Hay deudas que se pagan con sangre y secretos que ni el océano puede sepultar.
En el Valle del Nansa, Cantabria, los otoños no se miden solo por la caída de las hojas, sino también por la precaución y el miedo. Desde 1913, una inquietante calma desciende sobre municipios como Herrerías, Lamasón, Tudanca, Polaciones y Rionansa. No es una leyenda para turistas; es una condena gestionada por la Mancomunidad bajo un estricto código de normas que nadie, bajo ningún concepto, debe romper.
Lara y Bea conocen el protocolo. Crecieron aprendiendo que las «épocas seguras» en su casa de Rioseco terminan antes de que el primer frío de octubre baje de las cumbres. Saben que el origen de este terror llegó desde el otro lado del Atlántico en 1913, oculto en el equipaje de los cinco indianos que regresaron convertidos en fundadores y guardianes del valle.
Pero este año el patrón se ha roto. Un suceso ocurrido hace tres días lo cambió todo. Ahora, las hermanas se ven obligadas a permanecer en el valle cuando la oscuridad ya ha empezado a reclamar su territorio.
Saben que estar en la calle de noche es una sentencia, pero motivos de peso las empujan hacia la vieja armería. Tras la desaparición de su hermana, Lara deberá iniciar una búsqueda contrarreloj. Ya no se trata de seguir las normas para sobrevivir, sino de romper el silencio de la Mancomunidad para descubrir qué trajeron realmente aquellos emigrantes de las Américas y por qué, ahora, la noche ya no solo observa: ha venido a cobrarse su deuda.
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