About the work
Me quedo en el equipo de los dormidos. O, mejor, en algo menos polarizado: de los apoltronados. Después de mucho meditar, renuncio a nadar contracorriente con los que se entregan al ejercicio de fuerza, se hinchan a suplementos, se obsesionan con la exposición al sol sin protección y a la luz roja NIR, se obcecan con la proteína o satanizan los medicamentos, entre otros enconamientos. Esta cruzada está acabando con mi salud y mis relaciones personales.
Me repliego. Me vuelvo al lugar más cercano que pueda del que ocupaban mis padres y mis abuelos. Intuyo que ninguno se unió a movimiento alguno para descubrir una nueva verdad, aunque oportunidades no les faltaran. Me sumo al rebaño, donde calan las patrañas que vociferan los medios de comunicación convencionales y, también, las redes sociales. Son el mismo perro alimentado por la mentalidad que guía a los de siempre: acaparar atención y poder. Lo sé, pero entierro el hacha.
Me abochorna observar cómo favorecen con descaro al que paga y hacen juego de trileros para entretenernos ocultando lo trascendental. Siendo tan burdos, parece que me empujaran a contrastar información en medios ¿alternativos? ¿Sigo el sendero de la verdad o la ruta diseñada? Este laberinto para ratas de laboratorio me tiene francamente agotado. Y, esto sí que me aleja de mis antecesores, tan separado de mis vecinos, que no queda energía ni compañía para el viaje. ¿Y si haber sucumbido al deseo de pertenecer a los “despiertos” no ha hecho sino materializar su plan perfecto: llenarnos de ira, soñando y luchando, solos, por un imposible?
En esta porción geográfica primermundista, ocupando una escueta capa privilegiada del entramado social, pataleamos por el engaño masivo al que hemos sido sometidos, por la enfermedad extendida, por las muertes prematuras calculadas, por la meteórica inflación y la ruina programadas, por el desencanto general y la desconfianza en las instituciones orquestada… En este entorno infernal hemos logrado seguir sobreviviendo, porque así quieren que sea.
Esta macroestructura pone cal, pero también arena. No nos quieren incandescentes, pero nos mantienen conectados a esta vida, dejándonos respirar el mismo aire. Porque ellos, los que orquestan este neoenfrentamiento, ¿me permites que lo diga ya sin ambages?, son los que tienen la llave del oxígeno. Estaremos aquí hasta que ellos quieran. Pero manteniendo esta lucha prediseñada, compramos otro boleto para despedirnos antes de tiempo.
En este punto, me jalona la escena del coronel Nathan R. Jessep (“A few good men”): «Me quieres en ese muro, me necesitas en ese muro». ¿Hay otra opción? El escenario impuesto es el precio a pagar para evitar la atroz verdad que seríamos incapaces de sostener, sabiendo que quien la oculta, la ha engendrado, con mi consentimiento y el de mis antecesores. Ahora, Roma no puede deconstruirse en un día.
Así que aquí me planto, y te invito a que te unas a esta nueva facción intermedia de apoltronados, en la que podemos pseudovivir al máximo en compañía, mientras aún no canten nuestro número de lotería.
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Me quedo en el equipo de los dormidos. O, mejor, en algo menos polarizado: de los apoltronados. Después de mucho meditar, renuncio a nadar contracorriente con los que se entregan al ejercicio de fuerza, se hinchan a suplementos, se obsesionan con la exposición al sol sin protección y a la luz roja NIR, se obcecan con la proteína o satanizan los medicamentos, entre otros enconamientos. Esta cruzada está acabando con mi salud y mis relaciones personales.
Me repliego. Me vuelvo al lugar más cercano que pueda del que ocupaban mis padres y mis abuelos. Intuyo que ninguno se unió a movimiento alguno para descubrir una nueva verdad, aunque oportunidades no les faltaran. Me sumo al rebaño, donde calan las patrañas que vociferan los medios de comunicación convencionales y, también, las redes sociales. Son el mismo perro alimentado por la mentalidad que guía a los de siempre: acaparar atención y poder. Lo sé, pero entierro el hacha.
Me abochorna observar cómo favorecen con descaro al que paga y hacen juego de trileros para entretenernos ocultando lo trascendental. Siendo tan burdos, parece que me empujaran a contrastar información en medios ¿alternativos? ¿Sigo el sendero de la verdad o la ruta diseñada? Este laberinto para ratas de laboratorio me tiene francamente agotado. Y, esto sí que me aleja de mis antecesores, tan separado de mis vecinos, que no queda energía ni compañía para el viaje. ¿Y si haber sucumbido al deseo de pertenecer a los “despiertos” no ha hecho sino materializar su plan perfecto: llenarnos de ira, soñando y luchando, solos, por un imposible?
En esta porción geográfica primermundista, ocupando una escueta capa privilegiada del entramado social, pataleamos por el engaño masivo al que hemos sido sometidos, por la enfermedad extendida, por las muertes prematuras calculadas, por la meteórica inflación y la ruina programadas, por el desencanto general y la desconfianza en las instituciones orquestada… En este entorno infernal hemos logrado seguir sobreviviendo, porque así quieren que sea.
Esta macroestructura pone cal, pero también arena. No nos quieren incandescentes, pero nos mantienen conectados a esta vida, dejándonos respirar el mismo aire. Porque ellos, los que orquestan este neoenfrentamiento, ¿me permites que lo diga ya sin ambages?, son los que tienen la llave del oxígeno. Estaremos aquí hasta que ellos quieran. Pero manteniendo esta lucha prediseñada, compramos otro boleto para despedirnos antes de tiempo.
En este punto, me jalona la escena del coronel Nathan R. Jessep (“A few good men”): «Me quieres en ese muro, me necesitas en ese muro». ¿Hay otra opción? El escenario impuesto es el precio a pagar para evitar la atroz verdad que seríamos incapaces de sostener, sabiendo que quien la oculta, la ha engendrado, con mi consentimiento y el de mis antecesores. Ahora, Roma no puede deconstruirse en un día.
Así que aquí me planto, y te invito a que te unas a esta nueva facción intermedia de apoltronados, en la que podemos pseudovivir al máximo en compañía, mientras aún no canten nuestro número de lotería.
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Title Cambio de bando
Me quedo en el equipo de los dormidos. O, mejor, en algo menos polarizado: de los apoltronados. Después de mucho meditar, renuncio a nadar contracorriente con los que se entregan al ejercicio de fuerza, se hinchan a suplementos, se obsesionan con la exposición al sol sin protección y a la luz roja NIR, se obcecan con la proteína o satanizan los medicamentos, entre otros enconamientos. Esta cruzada está acabando con mi salud y mis relaciones personales.
Me repliego. Me vuelvo al lugar más cercano que pueda del que ocupaban mis padres y mis abuelos. Intuyo que ninguno se unió a movimiento alguno para descubrir una nueva verdad, aunque oportunidades no les faltaran. Me sumo al rebaño, donde calan las patrañas que vociferan los medios de comunicación convencionales y, también, las redes sociales. Son el mismo perro alimentado por la mentalidad que guía a los de siempre: acaparar atención y poder. Lo sé, pero entierro el hacha.
Me abochorna observar cómo favorecen con descaro al que paga y hacen juego de trileros para entretenernos ocultando lo trascendental. Siendo tan burdos, parece que me empujaran a contrastar información en medios ¿alternativos? ¿Sigo el sendero de la verdad o la ruta diseñada? Este laberinto para ratas de laboratorio me tiene francamente agotado. Y, esto sí que me aleja de mis antecesores, tan separado de mis vecinos, que no queda energía ni compañía para el viaje. ¿Y si haber sucumbido al deseo de pertenecer a los “despiertos” no ha hecho sino materializar su plan perfecto: llenarnos de ira, soñando y luchando, solos, por un imposible?
En esta porción geográfica primermundista, ocupando una escueta capa privilegiada del entramado social, pataleamos por el engaño masivo al que hemos sido sometidos, por la enfermedad extendida, por las muertes prematuras calculadas, por la meteórica inflación y la ruina programadas, por el desencanto general y la desconfianza en las instituciones orquestada… En este entorno infernal hemos logrado seguir sobreviviendo, porque así quieren que sea.
Esta macroestructura pone cal, pero también arena. No nos quieren incandescentes, pero nos mantienen conectados a esta vida, dejándonos respirar el mismo aire. Porque ellos, los que orquestan este neoenfrentamiento, ¿me permites que lo diga ya sin ambages?, son los que tienen la llave del oxígeno. Estaremos aquí hasta que ellos quieran. Pero manteniendo esta lucha prediseñada, compramos otro boleto para despedirnos antes de tiempo.
En este punto, me jalona la escena del coronel Nathan R. Jessep (“A few good men”): «Me quieres en ese muro, me necesitas en ese muro». ¿Hay otra opción? El escenario impuesto es el precio a pagar para evitar la atroz verdad que seríamos incapaces de sostener, sabiendo que quien la oculta, la ha engendrado, con mi consentimiento y el de mis antecesores. Ahora, Roma no puede deconstruirse en un día.
Así que aquí me planto, y te invito a que te unas a esta nueva facción intermedia de apoltronados, en la que podemos pseudovivir al máximo en compañía, mientras aún no canten nuestro número de lotería.
Work type Narrative, Essay
Tags relato
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Registry info in Safe Creative
Identifier 2604185322780
Entry date Apr 18, 2026, 5:28 PM UTC
License All rights reserved
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Copyright registered declarations
Author. Holder Patricia Franz Santana. Date Apr 18, 2026.
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Revision of: 2604185322551 - Cambio de bando
Information available at https://www.safecreative.org/work/2604185322780-cambio-de-bando