En unas escaleras mecánicas que suben, un niño y una niña permanecen sentados. Un cesto vacío a su lado espera llenarse. Unos peldaños más arriba, un arlequín los observa: sus manos caen a los lados, y en una sostiene un pequeño objeto. A su lado, un gato se rasca el pelaje con desgana. El niño parece mirar al arlequín; la niña, distraída, sigue al gato con la mirada. Al fondo, en la parte superior, se insinúan estanterías repletas de productos.
Este es el momento en que la promesa del consumo inicia su seducción.
Como las escaleras automáticas, el consumo se presenta como un movimiento que no requiere esfuerzo: basta con subirse y dejarse llevar. El arlequín no ordena ni convence, simplemente está ahí, como lo está la publicidad: silenciosa, persistente, ofreciendo sin pedir.
Desde muy temprano, incluso antes de comprender lo que se ofrece, la infancia ya forma parte del engranaje. También sube, y muchas veces sin protección alguna.
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