Los pequeños charcos de la ciudad se habían convertido en hielo, o al menos la capa superior de ellos. El poco aliento de vida que salía de mi cuerpo se volvía visible al poco de expulsarlo, mis manos estaban escondidas en mis bolsillos, al igual que mi pelo, por dentro del gorro de lana.
Caminaba con la música sonando alto en mis cascos como único acompañante y la ciudad se me antojaba un lugar completamente diferente al que era unas horas antes. Era como si al cambiar mi interior el exterior
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