Los actos que hacemos sin percibirlos son como si no los hubiéramos hecho, como si no existieran. La percepción se convierte en automática a medida que se va haciendo habitual.
Añadir una mirada extraña nos hace interrumpir el letargo de la rutina más mecánica; nos dota del poder de llegar a ver con toda su riqueza e intensidad y, por qué no, de sentirnos un poco más vivos, aunque duela.
Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0