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2407178704255
Esperando
07/17/2024
Don Carmelo
http://valentina-lujan.es/H/hastaque.pdf hasta que cuando hubo pasado el tiempo que, en atención al espíritu deportivo que con tanta pasión sacaba adelante José María si había suerte y lucía el sol o nada más se veían en el cielo nubecillas, denominábamos muerto y era el que había de suponerse estipulado para esperar a que Diana recuperase el oremus y volviera a su ser y se irguiera tal cómo estaba escrito bajo la claraboya pero, como todos sabíamos que eso de suponer es arriesgarse a llevarse un buen chasco, solíamos con el fin de ir sobre seguro utilizar en aguardar a que llegase el viernes próximo y, con él, el tren de las 14:32 a las 15:43 exactamente porque era muy puntual con sus retrasos y descendiese acarreando maletas y sombrillas la nueva remesa de aspirantes entre los que habría, casi seguro, alguna chica de estatura y complexión un poco parecida a la que pudiera servirle el vestido o, si no le servía del todo, que fuese Dios quisiera un poquito más delgada y poderle meter en las costuras, porque si fuese más gorda no habría de dónde sacar y tendríamos que recurrir a Florentina, que la talla la daba muy bien, pero con el inconveniente de que, si bien el oremus lo recuperaba a una velocidad prodigiosa y eso había que reconocérselo, tenía el pelo largo y era de todos conocido que no aceptaría cortárselo por muy buena que fuese la oferta que pudiéramos hacerle, y encima era morena mientras que Diana era rubia y lo llevaba muy cortito y, encima, rizado cuando, por añadidura, con que Florentina se aviniese a un tinte y una permanente no se podía para nada contar porque decía que se le quedaría el pelo hecho un estropajo.
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2407178702688
Una idea en la cabeza
07/17/2024
El practicante
http://valentina-lujan.es/trans/unaideaenlacab.pdf porque, si bien era cierto que aquella era una de tantas tardes en que mamá estaba rara, y que Fuensanta solía hacer muy bien su papel resultando muy verosímil diciendo que no sabía que tenía pero que algo le pasaba, no era menos cierto que, aun estando todo el mundo de acuerdo en que lo que habría dicho Albertina hubiera muy bien podido ser un punto de arranque para que la situación tomase un nuevo giro y tirado por otros derroteros, ella, Gema — “yo, Gema”, escribía la señorita con tiza roja en la pizarra, y lo subrayaba para que la interfecta (o el interfecto, si estaba habiendo muchas bajas por lo de las anginas o alguna que otra tos ferina, que nunca faltaban, y daba la casualidad de que teníamos menos chicas que personajes femeninos; y se veía en la necesidad de improvisar quién la sustituyese), llamárase como se llamase el tal o la cual, no se despistase y dijera su propio nombre echando a perder toda la credibilidad del ensayo y si era, encima, con público y todo padres y madres y alguna tía que saldrían muy decepcionados —, consideraba más oportuno y conveniente no mencionarla para nada, a Albertina; a Albertina ni a nada ni a nadie que ni aunque fuese solo de refilón pudiese hacer alusión al hecho de que sí, ella era de toda la clase la que mejor escribía y por más que a Susanita le pesase, pero, cuando eran amigas, bien que había presumido de que fuera a ella, Susanita, a quien dedicase, de su puño y de su letra y con su firma y todo, la foto de su celebérrimo boceto que tanto, tanto diera que hablar a cuantos, por entonces y allí, lo tuviesen frente a sus ojos o en sus manos. Así que, pensaba (cuando le tocaba, claro) ella “yo Gema”, cuando le tocaba pensar al o a la suplente que la representaba, que mejor dejar estar el tema justo ahora que — maldita casualidad que a quién se le ocurriría, pero así eran las cosas y no quedaba otra que tirar para adelante y salir del paso lo más airosamente posible — era precisamente ella “mamá” la que se tenía que poner como un verdadero basilisco, sí, un basilisco, pero por otra cosa que no estaría teniendo nada que ver con un baúl viejo y que no serviría para nada más que para echar a perder no únicamente el ensayo sino la obra, la obra enterita ya en escena y con público de verdad porque Susanita, y de eso la señorita tenía constancia, tenía una salud de hierro de manera que, como había sido, era, y sería de por siempre la titular, no cabría la menor esperanza de que su enfado con el tío Astolfo (por ejemplo) resultara todo lo creíble que la memorable ocasión requería.
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2407178698714
En palabras de Purificación
07/17/2024
Isolda
http://valentina-lujan.es/trans/Enpalabrasdepurif.pdf dijo con voz temblorosa al principio, pero resuelta a terminar con lo que estaba ante el hecho que se le empezaba a antojar inminente de que la señorita en cualquier momento se le encarase y ¡basta ya de encogimientos de hombros y evasivas; quiero imaginación y un mínimo de arrojo! Y que Albertina habría dicho que Pascual había dicho, seguro, «de cualquier forma a Pascual hay que sacarlo», tan tarde como era y tanto sueño como todos “teníamos”; pero como aquella era una de tantas tardes en que mamá o no era la de siempre o estaba rara ― Fuensanta lo decía “ésta no sé qué tiene hoy, pero algo le pasa”―, yo no quise, quizá por cobardía, comprometerme hasta ese punto por miedo, por pura cobardía de que me pusieran de cara a la pared aunque ella «yo, Gema» tenía una idea en la cabeza que podría ser tal vez mejor. –Una idea que quizás pudiese resultar porque — dijo —, aparte de la teoría de los conjuntos de Gertrudis, de la que reconozco no saber ni una palabra, pero “grosso modo” me he for – ¿“Grosso modo”? – Damián, jugueteando con un ovillo de lana verde porque Proserpina, harta de broncas, había dicho “ese corazón de Jesús, por favor, que alguien lo quite de en medio” –, ¿qué es “grosso modo”? Ursina iba entonces, tan culta, a contestar algo pero la señorita Ernestina se puso de pie “no es necesario” adujo, pararse a cada paso, dijo, “llevar las cosas a ese extremo” ― aunque, porque la idea de Proserpina sí le pareció acertada, mando guardar el corazón ― y, arrancando de las manos de Damián el ovillo de lana verde, a Lotario, que siguiese, por favor. jado esta tarde una noción remota, a mí me parece ― ella opinaba, Casimiro no bajaba el dedo, que había otros matices que se podrían incorporar, tener en cuenta a la hora de plantear qué era, es, dijo, la vida... o bueno, la realidad en realidad. Rectificó. Pero que «mañana con calma; que estaremos todos más despejados» nos comentaría y matizaríamos. − ¿Mañana? —el primo Remigio. Y que precisamente, cuánto lo sentía, mañana en concreto debía acudir al bufete de su abogado a tratar un asunto — “no grave” — se apresuró a aclarar notando que Angelita, la tía, se mostraba de repente inquieta; pero sin renunciar a hacer la puntualización no del todo tranquilizadora de “si bien reviste, a qué negarlo, una cierta importancia”. – ¡Pues sí que es una contrariedad! —mamá, en tono de verdad compungido si bien, sacudiendo la cabeza como quien trata de ahuyentar un pensamiento importuno “en fin; intentaremos arreglarnos”, dijo y, dando unos golpecitos animosa en la mano de su cuñada, que no se preocupase “alegra esa cara, que todo tiene solución. Ya verás” y, a él —: ahora sube a acostart...ah, pero que tonta estoy, si no hemos cenado. Pero que, de todos modos, si tenía frío, en la balda superior del armario encontraría un edredón y, a Basilia, que se disponía a exponer ciertas razones por las que tampoco ella iba a poder estar presente, con una sequedad que ponía de manifiesto el abismo que separaba los sentimientos que la unían a esta de los que la vinculaban a su hermana, que, bueno, con saber que “nos veremos en dificultades ya es suficiente para irse organizando”, no era imprescindible que, a esas horas, nos pusiéramos de uno en uno “a revelar secretos de vuestra agenda” y que total, un desayuno ligerito ya lo preparamos nosotros, pero los cacharros los encontraría en la pila, sin fregar que lo sepas que cada día se tomaba más libertades cuando vuelvas. Y, aunque todo el mundo se calló, nos callamos, en vista de esto y de lo otro, lo cierto es, fue, que no pudo ser al día siguiente porque todos tuvimos o tuvieron que hacer cada cual nuestras cosas o las suyas atendiendo a obligaciones y deberes o compromisos de esos que se contraen como los matrimonios o las gripes aunque en el caso de Albertina nada más fue un catarro de los de moquear y llorar de ojos pero con unas decimillas y un ponche calentito por la noche... y poco más y, en apenas una semana... o siete días –siete días, sí, es lo que siempre se ha dicho ― repuso la señorita Emérita cuando la llamó por teléfono mamá explicando que iba a faltar y “en fin, que se mejore”. Y mamá dijo “bah” –no hay que preocuparse ― pasándome su mano por el pelo ―, ésta es de naturaleza fuerte se levantó, pálida y más delgada y ojerosa ― Georgina, una recién llegada muy impaciente por hacerse notar, quiso que echando fuego por los ojos; pero le dijeron «tú, primero lo básico; que a poner adornos ya aprenderás» ―, corriendo de acá para allá gritando, enfebrecida increpando
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2407178698585
Otro tipo de empresa
07/17/2024
Isolda
http://valentina-lujan.es/trans/Otrotipodempre.pdf “familiar”, se me ocurre, de esas que empiezan un poco a trompicones y con escasos medios sin más sede social que la habitación del niño al que se desalojó para enviarlo a dormir al comedor ni otros empleados ― había sugerido en alguna ocasión Albertina ― que unos cuantos parientes bien dispuestos… o mal, porque en todo negocio en que los vínculos de sangre andan por medio hay que hacer de tripas corazón a veces y ¿y con Doroteo qué hacemos? cuando se está sabiendo que lo único que cabe es aguantar y que no sería, al fin y al cabo, ni peor ni mejor que cualquiera de otras tantas formas en la muy modesta opinión de una Gema aún sin pulir de, en palabras de Purificación, “cagarla”* aun estando al cabo de la calle de que “bueno, ¿vamos a empezar con tiranteces con todo lo que tenemos por delante, lo que nos queda por enjaretar?”. Y, el tío Crescencio, que ya, que sí, pero si empezamos con esta rémora no sé yo… aunque, en atención a la pobre Paula porque a Candela, su mujer, lo que más le preocupa es que reine la paz y poquito a poco irá entrando en vereda, ya veréis da un poquito de no se sabe qué negarle la oportunidad de hacerse un hombre de provecho cuando, encima, ella le tiene aprecio porque sí, tiene sus rarezas, qué le va nadie a contar a mi si nos hemos criado, crecido como hermanas, pero que… no sé, en fin, vosotros sabréis. * Improvisación añadida a la intervención de la Prieto por, como decía la señorita Alicia, “nuestra querida Olivia” que, como tenía por costumbre había vuelto a liarla porque a ver de dónde sacábamos una Purificación tan malhablada, ahora, en plena vendimia con las lugareñas recogiendo las uvas y, las otras, las de la ciudad tan de paso y poquísimo arraigadas, todas tan finas educadas en colegios buenos, panda señoritingas no querrían, y que fuésemos — idea brillante de Quiteria en uno de esos ramalazos de lucidez que de cuando en cuando le venían — a ver si la manceba de la farmacia, o la que llevaba y traía los papeles de la gestoría, o la encargada del guardarropa del restaurante libanes, quería. Y fuimos; pero, aunque la del guardarropa dijo que le venía fatal porque la función le coincidía con la hora de las cenas, y en invierno con tantas bufandas y tantos abrigos, las otras dos se pelearon porque, como los respectivos negocios cerraban a las ocho, las dos podían y las dos querían. Así que hubo que sortearlo y la que ganó le dijo a la otra hoy por ti, mañana por mí y que podía quedarse con la Fuensanta o la Georgina del jueves próximo. − Mira tú qué graciosa — arremangando la nariz la perdedora —, Georgina cuando todo el mundo sabe que Georgina es una recién llegada, una advenediza impaciente por destacar pero, tan verde todavía, que nadie se atreve a caminar por sus calles, ni a hacerse un traje en la sastrería de Gervasio, ni a comulgar las hostias consagradas de la abuela por si hasta don Sisenio y su chocolate y sus bizcochos son mentira.
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2407168683454
Eramos algo apenas pergeñado
07/16/2024
Isolda
http://valentina-lujan.es/trans/Eramosalgo.pdf apenas pergeñado aunque no menos – si nos poníamos en plan cursi – de lo que lo estaría cualquier otro tipo de empresa en la que para dar los primeros pasos no se contara más que con un puñado de ilusiones, una razonable dosis de esperanza y muchísimos arrestos pero sí – y bastante más si se era lo suficientemente hábil para no sucumbir a la cursilería o lo sensato en la medida conveniente para tirar las armas y mostrando en alto las manos vacías rendirse sin lucha con tal de sobrevivir – que cualquier otra clase de sociedad limitada, cercada, o acorralada o asediada podría estarlo frente a no importa qué otro modelo de amenaza más sutil o encubierta que la que para los intereses de algunos y de algunas obstinados en no querer admitir que no se era ya ni sombra de lo que se había sido supondría ― como mucho y sólo en caso de que las propuestas de Albertina prosperasen ― el transformar la sala de baile del piso de arriba en habitación de Gasparín, tan pequeña que “en cuatro días; y si no, al tiempo” iba a resultar insuficiente para albergar qué menos que un despacho, un archivo, y un almacén para las existencias o, si el negocio iba mal y había que recurrir a calidades inferiores, mercancías.
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2407158661134
A ver cuándo me hace usté unas poquitas
07/15/2024
La prima Conchita
http://valentina-lujan.es/trans/Avercuando.pdf Porque la tía Nines era gordita… por decirlo suave, o por lo menos con la suavidad que lo decía el abuelo Apolonio, que la adoraba. Pero se la adorase o no ― que como es natural tenía también sus detractores ― en lo que inexcusablemente había que estar de acuerdo era en que, pasara lo que pasase y bajo ningún concepto por muy amplio que este pudiera formarse aún en las mentes más preclaras de los concursantes que, competitivos y deseosos todos de salir triunfadores, pugnarían por el lugar más alto del podio adornándola de toda suerte de virtudes y defectos, nunca se daría pábulo, ni pie ni ocasión ni motivo ni fundamento ni base ni peana a ningún santo ni a ninguna seña fuera de identidad o dentro de los límites de la estación tanto del tren como de la estival en que él, el abuelo, con la cabeza tan perdida, se encontraba a sus anchas encerrado en unos recuerdos que, por más que su médico de cabecera y amigo de la infancia se esforzase cuando por las tardes se reunían en la biblioteca a jugar al ajedrez en insistirle en Apolonio, no son tuyos, él, el abuelo, respondía con perfecto aplomo ¿y de quien, si están dentro de mi cabeza, pueden ser si no de mi nuda y absoluta propiedad? – No sé, Apolonio — le respondía el amigo —; pero le preguntaré al hijo de un sobrino de mi nieta, que es abogado.
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2407158658592
Innato o aprendido en el que no me voy a detener
07/15/2024
Eloy Acuerdo
https://valentina-lujan.es/Z/innatoapre.pdf en el que no me voy a detener porque como dice mi amigo ya tengo “con lo que te espera por delante tajo suficiente” como para poderme permitir el lujo de no tener que meterme (so pretexto tan socorrido siempre para el escritor como lo es el hurgar en los pasados de sus criaturas en busca de quién sabe qué viejas, emponzoñadas heridas sin cerrar que justifiquen caracteres conflictivos o aspectos, a veces tan detestables, de personalidades que no habiendo encontrado por el recto camino la manera de expresarse derivan, de manera inconsciente, hacia formas de proceder muy perniciosas) en filosofías y menos ahora, precisamente ahora que había logrado recordar y sin esfuerzo alguno tras largas semanas de infructuosa lucha, cuando regresaba anteayer en el autobús a media tarde de comprar unos útiles de bricolaje y, al mirar por la ventanilla, toparon por casualidad mis ojos con unos geranios color rosa que me obligaron a, sobresaltado, bajarme en la parada siguiente para tomar el metro e ir a regar los tiestos de mi tía ― que me había recomendado que no se me olvidase cuidárselos mientras hacía un pequeño crucero por las islas griegas ni poner, eso me lo recomendó sobremanera, su agua y su comida al periquito ― tras diez o doce días de irlo dejando ora y entre tantas preocupaciones, ¿verdad?, como todos tenemos por una cosa ora por otra pero con la tranquilidad de que, desconfiando de mi mala cabeza, el animal estaba en mi casa, en su jaula, perfectamente atendido con su cotidiana ración de semillas y su agua siempre fresca… ¿Por qué me había, en tal caso ― querría saber mi amigo, que se pone a veces muy exigente con los detalles; pero preferí imaginar que ya discurriría una razón irrefutable en cualquier otro momento en que estuviese menos excitado o, al menos, no tan inspirado como para no tener meridianamente claro que lo peor que podía hacer ante situación tan venturosa era perder la serenidad ― sobresaltado? Las respuestas podrían ser múltiples y variadas, pero la que ganó frente a argumentos no menos fútiles que la en extremo peregrina idea de que mi tía ― mujer de temperamento adusto que jamás sintió el menor interés por visitar las islas griegas ― amase (por no entrar en pormenores ni caer en la tentación de ensañarnos dando cuenta de cuánto hubo de sufrir el buen hombre, que era un bendito aunque de escasos posibles pero la adoraba pese a que el abuelo lo había advertido “usted verá, pero tiene un temperamento horrible”, durante las cuatro décadas que se demoró Dios en llamarlo a su diestra) los periquitos fue, contra por un lado todo pronóstico y mi voluntad por otro, algo tan del todo extravagante como que ya tenía ― “¡Pero, coño! ¿Es que no lo ves?”, me gritó ― la solución al porqué de no poder terminar de encauzar lo que venía diciendo cuando, por cualesquiera de las diversas variopintas circunstancias aleatorias que pudiéranse por ventura o desventura terciar o por cualquier otra que no acertase yo a prever, alguien se había equivocado de mujer. Traté por todos los medios de persuadirlo de que eso era impensable porque si tal hubiese ocurrido, Lola, que lo repasa todo antes de enviarlo a la imprenta, se habría dado cuenta y la vuelta, un giro de ciento ochenta grados al relato, de manera que las mujeres, todas nuestras mujeres, fuesen tan diferentes — poniendo a cada una su estatura, color de pelo y ojos, atuendo y compostura (o descompostura, porque las hay descaradas e incluso libertinas y hasta descocadas aunque estaba yo seguro de que en el caso de las nuestras — salvo Sonia, quizás, que con lo del pelo mojado por la lluvia en un día del todo despejado me tiene sumido en profundísimo desconcierto — no era el caso) que no quedara ninguna posibilidad de error. – ¿Y qué me dices — va y me contesta él, a quemarropa — de doña Gardenia? – ¿Doña Gardenia? – Sí, sí, doña Gardenia; y no te hagas el desentendido, llamándola Indalecio puta por la ventana abierta, Lola se acordará; e Indalecio, tan bien criado que está por tu tía que se educó en las monjas… – Sí, pero el pobrecillo qué sabe; se lo oyó decir a los albañiles y lo repitió como un loro. E insistí e insistiría hasta la saciedad en que doña Gardenia no es de las nuestras aunque, y que en eso no lo contradije por no desviarnos del asunto que tratábamos, mi tía no se educó en las monjas; y sí es de las nuestras.
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2407148652494
La señorita Araceli era incapaz de comprender
07/14/2024
Irene Espelosín
http://valentina-lujan.es/F/La%20se%F1orita%20Araceli%20era.pdf La señorita Araceli era incapaz de comprender por qué tenía, ella precisamente como siempre que era jueves, que girar exactamente ciento treinta y cuatro grados la barra de pan para colocarla apuntando (lo que era un decir, teniendo en cuenta que por alguna enigmática razón el coscurrito de la punta siempre faltaba) hacia la ventana. ¿No se había enterado a aquellas alturas todo el mundo de que si era jueves por la tarde lo que iba sobre la lavadora era la barra de pan y no la jarra del agua medio vacía? Y que lo que pasaba — decía —era que no se prestaba la debida atención; porque no le parecía a ella que pudiera ser tan complicado recordarlo “porque, vamos a ver, Cristinita…” —conminando a la interpelada a que viniera “aquí, al encerado” y sometiéndola a un interrogatorio exhaustivo solicitando detalles a veces del todo peregrinos de tal o cual acontecimiento de nuestra Historia en los que ella, Araceli, gustaba aunque nada más fuese por mortificarla de ensañarse — “dinos, dónde exactamente estaba y cómo era” tal o cual minucia irrelevante que se le pasase por su cabeza de cabellos canosos y sin brillo peinados en un pequeño moño en todo lo alto de la coronilla, como una castaña. Y Cristinita se esforzaba, ponía todo su empeño en que la minucia irrelevante, fuera la que fuese, tomara en su sentir de ahora la consistencia, la textura, el color y la forma y — si los tuviere — el sonido y el aroma que (por obra y gracia de un saber hacer que siempre estaba en otros pero nunca en ella) adornaron aquel cestillo que, envuelto otrora en papel celofán y conteniendo pastillas de jabón trasuntos de fresas o mandarinas o manzanas, deviniera en salacot sobre los rizos que (una vez destejido un jersey de ochos que tras el estirón de las anginas se le quedó pequeño a una Peláez) enmarcaron el rostro rubicundo de Margarita, la del notario, encantada de padecer vicisitudes y penurias bajo los rayos del inclemente sol africano que daba, por aquel entonces, de plano sobre los terraplenes que terminaron siendo el polideportivo con piscina y tres pistas de tenis de junto a lo que —hasta que se jubiló don Apolonio sin tiempo el pobre de ver una transformación tan prodigiosa — se llamó siempre “el cuartillo de aliñar las berenjenas”.
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2407148652357
Pero esto no era, no había mas que verlo, ninguna versión
07/14/2024
Albertina Vinuesa
http://valentina-lujan.es/P/peroestono.pdf Pero esto no era, no había más que verlo, ninguna versión diez de nada; ninguna versión diez sino la ocho y, encima, de nada que fuese lo que yo buscaba. Seguí con el tecleo… Seguí tecleando, sí, pero sin quitarme de la cabeza que no era capaz de entender por qué, habiendo pulsado exactamente en el mismo enlace de la misma página en que lo encontré por primera vez, lo que venía a la pantalla no era – como dijese la de la copla – la versión que buscaba sino la ocho… ¿De qué? Seguí tecleando… No tenía ni idea “de qué” – ni para qué tecleaba, a lo mejor – pero entendiendo que había un “algo” de lo que debían en buena lógica de existir siete versiones más o, por lo menos, nueve. Seguí tecleando enfebrecida hasta que, después de peregrinar por un sinfín de páginas, y de hospitales, y de películas que en otro momento me habría parado a mirar si eran buenas o malas y “a ver – me hubiese dicho – si voy la semana que viene” pero no ahora que estaba tan atareada, y de jardinería con flores tan vistosas pero que yo ni me las planteo porque para las plantas he tenido siempre una mano malísima, y otra vez el Google Earth porque una vez tuve el capricho de buscar una pastelería en las islas Fidji aunque lo más seguro es que no vaya a las islas Fidji nunca sin pararme en ninguna, fui a dar, por lo menos, con algo que por lo menos me daba la razón aunque, porque era esta
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2407148652265
Pensar en otra cosa
07/14/2024
Rosa
http://valentina-lujan.es/C/cosaquelue.pdf que luego, si los hechos llegaban a manifestarse abiertamente irreversibles, investidos de todo el esplendor ... Y el muchacho lo buscó y volvió y le dijo “mira, aquí lo tienes”, y la freidora sacó la tanda de croquetas y las puso en la fuente, y se limpió las manos en el mandil y dijo “a ver, que lo vea yo que no me fío ni un pelo de ti”. Y se sacó del bolsillo las gafas de cerca y dijo “tú te has creído que yo soy tonta o qué” y que vería la que le esperaba “cuando suba tu padre del trastero”. “No va a subir hasta el verano”, contestó el chico, “además no está en el nuestro sino en el de la señorita Susi. Y la madre dijo “pues esperaré, pero tú no te escapas sin una buena tunda alpargatazos porque lo que no voy a consentir es que me quieras hacer tragar la rueda de molino de que este calcetín es hermano de éste”:
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2407148651695
Una muy seria reprimenda
07/14/2024
Doña Aurora
https://valentina-lujan.es/U/unamuyserep.pdf que me dijo que sin imaginación no era posible sacar nada adelante, y que si seguía en ese plan mi obra no vería nunca la luz avivando, con ello, los temores que venían ― a pesar de mis esfuerzos por ignorarlos ― desde tiempo atrás martirizándome recordando, cada noche y sin dejarme conciliar el sueño, la boca de labios extremadamente finos de Celedonia pronunciando su “reconozca que el que estas páginas de usted vayan a ser leídas alguna vez es mera hipótesis” que aunque no dicho con acritud se me clavó en el alma como una puñalada; y que ya podía si de verdad aspiraba a publicar alguna vez ir espabilando y atreviéndome a inventar, aventurándome a lugares que ni había visitado ni visitaría muy probablemente jamás y a situaciones de las que sin un mínimo de arrojo y ciñéndose a la más tediosa de las lógicas no era posible sacar ni al más intrépido protagonista “por más que pongas en sus manos todos los revólveres que quieras para tirotear a los que le persiguen o lo pertreches de un paracaídas para que salte desde un avión” porque, dijo también, si es cierto que las motivaciones para cualquier acto han de estar bien estructuradas y los movimientos justificados sean para el bien o para el mal, no es menos verdad que en las situaciones extremas lo único que en definitiva vale o no vale y lo lleva a uno al fracaso o al éxito es la iniciativa personal y, eso “métetelo en la cabeza”, me dijo, la capacidad para resolver cualquier problema, nadie puede dársela mas que su creador y, cuando yo intenté explicarle que todo podía ser más sencillo y no requerir de tantos elementos más propios, parecía, de una película de acción en pantalla grande porque el hombre del traje azul parecía más un próspero empresario de esos que llevan una vida, de más o menos quebraderos de cabeza, sí, pero sólo de cabeza y de echar cuentas de si la bolsa sube o baja y ese tipo de cosas, pero no de riesgos físicos y nada más teniendo que estar tras una mesa de despacho dando órdenes a secretarias muy eficientes, y acudiendo a reuniones con otros empresarios o con gente importante del gobierno y, luego, a comer a un buen restaurante él me dijo que, bueno, que lo de los revólveres y el paracaídas era sólo un ejemplo y que, por mucho que este hombre llevase una vida confortable y sin sobresaltos, no estaba de más consignar si tenía bigote o una amante rubia y un poco regordeta, porque así, cuando el lector se lo encontrase comiendo con una morena esbelta se daría cuenta enseguida de que o él no era el hombre del traje si no tenía bigote o de que la acompañante era su esposa.
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2407148651367
Sin acertar por cierto
07/14/2024
Doña Aurora
http://valentina-lujan.es/Y/ydeunhumorhorvers.pdf y de un humor horrible ― me sentí inclinado a imaginar ―, a reconocer ni la estancia que debería serle tan familiar como la palma de su mano o como el par de adorables querubines a los que miró con extrañeza preguntado, dejándose caer sobre una silla, “¿y estos niños quiénes son?” para añadir, sin aguardar respuesta, que qué vida tan aperreada le había tocado vivir, y que si no había en aquella casa un poco de café, y “¡qué harta estoy!” y, a mí, que ya me podía ir largando porque detestaba, aborrecía, le daban cien patadas los tipos como yo… Ah… Y que eso del par de adorables querubines ― “entérese cantamañanas cursi del carajo”, gritó ― y una mierda… “¡Pero, hombre, por favor!”. Y que qué se habría creído este imbécil; es decir: yo.  Que habría sido una forma no menos airosa que cualquier otra de terminar pero yo, que siempre he sido un imbécil ― en eso ella tenía toda la razón de este mundo aunque en otras muchas cosas pudiera estar equivocada o por lo menos no poco confusa por culpa, entendí , del conflicto emocional en que pudiera hallarse inmersa aun prescindiendo del hombre bien plantado que también renuncié a imaginar y que me costó, por cierto, una muy severa reprimenda de mi editor ―, la seguí como un cordero hasta la puerta del piso y, cuando la abrió con tanta brusquedad que derribó el jarrón chino (o de imitación, de esos que se compran en los bazares chinos, pero que para el caso daba igual) que hacía las veces de paragüero invitando con la barbilla, sin pronunciar palabra, a que saliera, obedecí, y me quedé ahí, allí, con cara de tonto delante de la puerta cerrada de un golpe y la garganta seca lamentando el no haber puesto el punto final arriba, antes de , cuando estuve a tiempo de no terminar de forma tan infinitamente menos airosa de lo que hubiese podido imaginar si no me sintiera tan humillado, tan obnubilado por la rabia de no haber imaginado que ella estaba de un humor horrible, y que lo estaba, además, por culpa de su relación ilícita con el hombre del traje azul tan bien plantado.
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2407148648954
Sólo es un sueño
07/14/2024
Clotilde
https://valentina-lujan.es/S/soloesunsue.pdf Yo por lo menos no podía, pero ― aunque imagino que huelga decirlo, musitó, como distraída; porque imaginaba que yo, «usted», dijo, y que a muy poquito perspicaz que fuese, me habría dado cuenta ya yo sola porque (y no puedo evitar el repetirlo, tan acomplejada y por tan torpe que me he tenido siempre) a ella no se le despintaba «con nada más echarle la vista encima» (aquí debo hacer otro inciso y explicar que soltó una risita, aunque siguió mirando para otra parte, como distraída, y rectifico diciendo «bueno “las”, para hablar con propiedad») cómo era quien estuviera teniendo enfrente «y usted, que lo veo yo» no debía de tener un pelo de tonta ― él, que mala persona no era (y quería que yo lo entendiese) aunque hubiese estado tal vez encantado de poder mortificarla o de chincharla (y repitió “chincharla” y añadió «sí, “chincharla” es exactamente lo que dijo») un poquito por lo menos, era sí del todo incapaz de inventar algo así. Por eso quiero que usted lo entienda. No sé si por lealtad ― a ella, claro; a él no lo conocí y no podría asegurar personalmente si era o no era capaz o incapaz de tal o cual ― o por justificar mi propia… ¿ingenuidad?, ¿lo calificaría usted de “ingenuidad”? Pero no me conteste, luego diría que me ayudó y pretendería que los méritos fuesen a medias. Lo cambiaré yo misma por “credulidad” y… ¡pero acuérdese de darle luego al botón ese de borrado!; no quiero que aparezcan palabras que no he pronunciado jamás… ¿Por dónde iba? No me lo diga. Así que permanecí en silencio. Permanecí con la boca cerrada, incapaz de encontrar argumento ninguno mediante el que poderla persuadir, hacerla entrar en razón de que aquello era un auténtico disparate… – Una verdadera locura. – Oh ― me sobresalté ―; ¡yo no he dicho eso! – Pero lo parece ― se giró, entonces, quitándose las gafas con gesto muy lento; y agregó despacito ―: ¿Verdad? Y se me quedó mirando, con el ojo derecho, entornado el izquierdo; luego suspiró, se volvió a poner las gafas y parpadeó y, mirándome ahora sí con los dos ojos, dijo que aquella panda de inútiles había subestimado… “no sabría decirle ― dijo; y que bien que lo sentía pero «espero que sepa ponerse en mi lugar» (cerrando los dos ojos y llevándose con gesto muy cansino una mano a la frente) porque ya estaba hasta medio mareada con tanto lío ― si a Encarnación Corcuera o a Georgina”; pero que, de eso sí estaba segura, en lo que íbamos a llamar aunque fuese nada más para entendernos entre nosotras algo que se queda en el aire porque después de discurrir un rato no se decide a llamar de ninguna manera (que deberá ir en cursiva porque al espiar por encima de mi hombro le gustó y dijo «llámelo así mismo, por ejemplo») había algo que… bueno: la tenía, dijo, “vamos a decir un poquito intranquila”. – ¿“Algo que se queda en el aire porque después de discurrir un rato no se decide a llamar de ninguna manera”? ― Indagué, con una cierta cautela. – Eso es ― Desabrochando ella, y volviendo a abrochar, uno de los puños de su blusa. – ¿“Entre nosotras”? ― Aventurándome, un paso más, en mis pesquisas. – Sí ― Había desabrochado el otro puño y se disponía a, con lentitud crispada, hacerle un doblez. – ¿“Para entendernos”? ― Ahondé. – Exacto ― Y volvió a estirar el puño y, con más dificultad que el otro aunque pensé “eso debe de ser porque sea zurda”, se afanó en abrocharlo. – ¿Está segura? – ¿Piensa ― espetó brusca, dejando de pelear con el botón y mirándome, fijamente, de nuevo con un solo ojo ― repetir así, de dos en dos, todas las palabras que yo he dicho pero en orden inverso? – Oh, pues… No me había dado cuenta, pero… ― me paré diciéndome “no irás a perder tú también la calma, ¿verdad?”; y recuerdo que también yo la miré y, como ella, sólo con un ojo también; y que en lugar de defenderme protestando que algo que se queda en el aire porque después de discurrir un rato no se decide a llamar de ninguna manera tiene veintiuna le contesté con mucho aplomo “lo puedo intentar de tres en tres”. – ¡Eso ― dijo, volviendo a uñetear con su ojal y su botón ―: hágame burla encima! Abrí los dos ojos, un poco avergonzada; y pensé decirle que lo había hecho sin mala intención pero, considerando que eso pudiese poner las cosas peor, dije, en el tono más amable que supe encontrar “es que, en fin, intente comprenderlo”. – ¡Pero si lo comprendo! ― Había logrado abrochar el botón y, mientras tiraba de los piquitos del puño que se quedaban un poco levantados ―: Ya estoy acostumbrada. Luego, coincidiendo con el momento exacto en que los piquitos del puño habían quedado como ella los quería, dijo “aunque creo que no me acostumbraré nunca”. Y que “pero, bueno”; cruzando los brazos y echándose un poco aovillada hacia delante, como si se acunara a sí misma… – Lo que necesito que entienda ― decidí zanjar ― es que yo no puedo...
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Recuerdo de algún mal sueño
07/13/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/prosa/pormenores.pdf Pormenores que a mayores intereses se debieran y descontasen el saldo que a su favor arrojase la diferencia que media entre la mitad y el cuarto de la luna cuando llena con su perfil engañoso y su sonrisa que merma a medida que se crece en el cielo si es que apenas las estrellas lo permiten renunciando a su grandeza, se excusaron de ser vistos tan de lejos como cerca, acorrala, esconde, encierra, la negrura de una noche que, amparada en las tinieblas, huyó para ir a esconderse donde los ojos no vieran que era oscura, tenebrosa, amenazante y perversa y, tan sólo y a sus solas, recuerdo de algún mal sueño quejumbroso y macilento que la despertó al arrullo de la voz de una conciencia que le preguntó, burlona, si le sentó mal la cena. 12 de julio de 2024
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Un destornillador y no porque nos estuviese haciendo falta
07/09/2024
Albertina Vinuesa
https://valentina-lujan.es/U/undestorinopor.pdf y no porque nos estuviese haciendo falta para maldita la cosa sin tornillo ninguno que apretar ni aflojar sino por no cargar las tintas innecesariamente con un nuevo artilugio que a estas alturas y en “nuestro” deseo de no desperdiciar ocasión de renovarnos no sería ya la biela o la barra de carmín o el abrelatas con los que sin duda se habrá usted familiarizado — gracias a la lectura de alguna de las versiones que en esta web se ofrecen tan solo y como modelo de eventual respuesta a una pregunta cualquiera — tanto o más que con el destornillador y sí tal vez, aunque preferimos no nombrarlo ni pensarlo siquiera, algo tan de todo punto extravagante como el sentido de la vida… Por mencionar algo. – Pero como plantear algo así, sin más ni más, por las buenas y en frío y sin preparación ni premeditación ni reflexión — trató de recuperar el terreno, y quién sabe si no también el prestigio perdido por culpa de aquel su condenado vicio de anteponer el pensamiento a la palabra, Ciriaco —, una cuestión tan abstrusa requeriría tener muchas, pero que muchas ganas de abordar una empresa cuya envergadura iba nos temíamos a sobrepasarnos, «vamos a no meternos en más complicaciones de las puramente imprescindibles y a dejar, si es que todavía estamos a tiempo , las cosas como estaban o, por lo menos, como habrían muy bien podido estar caso de no mediar como medió la circunstancia adversa de que, contra todo pronóstico y prestando oídos sordos a las sensatas observaciones de los que advertidos a base de experiencia llamaron la atención sobre el hecho de que las no pocas virtudes que adornaban a Diorante iban a ser sin embargo insuficientes para que fuese “el guapo”, saliera elegido por mayoría en la votación». Doña Plácida meneó en este punto la cabeza y, mirando a Ceferina con los ojillos un poco entornados, dijo “te has librado de quedarte sin recreo” sólo por salirse con la suya de no rendirse a la evidencia de que, le gustara o no — y no le gustaba — la exposición hecha por Silvia, una de las más encarnizadas detractoras de Ciriaco, estaba, pese a adolecer de ciertos defectillos de forma y no pocas lagunas incongruentes y del todo carentes de verosimilitud en un paisaje árido tan de secano, bastante más y mejor trabajada.
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El oratorio de la abuela
07/01/2024
Celia Mendoza
http://valentina-lujan.es/trans/Eloratoriodelab.pdf en el que tantas tardes Ciriaquito iba a esconderse huyendo, entre las risas ahogadas de las niñas que, se burlaba — en el recuerdo, pero sólo el recuerdo, engañoso o un tanto desvaído por el tiempo, de la viuda del que fuese apodado Gervasio el de la sastrería — con su habitual tono cansino Ofelia, más que como risas sonaban como cloqueos de gallina si no daba la casualidad de que quien relatara los hechos acaecidos fuese “una de las de Carlota”, tan brillantes siempre y con aquella soltura de que ella, Carlota, sabía dotarlas — y de algún otro ya más que adolescente de aquellos de los que la madre de don Arnaldo decía que nunca madurarían, del enfado de Matilde encajando, tan de malísimo grado , las bromas pesadas que no se cansaba él de gastarle a costa de la irritación que a ella le producía aquel lujo falso con que Dorotea se esforzaba en “dar prestancia”, decía, al almacén hacía siglos vacío de lo que fuese conocida antaño como la tienda de ultramarinos del abuelo de las de Maluenda y conservaba, enredado entre las telarañas, aquella mezcla densa de olores evocando colas de bacalao y pastillas de jabón Lagarto y longaniza que ella, Dorotea, no lograba enmascarar con ambientadores con aroma de lavanda ni con varillas de incienso. – ¿No podemos — preguntaba paseando arriba y abajo su malhumor deslavazado, dándose aire con el abanico de plumas de marabú, estas sí auténticas, de aquella tía de las de Vivar de la que nadie hablaba por haber llevado una vida un tanto «vamos a dejarlo en “licenciosa”» —, aunque nada más sea para esta tarde, disponer de un verdadero salón de los espejos? – De espejos, princesa del guisante — respondía con acritud Dorotea, que había tenido que renunciar por culpa de los preparativos a su clase de taquigrafía — no hemos hablado nada. Y que no pretendiera liarla ni soñase con complicarle la vida.
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El guapo no podía ser otro
07/01/2024
Remedios Ayuso
https://valentina-lujan.es/trans/Elguaponopodiaser.pdf El guapo no podía ser otro — y con una ventaja que dejaba a Ovidio , pese a que también tenía su público porque como decía doña Encarnación siempre habrá un roto para un descosido, a la altura del betún —, que el primo Fructuoso; pero el primo Fructuoso, tal vez por aquello de que no se puede tener todo, era un verdadero manazas. Simpático, ocurrente, ingenioso; un dechado en fin de perfecciones en lo tocante al intelecto, pero, con sus manos de artista tan bonitas, un zarpas en toda la extensión de la palabra. Así que, aunque todo el mundo pensara en él, que se pensó, a nadie se le hubiera debido pasar por la cabeza proponerlo como adalid de una empresa tan… no digamos “imposible” caso de no querer pasar por pusilánimes de esos que se ahogan en un vaso de agua, sugirió Bernardina la del quinto ― por buen nombre, también, para algunos, “la de Gargayo", un tal Estanislao ― pero sí “un poquito complicada”. Complicada porque algunas tardes, sin que hubiese habido el menor indicio de que las cosas fuesen a torcerse, los planes se desbarataban y Diana no decía ¡Caramba!, o no salía o lo hacía muy despacio y sin arrojar lejos de sí con enojo lo que tuviera en la mano, o no daba un portazo, o respondía a la del cuarto dos sin darse cuenta o pasaba, muy sonriente - diciendo “buenas tardes” y todo - por delante de la del tercero uno que, más servicial y dispuesta aun si cabe que la otra, no es ya que anduviera por las escaleras por si acaso sino que salía a sentarse al descansillo, con su silla plegable, y allí se pasaba las horas por si caía la breva de que fuese ella, ella tan insignificante, ella “¡yo, Señor, tan poquita cosa!” - exclamaba con los ojos humedecidos por la emoción - quien tuviese el insigne honor de ser la empujada; o no se encerraba en el despacho de don Heliodoro o, tanto si don Ildefonso estaba solo como si se encontraba atendiendo a algún paciente, no se atrincheraba ella, Diana, en la despensa sino que se quedaba allí, muy erguida bajo la claraboya esperando a ver qué decidíamos. Había entonces que renunciar al café o al refresco e incluso aguantarse sin ir al baño y enzarzarse todos en una acalorada discusión de la que, al cabo de mucho griterío y no pocas concesiones hechas de mala gana, saldríamos ― medio enfadados los unos con los otros porque los que les tocaba ceder se sentían ninguneados pero, en eso no había elección, el acuerdo tenía que ser unánime ― puestos en razón y diciéndole que no, que no hacía falta que se molestara en aportar documentación aunque pudiese, pero atentos a no decir ni pío ni soltar prenda en lo tocante al hecho de que habíamos sopesado, serenamente mientras nos peleábamos, los pros y los contras de exigir algo semejante y llegado a la conclusión de que el hacerlo sería en verdad sentar un precedente, abrir de forma simbólica una puerta a que cualquiera pudiese demandar de cualquier otro cualquiera otro cualquier tanto. Y, eso, nadie en su sano juicio y ni aun Quiteria la pobre podía quererlo porque nos expondríamos a vernos atrapados no en un callejón sin salida ― que ofrece siempre la de retroceder llevando a cuestas musitaba para sí Honorina la consabida tan amarga sensación de fracaso ― sino empantanados y sin saber para dónde tirar, en el centro de una encrucijada muy parecida a aquella en la que ya nos vimos frente al bodegón la tarde en que Melinda, o Purificación, o ésta por boca de aquella o aquella en representación de esta, dijera aquello de pues se quita el puto cuadro y ya está y que adónde, adónde, vamos a ver, está estaría el problema. Honorina insistía en mantener que lo ignoraba; en repetir hasta la saciedad que se devanaba los sesos entre clase y clase cavilando, y en el recreo, y mientras buscaba el abrelatas – con la cabeza siempre en otra parte en el cajón de las cucharas pero el maldito abrelatas no aparecía – sin encontrar una razón que esgrimir ante el impaciente...
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2406308432822
Fuensanta
06/30/2024
Las hilanderas
https://valentina-lujan.es/trans/Fuensanta.pdf Que podía ser Abisinia o Recareda si el mote caía en manos de Teresita Ledesma; o Celedonia si el encargado de leer la homilía de aquel domingo era don Apuleyo o si, en los tiempos todavía glamurosos de la belle epoque, a la hermana de éste — algo ajada, es verdad, pero aun lo bastante hermosa para poder ejercer la profesión sin hacer mal papel — le había caído en suerte deleitar a alguno de sus clientes más apreciados narrándole, en la intimidad de su gabinete y degustando una copita de licor, episodios románticos o enternecedores de una infancia que dejaban perpleja unas veces a mamá y otras veces a una señora de la cola del super o, si todas fallaban — fuera por algo de dominio público o porque se hubiesen tomado (en el caso de las más misteriosas, que las había muy reservadas) lo que solía denominarse de forma un tanto críptica “día de asuntos propios”—, atónitos a individuos tan templados como Lewhgif o un tal Florencio Cardoso que siempre protestaba “no sé por qué precisamente yo, un tipo con tanto mundo que no se escandaliza de nada, me tengo, para una vez que de pascuas a ramos os dignáis invitarme, que quedar boquiabierto por semejante bobada” preguntándose, cada uno a su manera y con la entonación que más le apeteciese si venía a dar la casualidad de que tocase por ser martes o viernes tema libre, de dónde, tan mosquita muerta que parecía y que nadie hubiese dado un duro por su capacidad para repentizar de esa manera, habría sacado un antaño y unos familiares tan pintorescos. Recareda o Celedonia o Abisinia, pero no Fuensanta. Fuensanta no podía ser no porque hubiese ninguna prohibición expresa sino porque Fuensanta lo había cogido ya Nufñre, y con Nufñre casi nadie se atrevía a quitarle nada porque, después de lo de aquel café con leche aquel día por la mañana junto a la hoguera, cuando se le metió entre ceja y ceja que amargaba y le dijeron “pues amargar es lo que tiene que hacer, como ha amargado siempre” o que cómo quería entonces que supiera y ella dijo que “pues dulce”, y que alguien hiciera el favor de traerle un… – ¿Cómo se llamaba, Aniceto — se paraba en seco la tía Melinda para preguntar a su marido — aquel cacharro de porcelana que no podía encontrar Fhbeaoh? Pero ni Aniceto ni nadie fue capaz de recordar qué maldita palabra se le pudo a Nufñre ocurrir para dar nombre a algo que, o tiempo al tiempo, no existiría hasta siglos y, quién podría saber si no milenios, mucho, muchísimo después.
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2406298426641
La invitaba a deleitarse con la contemplación
06/29/2024
Las musas
http://valentina-lujan.es/trans/Lainvitabadeleit.pdf de tal o cual ortóptero; goce que Recareda solía rehusar con aspavientos exagerados y protestas bastante más ásperas de lo que estaría correspondiendo en puridad a una fámula de las de toda la vida, a cualquiera de la infinidad de criadas que habrían hecho por qué no un papel buenísimo pero Georgina — tan pagada de sí misma y tan soberbia — rechazó bajo pretextos tan inconsistentes como que cuando papá dijese "ortóptero" no iban a saber ellas adonde exactamente tenían que mirar o que, en caso de acertar ya que entre las candidatas había algunas que habían sacado sobresaliente en ciencias naturales, se pusieran completamente histéricas y a pegar saltos y proferir gritos. Pero temerosa esta vez, supuse ― aunque esto quizá no lo sepan las Carvajal ― de que volviera el portavoz del grupo a tergiversar sus palabras sin quererlo, no dijo tanto sino que después de lo de las pastillas de siempre se calló, como siempre, porque papá tenía razón — dijo, y que esto era nada más el principio — y no convenía quemarse y sí hacer acopio de energía para ir cubriendo las etapas que el propio camino fuese deparando; así que se quedó ahí sentada esperando a que Atalanta, en la fila de atrás y distraída en contarse chismorreos picantes con su amiga Felicia, se enfadara y dijese aquello de la mocosa cursi que se negaba a decir culo.
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http://valentina-lujan.es/U/peromesentid.pdf Pero me he sentido en la obligación de mencionárselas para evitar que usted, sorprendido ante el hecho de que una mujer sencilla como yo haya tenido cabeza para organizar semejante enredo, me atribuya unos méritos que, me haría una cierta gracia ― a qué negarlo ― pero, y debo reconocerlo, no me corresponden. “Debo reconocerlo” no sé si a lo mejor por una cuestión de honestidad, que no me he planteado si es que quiero ser sincera ― y que tampoco tengo toda la seguridad del mundo de querer serlo, puestos a decir verdades ―, o por eludir la responsabilidad que conlleva el ser dueño de los propios actos y de las propias obras. Me inclino más por la opción de “eludir la responsabilidad” no queriendo significar que desee lavarme las manos o esconder la cabeza debajo del ala sino que, me guste o no me guste, es en la que encuentro más posibilidades de resultar creíble pese a que, y debiera tal vez dolerme el admitirlo, estaría encantada de que mis manos estuvieran limpias y mi cabeza perfectamente resguardada aun con independencia de que el querer o no significar tal o cual cosa estuviese siendo o no mi voluntad auténtica… Pero usted, ya se lo he dicho, no me estará haciendo caso; y yo necesitaría tener la sensación ― y fíjese que le estoy diciendo nada más “la sensación” cuando, y todo el mundo lo sabe, las sensaciones suelen ser engañosas y “pues parece que ando yo hoy destempladilla”, en pleno agosto, a lo mejor, o “noto como si tuviera una piedra en el estómago” cuando, encima, estuvo una a punto de quedarse sin cenar; pero dejemos eso porque de los canelones no quiero nunca más volver a hablar ― aunque ni yo me la creyera de que me está atendiendo, de que no está siendo como echar agua en un cesto el sincerarme y confiarle que creo, me parece, tengo la impresión, de que propendo más a eludir la responsabilidad que a ser honesta. No es tampoco que quiera yo decir que soy deshonesta, y suponiendo que lo fuera ― que lo mismo hasta lo soy ― lo más probable es que ni me percatase de ello ni, por tanto, me plantease tan siquiera el tener que confesarlo; así que, y puede fíjese que haga usted bien en no prestarme atención, el problema no es ese, y si no lo es sería del todo imperdonable que yo le insistiera, y lo mareara, y le diera la tabarra para que dijese bueno, vale, me pongo y ya está, no pasa nada y se pusiera a buscar una solución y, cuando la tuviese, yo le diese las gracias sí, porque se las daría, pero usted notaría una cierta frialdad, una sonrisa bobalicona en mi cara de tonta perdida porque, aunque se la agradeciera y de verdad, no me estaría sirviendo para nada porque me terminaría justo en ese momento de dar cuenta de que el problema es otro, y que la solución aún bonísima no encaja, y a usted no se le podría pasar un detalle tan evidente por alto porque, aun cabiendo la posibilidad de que usted sea una persona despistada, o distraída, me lo notaría en seguida porque yo no he sabido mentir nunca y disimulo fatal. Pero he querido dejar las cosas claras, de todos modos.
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