En la calle quieta, donde el asfalto no conoce mareas,
dos adolescentes afilan su atención sobre una tabla
como quien estudia el viento antes del salto.
No hay océano ante ellos,
pero en su mirada ya se adivina el horizonte.
A sus espaldas, una persiana cerrada se abre en sueños:
un graffiti —una ventana—
desde la que un pirata rubio con turbante
mira, incrédulo, el teatro de lo imposible.
Bajo la ermita de Santa Catalina,
allí donde antaño llegaron los piratas con la sal en la sangre,
un hombre surfea la ola como si fuera una gala:
esmoquin, chistera, guantes blancos,
como si el mar no fuera caos sino ceremonia.
Como si vivir fuera un acto de elegancia
en medio del desorden azul.
Y así, sin saberlo,
los chicos se preparan también para eso:
para surfear no solo el agua,
sino la vida entera.
Con equilibrio frágil,
con tabla o sin ella,
con la posibilidad constante de caer
y la determinación persistente de volver a subir.
Porque vivir —como surfear—
es abrazar la inestabilidad,
leer el ritmo invisible de la corriente,
y atreverse a bailar sobre el borde de lo incierto
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