguían por los jardines,
Y los rodeaban con un brillo cálido, como un abrazo del cielo.
Dicen que las mariposas de Casteld’oro no eran solo insectos:
Eran guardianas silenciosas,
Protectoras del castillo… y del amor que vivía en él.
Página 4: Niños felices
En Casteld’oro, los niños eran libres como el viento.
Corrían descalzos sobre el pasto brillante,
Dejando huellas de risa por todo el campo.
Los árboles les contaban cuentos si se acercaban en silencio,
Y los libros mágicos bajaban volando de los estantes
Para responder sus preguntas más profundas.
Aquí, los niños no tenían que fingir ser grandes.
Podían soñar con dragones, construir castillos de nubes,
Y aprender simplemente viviendo.
Página 5: Aprender jugando
Casteld’oro enseñaba sin esfuerzo, sin tareas, sin castigos.
Todo se aprendía con juegos de palabras,
Aventuras que empezaban con una pregunta,
Y canciones que enseñaban a sumar, volar o perdonar.
Había clases en los jardines, en lo alto de los árboles,
O bajo el agua de una fuente que hablaba en versos.
Cada rincón del castillo era un maestro amoroso,
Como esos papás y mamás que enseñan sin alzar la voz,
Guiando con ternura y paciencia infinita.
Página 6: Amor y amistad
En Casteld’oro, la amistad era sagrada.
Los niños se encontraban como si se hubieran buscado siempre.
Reían, se abrazaban fuerte, compartían secretos y sueños.
Si uno lloraba, otro lo abrazaba.
Si uno tenía miedo, los demás le daban la mano.
Nadie quedaba solo.
El amor estaba en el aire, en las palabras, en los silencios.
Vivía en cada piedra dorada del castillo,
Y se multiplicaba cada vez que alguien sonreía con el alma.
Página 7: Un lugar que nunca se olvida
Quienes alguna vez llegaron a Casteld’oro,
Jamás lo olvidaron.
Porque el castillo no solo existía en la colina…
Sino también dentro de sus corazones.
Crecieran donde crecieran, fueran donde fueran,
La magia seguía viva:
En la risa de un niño, en la luz de una mariposa,
En un recuerdo cálido justo cuando más lo necesitaban.
A veces, sin razón, una mariposa brillante aparecía cerca…
Y entonces lo recordaban:
Habían estado en Casteld’oro.
Página final: Un secreto entre nosotros
¿Te cuento un secreto?
Casteld’oro también puede aparecer en tus sueños.
Solo tienes que cerrar los ojos, respirar profundo,
Y dejar que tu corazón abra sus alas.
Tal vez esta noche,
Tú y quienes amas despierten allí,
Jugando entre mariposas doradas,
Escuchando cuentos del viento
Y recordando que lo más importante…
Siempre se lleva adentro.
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