Se cayó de mi rostro el velo
Se cayó de mi rostro el velo,
eufórica por haberlo perdido,
por sentir cómo sus labios
besaron el suelo.
No miraré hacia atrás,
ni perderé el tiempo con mis desvelos.
Levantaré el santuario
con lo que mi leño ha retenido,
y en cada otoño, acudiré a él,
con la ofrenda de mis pétalos perdidos.
Me cromaré con mis lágrimas
por mi bendecidas,
enluciré mi tronco,
le pondré un biselo,
y con mi piel, lo dejaré bruñido,
para que mi ánima pueda sostenerlo.
Trasladar este talle, que solo es mío,
por los peldaños de mi alma,
para desplazar lo reñido.
Y en una urna velaré
el recuerdo renegrido
abandonado sobre el dorso
de la cólera de un río.
Regresaré a mi santuario,
y desde ahí, pediré perdón
por el daño que haya ofendido.
Y en alas, mandaré el beso de mis ojos,
en muestra, de que no guardo rencor
al ladrón de mis anhelos
a ese tiempo que se me ha ido.
Se extinguieron,
aquellas carnes de otoño,
ahora retengo las sedas de abril,
que como un laúd
suenan, en honor a mí,
acariciando mi espíritu.
Carmen Silza
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