Cualquier mañana, cuando te levantes, palpas un bulto raro, oculto en cualquier parte del cuerpo y ahí puedes decir que se ha acabado tu vida. El resto, lo que te queda, será lo peor de ella, un mezclar de hospitales, pruebas médicas, tratamientos, horror al vacío y resbaladizas esperanzas a las que agarrarse. Es como si de la ración que te han servido has ido apartando los guisantes, porque los detestas, y cuando ya te has comido la carne, las patatas y la zanahoria alguien te obligara
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