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Dos gotas de agua resbalan por el frío cristal, desean tocarse, rozarse, mirarse. Se deslizan lentamente y en silencio, cruzándose la mirada, una mirada enamorada. Llega el final del cristal y no se han tocado, ni siquiera se han rozado, mis dos lágrimas, una tú y otra yo. Fue entonces cuando sentí tu aliento en mi cuello, y en tu mirada deseo, deseo y amor. Pero desperté de mi sueño. Tú allí no estabas, no era tu aliento lo que sentía en mi cuello, sino la b
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