En medio del ritual del tiempo —la fermentación, la espera, el descorche que da sentido al gesto—, alguien ha construido un castillo de arena. No en la playa, sino en la calle de kupelas. Donde todo es espera, permanencia, tradición.
El castillo, hecho para desaparecer, se levanta en el centro del lugar donde todo debe durar. Dos gorriones se observan desde sus torres: ¿testigos? ¿cómplices? ¿los últimos que aún se preguntan por el sentido de estar ahí?
Abajo, dos cruces. Pequeñas. Como olvidadas. Pero no por eso menos presentes. Podrían marcar tumbas, podrían ser advertencias, podrían ser solo adornos… pero están donde empieza todo: en la base.
Tal vez este castillo es una burla a nuestra ilusión de permanencia. Tal vez es un recordatorio. La vida, como la sidra, se guarda, se acumula, se deja reposar… pero siempre se derrama.
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