Search
public copyright
inscriptions
10107 results found for tag:"prosa".
2409069338921
La raya en el suelo hecha con tiza verde
09/06/2024
Meretseger
https://valentina-lujan.es/L/larayaenelsue.pdf que, como ya se dijo en su momento y todo el mundo tendría que recordarlo, dijo el director, de memoria en el caso ―tan frecuente por cierto por culpa en primer caso de las prisas y, en caso segundo que no mencionó por delicadeza y porque era todo un caballero, de que la señorita Estefanía era una suplente absolutamente fiable, sí, y muy cumplidora, pero tenía un poco de frenillo y se la entendía bastante mal― de que los apuntes resultaran ilegibles porque, en caso contrario o si por un descuido se echaba mano de la azul, habría que buscar otro sitio al perchero o cambiar la bombilla y que a ver entonces, dijo también dándose caviloso tironcitos del bigote entrecano, por dónde salíamos al mirador del tercer piso que, si bien en su opinión hubiera resultado más práctico que fuese el dormitorio de estilo (no quiso concretar cuál por, según explicó, evitar el tener que aprendernos datos superfluos que podrían desviarnos de nuestro objetivo principal, pero que con ver las columnas salomónicas de la cama con dosel se localizaba enseguida) del barón de Montesbrumosos de la segunda planta que, sí, y él lo reconocía, tenía una ventana bastante pequeña, pero “¿qué puede importar eso?” ―exclamó, mesándose ahora la barba, entrecana también― si no íbamos, según nos avanzó aunque con la advertencia de que no sirviese de precedente, a deleitarnos con vista alguna de prado ninguno sino a asar unos boniatos al horno para lo que el bargueño en el que guardaba las cartas ―“el aristócrata sí, ¿quién si no?” dijo en tono impaciente, y que es que no atendíamos― resultaría sencillamente perfecto a muy poquita imaginación que se le echase “pero no bellotas”, y que nadie se le despistara porque desde que faltase el Rosado lo que las de Calzada tenían eran conejos pero, no deseando en absoluto ser causante de que Adosinda, tan sensible, tuviera un brote de cuperosis si se disgustaba, y más cuando ella había tenido la gentileza de ceder y avenirse a consentir en que fuese carboncillo y sólo el busto del emperador Diocleciano pero, “conste que os lo estoy advirtiendo”, y en eso tenía toda la razón aunque en otras muchas no o bastante menos, convenía llevar un babi porque mancha un montón, no tenía él mayor inconveniente en que los arneses se colgaran en cualquier otra parte o incluso se prescindiese de ellos o se sustituyesen por un cenicero o la Biblia o una bandeja de bartolillos, que no necesitan percha ninguna aunque, en un aparte sólo con los de su círculo más íntimo, confesó que en realidad había accedido al cambio porque a él, personalmente y sin dejar de reconocer que algunas eran bonitas, no era la acuarela la técnica pictórica que más le gustaba. Fin de la versación de un chupaplumas a la que, de forma un tanto caprichosa o arbitraria, vamos a denominar “Versación número uno”, sin perjuicio de que pueda existir alguna otra versación con igual título, que como ya sabe todo el mundo lo que son los chupaplumas y lo que cabe esperarse de ellos no debe descartarse por completo que bien aunque para mal pudiera ocurrir; pero si usted, querido lector, una vez se encuentre frente al esquema, que no tiene perdida ― que lo pone bien clarito arriba “Versaciones de un chupaplumas” y salta a la vista que es un esquema de los de toda la vida― sigue los pasos pertinente llegará a este fin sin el menor tropiezo.
All rights reserved
2409059329885
Su día
09/05/2024
Fernandito Camerana
http://valentina-lujan.es/trans/Sudia.pdf Que ella gustaba rememorar así: mi día. Aunque lo cierto y verdad es que se lo había encontrado uno de esos atardeceres lluviosos y desapacibles de finales de otoño cuando en plena primavera de su vida — apenas adolescente ella y antes, mucho antes, de ser conocida como la de un tal Gargayo que, si no fuese porque esa sería ya una muy otra historia que mejor no remover, fuera nadie a saber si existió alguna vez — se lo encontró en la calle cruzando un semáforo en ámbar, sin paraguas, tirado en mitad del asfalto y ofreciendo un aspecto tan lastimoso que, conmovida y aún a riesgo de ser atropellada, lo recogió sin más intención que la de alejarlo del peligro y dejarlo, por ejemplo, pensó, en el alcorque de un árbol o, por otro ejemplo que también pensó, en el portal tan grande del dentista al que se encaminaba, y ya iba con retraso, a sacarse una muela. Si el portal hubiera sido pequeño habría ella desechado tal idea, pero era grande, con columnas y rincones y allí, en alguno de ellos y en la esperanza de que al calor de la calefacción se fuera secando, lo dejaría; allí lo dejaría y, ella, como si tal cosa, se metería en el ascensor para que le sacasen la muela. Y se la sacaron, sí, pero después de mucho rato porque la consulta, a pesar de ser con cita, estaba llena de gente y le tocó esperar una eternidad sin lograr olvidar un triste día perdido, o abandonado, quién sabe, por alguien que lo consideró quizás un día absurdo, sin sentido, un día vacío que no merecía el honor de ser vivido que ella, pensó, ya sin la muela, redimiría porque — le dijo, desde su mente y en silencio igual que si él desde su vacuidad pudiese oírla — yo te viviré, te buscaré y te encontraré y te redimiré del oprobio que te ha infligido un ser ignorante o estúpido que no ha sabido darse cuenta de que eres, habrás sido o serás, el nexo entre un día antes y un día después que, sin tu existir, no estarían siendo, ni habrían sido, ni serían ni serán, jamás los mismos.
All rights reserved
2409059324972
Una receta
09/05/2024
Purificación
https://valentina-lujan.es/U/unareceta.pdf que no es, por cierto, aquella otra ni la misma que cualquiera, alguien, quién sabe, puede recordar haber leído que no era de bartolillos. Pero a veces pasa. Una serie de palabras — tan pocas, en realidad, si te paras a echar cuentas, en cada idioma — y con sus letras — tan pocas también, que, ¿cuántas letras tienen incluso los idiomas que más letras tienen? —, combinadas las letras unas con otras forman, dan lugar, a infinidad de palabras que, combinadas con las innumerables palabras a que dieron lugar otras innumerables combinaciones de letras, componen frases que, a pesar de tantas posibilidades (probabilidades, mejor, tal vez), resulta extremadamente difícil construir alguna que algún otro alguien no haya construido, dicho, escuchado, pensado, leído, que no le traiga a la memoria el lugar, el momento, el ambiente, el entorno, las personas que estaban ocupando, habitando, respirando, hablando o escuchando o pensando una frase idéntica aunque teniendo en mente un recuerdo, una emoción, o un sentimiento diferente. Así que, no; no se confunda usted creyendo que ya ha pasado por estas líneas o por cualesquiera otros cientos o miles o millones de líneas por los que pueda pasar o haya pasado a lo largo de su vida y que, ahora, aquí, en este instante que será su instante distinto y distante de este instante mío en el que yo tecleo, está (estará) leyendo o va a leer lo que ya leyó alguna vez. Dijo, tendiéndole esta página que por entonces contenía – Me temo — le respondió, tomando en su mano el papel pero sin dedicarle una mirada — que quien se está confundiendo es usted; yo ya sé que no es, por cierto, aquella otra ni la misma que cualquiera, alguien, quién sabe, puede recordar haber leído que no era de bartolillos. Pero a veces pasa. Una serie de palabras — tan pocas, en realidad, si te paras a echar cuentas, en cada idioma — y con sus letras — tan pocas también, que, ¿cuántas letras tienen incluso los idiomas que más letras tienen? —, combinadas las letras unas con otras forman, dan lugar, a infinidad de palabras que, combinadas con las innumerables palabras a que dieron lugar otras innumerables combinaciones de letras, componen frases que, a pesar de tantas posibilidades (probabilidades, mejor, tal vez), resulta extremadamente difícil construir alguna que algún otro alguien no haya construido, dicho, escuchado, pensado, leído, que no le traiga a la memoria el lugar, el momento, el ambiente, el entorno, las personas que estaban ocupando, habitando, respirando, hablando o escuchando o pensando una frase idéntica aunque teniendo en mente un recuerdo, una emoción, o un sentimiento diferente. Así que, no; no se confunda usted creyendo que ya ha pasado por estas líneas o por cualesquiera otros cientos o miles o millones de líneas por los que pueda pasar o haya pasado a lo largo de su vida y que, ahora, aquí, en este instante que será su instante distinto y distante de este instante mío en el que yo tecleo, está (estará) leyendo o va a leer lo que ya leyó alguna vez. – Es muy posible, incluso a mí me ocurre en ocasiones — le replicó — sin embargo, e imagino que en esto estaremos de acuerdo, el lugar, el momento, el ambiente, el entorno, las personas que estaban ocupando, habitando, respirando, hablando o escuchando o pensando una página idéntica aunque teniendo en mente un recuerdo, una emoción, o un sentimiento diferente, no serán nunca las mismas que, ocupando o habitando o respirando o hablando o escuchando o pensando una página idéntica aunque teniendo en mente un recuerdo o una emoción o un sentimiento diferente, puedan afirmar, como afirma usted, que una receta manchada de grasa y que no era por cierto de bartolillos… – ¡Ah, claro que no lo era! Y que lo mismo que tampoco lo es esta, dijo, pero a veces pasa que una serie de palabras, tan pocas en realidad si te paras a echar cuentas en cada idioma y con sus letras tan pocas también que ¿cuántas letras tienen incluso los idiomas que más letras tienen? combinadas las letras unas con otras forman y dan lugar a infinidad de palabras que combinadas con las innumerables palabras a que dieron lugar otras innumerables combinaciones de letras componen frases que a pesar de tantas posibilidades (o probabilidades, mejor, tal vez) resulta extremadamente difícil construir alguna que algún otro alguien no haya construido o dicho o escuchado o pensado o leído que no le traiga a la memoria el lugar o el momento o el ambiente o el entorno o las personas que estaban ocupando o habitando o respirando o hablando o escuchando o pensando una frase idéntica aunque teniendo en mente un recuerdo o una emoción o un sentimiento diferente. Ya, pero, y a ver si nos centramos, por favor ¿de qué coño era la puta receta de los co… – Cogollos rellenos. ¿Cogollos rellenos? – Cogollos rellenos. Pues, fíjese, esa casualmente me la sé.
All rights reserved
2409049316864
Buscábamos algo
09/04/2024
Florita
https://valentina-lujan.es/trans/Buscabamosalgoy.pdf en nuestro desordenado arganear por cajones y altillos y rincones, y cajas de galletas y zapatos de esas que se almacenan conteniendo junto a la corporeidad del objeto guardado el secreto insondable de un “para qué” inequívoco que el tiempo ha ido borrando sin piedad y sin ira toparon nuestros dedos con las cuentas de un rosario de nombres y de rostros desgranados, tan jóvenes que pero quién ― costaría trabajo no exclamar si no fuera por el justo temor a que la voz exclamando se quebrara, de tan vieja y tan ajada ya — diría… (esto es un fragmento de lo que, a juzgar por los papeles encontrados en el baulito de Valentina, se recuerda como un primer intento de intervención de Bernardina en su momento y en su día). ... Que las más de las veces no es ni mucho menos el buscado sino alguno tan extemporáneo como una barra de labios — Ana Bolena, que quién se acuerda (no de la reina y su triste final sino de la marca), de color granate —, o una moneda que dejó de ser de curso legal hace ya décadas, o una receta manchada de grasa, o un frasquito diminuto que — encajado en un zapatito de tacón también diminuto de color (también) granate — exhibe una etiqueta en la que puede leerse “¡mais oui!”; o una llave que sirvió para abrir qué, o una estampa, o la jirafa de cristal (de cristal, sí, con su cuello tan largo) que salió milagrosamente indemne de un roscón de reyes, o… ¿Qué andábamos buscando?
All rights reserved
2409039303782
Tres pares de ojos
09/03/2024
La Rebolledo
http://valentina-lujan.es/trans/Tresparesdeojos.pdf de los tres primos llegados recientemente de provincias, entusiasmados y ansiosos por incorporarse al frenético ritmo vital de la ciudad hasta el extremo de ― sin siquiera aguardar a ponerse un poquito al día y aprender aunque sólo fuera unas cuantas normas generales de conducta y las reglas más básicas del funcionamiento de nuestra comunidad ― secundar el ambicioso proyecto que, llevado de su osadía, tenía el insigne honor de haber auspiciado Felipe el tercero, ofreciéndose a «nosotros, de verdad y con el corazón en la mano os lo decimos, nos podéis encomendar lo que queráis porque estamos dispuestos a lo que haga falta». Que se veía claramente ― o lo veía al menos y con el alma en vilo una Genoveva temerosa de que aquellos mocosos ignorantes de que las cosas hay que hacerlas con método y desconocedores, además, de quién era ella, tirasen, de un solo golpe pero certero, literalmente a la basura la ardua labor a la que llevaba años y aun lustros o siglos sacrificando gustosa su existencia ― que en verdad lo decían con el corazón en la mano, el mayor sobre todo y en concreto, que lo había cogido de encima de la cómoda y, la abuela «¡Pero quitárselo que me lo va a romper!», pasándoselo el chico de una mano a la otra; su «mi corazón de Jesús de toda la vida» y de porcelana además, que era. Porque Genoveva era, aparte de como el tío Emiliano tan comedido no hubiese dicho jamás salvo por boca de Gervasio ¡mucha Genoveva la jodía! la encargada de mantener en orden y minuciosa, rigurosamente secuenciada ― que sí lo habría dicho el tío Emiliano ― no ya sólo nuestra historia de gentes acostumbradas a moverse con soltura por las calles asfaltadas y con sus aceras y sus coches y sus letreros luminosos de nuestras ciudades, a paso vivo por lo general y sabiendo cada cual dónde iba, sino las historias ― de otras gentes deambulando a oscuras por populosísimas urbes muy lejanas, asustadas de sentirse tan perdidas y sin tener a quién pedir que aunque fuese con unas indicaciones muy someras los orientase hacia alguna parte ― que solían desembocar en finales felices cuando, al encontrarse nuevamente y abrazarse unos con otros embargados por el júbilo aunque estuvieran hambrientos y de polvo o barro hasta las cejas, se asomaba Teresa por la ventana de la cocina dando voces de que hicieran el favor de entrar y lavarse las manos porque la cena se empezaba a quedar fría y, luego ya sentados todos a la mesa, los padres, severos por lo general o preocupados, tan sólo, por los índices bursátiles, ¿dónde habéis estado que habéis tenido en un sinvivir a vuestras madres toda la tarde? Lanzaban ellos entonces a hurtadillas, por los rabillos de los ojos, miradas suplicantes a Genoveva en demanda de Genoveva, por favor, dinos dónde para que podamos zanjar este engorroso asunto antes de llegar a los postres. Y que qué trabajo le podía costar a ella dar respuesta a algo que era tan el pan suyo del cada día de su vida cotidiana. –Pero un pan que he de ganarme ― solía replicar, echando cuentas entre bisbiseos cuando le tocaba ir reduciendo de a poquitos los puntos necesarios para sisar en condiciones y que luego sentasen bien las mangas ― no con el sudor de mi frente sino con los quebraderos de cabeza que me dais yéndoos por ahí sin ni avisarme, a sitios que no he podido ubicar ni urbanizar ni decorar ni poblar porque no he tenido materialmente tiempo de ni medio bosquejar ni a sus habitantes ni a su lengua ni a sus costumbres ni a su nada… Así que, que se fastidiasen y, a la próxima, anduviesen con un poquito más de cuidado de no tocarle las narices porque la tenían muy, pero que muy harta. [][][] La hermana decía entonces “no sé, Alicia; pero a mí me parece que no hay rabillo de ojo alguno que pueda decir, así de un tirón, un párrafo tan largo” y era, esto precisamente — o no “esto” exactamente, pero sí el proyecto, “la empresa” a la que se había adherido con desgana en un principio pero luego, a la vista del desconcierto reinante y de las posibilidades que ofrecía a unos planes que jamás antes hubiera ella imaginado siquiera el poder ni remotamente bosquejar, con decidida aversión —, lo que tenía a Bernardina entusiasmada, enloquecida casi de felicidad ante la idea de que, al fin, ella, como todo el mundo, tendría un pasado, y una historia y una identidad que ella, Alicia, podría confeccionar si no a su antojo si por lo menos a medida y bien sentada (la primera, o ya vería sobre la marcha si una vez hilvanada le tenía más cuenta la segunda) o, en otro orden, perfectamente definida (la segunda, como es lógico) aunque, porque con esa posibilidad tenía que contar en todo momento considerando — como estaba firmemente decidida a considerar si era capaz de concentrarse en cualquiera de los puntos de encuentro en que todo el mundo se concentra — lo borrega que puede...
All rights reserved
2409029296971
Ovidio
09/02/2024
Geraldine
https://valentina-lujan.es/R/reducapunti.pdf reducido a apenas un puntito sudoroso allá a lo lejos, y eso que venía ocupando en las cuatro últimas temporadas el número dos en el ranking; rendido por el enorme esfuerzo y con una ceja rota y maldiciendo con voz entrecortada por la ira y jurándose no volver a participar nunca en un combate tan amañado porque yo ― se pavoneaba con sus amigos en el bar ― se, y de muy buena tinta, que hay tongo. –Puede ― porque Pascual, aunque no había encontrado nada enteramente concluyente después de haberse repasado el código penal de cabo a rabo, también tenía sus dudas como era, a pesar de que no lo pareciese escudado tras su máscara de timidez y sonrisita servicial que era, a lo mejor, lo que hacía que mamá lo tratase con la deferencia con que se suele tratar a los niños que han venido nada más de visita, tan terriblemente desconfiado ― pero para llevar el caso ante los tribunales necesitamos pruebas. –“¡Pruebas!”, ¿qué pruebas, si es vox populi? – ¿Y qué es eso? –“¿Y qué es eso?” ¡Hombre por favor: algo que sabe todo el mund… – ¡Pero… y sea lo que sea; a ti qué más te da, déjate ahora precisamente ― aconsejaba uno de los amigos más sensatos ― de latines; el populacho enardecido, Ovidio, puede decir cualquier cosa! Y que lo dejasen a él, dejadme eso a mí, dijo. Que él sabría cómo arreglarlo…
All rights reserved
2409029295899
La solución
09/02/2024
La de Monsálvez
http://valentina-lujan.es/trans/Lasolucionquelue.pdf que luego, cuando los hechos se manifestaran abiertamente irreversibles e investidos de todo el esplendor de su poderío, se mostraría no tan magnífica como pareciese cuando, en el casting y asesorada por un coach por el que todas las demás se habían peleado a brazo partido porque tenía muchísima fama, la viésemos vestida de amazona y a caballo sino, para desencanto de un público ansioso de novedades, ataviada con sus ropas de siempre y sus tacones demasiado altos para resultar creíbles si se consideraba el camino demasiado largo y harto pedregoso que hubiese de recorrer hasta hacerse patente, pero, y esto era una particularidad que también habría de considerarse, totalmente desprovista de maquillaje, las uñas rotas y, el cabello, lacio y sin rastros de aquel brillo rojizo con que deslumbrara a los patrocinadores del evento que, no poco desencantados y albergando serias dudas de que fuera a proporcionarles ni la cuarta parte de la rentabilidad que la agencia especializada les prometiese, comentarían entre sí, para salir del paso y en según qué casos podría valer, que aunque las maravilla de las maravillas no es que lo sea, lo que pueda decirse rematadamente mal mala no es que esté, del todo resentida e intratable y, enfadada, declararía, en tono bastante más alto que sus tacones aunque más áspero también que su tafilete tan fino, que nos podíamos ir marchando todos a la mierda, y que si lo que queríamos era una guarrería de solución casposa y mediocre de esas que en cuanto te fijas un poquito resulta claro como el agua que tan sólo son un parche, buscásemos a otra. Y se marcharía dando un portazo que le pediría la señorita que, por favor no muy fuerte, tesoro porque, entre unas cosas y otras unos días porque has estado haciendo footing y sin tiempo de cambiarse llegaba en playeras, y otros porque tenías después una cita y se presentaba con las uñas impecables y llena de bucles, llevamos tantos días con los ensayos que mi pobre cabeza no soportaría uno más sin que me diera un ataque de histeria y, entonces, habríamos de recurrir a la suplente que, allá nosotros y la solución tan díscola, sería muy posiblemente la señorita Marcela jurando, en arameo como era tan culta, que al año siguiente iría de veraneo a la Costa Azul, o a la Dorada o a la Blanca, que ya vería, pero que a este poblacho de patanes no regresaría jamás de los jamases.
All rights reserved
2408319281185
El blog se ha eliminado
08/31/2024
Yumma
https://valentina-lujan.es/Z/aliciabermudez.pdf El blog se ha eliminado Esta página está en preparación, a la espera de que los tales (que no los cuales, no vaya y se mosqueen) me den autorización para desvelar sus nombres o las referencias a otros con quienes estuvieron de alguna manera relacionados. Ejemplo: Don Gabriel, que por estar fallecido - según puede verse en el bodegón de las perdices de Adoración López - sin descendencia no hay peligro de que sus deudos me demanden. Pero ya advierto de que sólo es un ejemplo de los muchos que podrían ponerse y se pondrían de no existir el peligro de que pudiese tener yo problemas ni con los vivos ni con sus correspondientes deudos; y de que por eso, y no por cualquier otra circunstancia o motivo que ni por asomos se me está pasando por las mientes de momento al menos, es por lo que decidí culparlo a él de ser el valga la redundancia "culpable" de que Lola, que le sentó por cierto muy mal lo de la aspiradora justo cuando lo de la señora que cerró el libro y apagó la tele no llegó a decirle al marido que... Pero eso voy a dejarlo así porque para qué ser "una" quién diga ni cuente cuando, con tan sólo acudir al Baulito de Valentina y abrir la bolsa de cuadros escoceses que se muestra más abajo, podrá leer el lector con sus propios ojos, todos (o una gran parte de ellos) los post-it de Lola; y comprender con su propio criterio o raciocinio.
All rights reserved
2408309268028
Posando de cuerpo entero y medio perfil
08/30/2024
Semíramis
http://valentina-lujan.es/trans/Posando.pdf de cuerpo entero y medio perfil con su natural prestancia, tan acorde con el ambiente fastuoso de nuestro comedor de maderas nobles y cortinones de brocado ― donde, representando a un caballero con toda la barba ataviado con el traje de húsar que una vez acortadas las mangas le quedaba maravillosamente bien, lucía imponente del todo bajo la luz de las arañas venecianas ― pero tan fuera de lugar en contextos en los que, por problemas logísticos que aparecían a última hora y se hacía necesario solventar de forma a veces no poco chapucera, le tocaba desempeñar cualquiera de los tantos oficios indignos que todos salvo muy contadas excepciones despreciaban. Se giraba entonces por completo hasta quedar, aun manteniendo la cabeza bien erguida, totalmente de espaldas y, cuando se le pedía que por favor no exagerase, todavía la echaba un poco más hacia atrás de manera que se le veía la incipiente calva. ¿Había que ponerse así? No era asunto suyo saber cómo había o no que colocarse; respondía, con sequedad y tan tieso. ¿Por qué adoptaba aquella actitud? Ignoraba, aducía, cuál pudiera ser la que mejor se adecuara a un individuo que ejercía tal o cual profesión tan vergonzante. “Tal o cual, no”, se le reconvenía. Estábamos hablando de una profesión muy precisa. Y tanto, recalcaba él con amargura abundando, acto seguido, en que hasta tal extremo necesaria que no había que preocuparse: alguien, antes o después, terminaría doblando el espinazo… Pero las tareas ya estaban en esta ocasión, por favor, entiéndelo asignadas y todo el mundo hasta el cuello de trabajo; ¿no sería lo natural que él, recién llegado y todavía sin una plaza en prop… ¡Que no! Estaba bien, pero, ¿qué era lo que quería entonces? Silencio obstinado. ¿No ser nadie? Poniéndole en bandeja — sin saberlo o adrede porque como todos los un poco canallas solía el muy truhan, como decía esponjado el abuelo, caer bastante bien — la ocasión que sabía él no desdeñar de lucirse con un ¡¡¡Cielos, pues claro que no!!! Y que, precisamente, todo lo contrario. Causando admiración en este punto, entre las jovencitas, lo muy deprisa que aprendía el más pequeño de los primos: Roberto. Y es que entre las de tercero B ― o entre su mayor parte al menos ― ser Nadie era algo que estaba, abiertamente, muy bien visto. ¿Por qué? Pues porque daba mucha libertad y a quién no le gusta ser libre y, como siempre dijo Claudia Retuerto, hacer de su capa un sayo. Nadie podía decir lo que le viniera en gana. Nadie podía ir y venir a su antojo de y adonde le pareciese oportuno. Nadie podía comerse los yogures que Basilia compraba cada día para la tía Nines — cero por ciento de materia grasa — o gastar las pasas de Corinto o la miel o las nueces que les añadía y «yo, con esto, así ligerito, me voy a la cama tan conforme». Nadie podía, en definitiva, hacerlo prácticamente todo. ¿Iba a haber así las cosas quien quisiera serlo — y doña Merceditas marcaba una pausa mirando de hito en hito a sus pupilas antes de añadir, en aquel tono tan peculiar que empleaba cuando se quería camelar a… qué menos, haciéndose una composición de lugar rápida, que un par de ellas o tres — o tendríamos que ofrecerle esa bicoca a las de... digamos tercero A? – ¡Pero las de tercero A son nuestras eternas rivales! – ¡Pues ahí tenéis! — exultante doña Merceditas. Pero, en fin, considerando astutamente la conveniencia de no pretender, ¡en absoluto!, influenciaros que, a ella, como podéis comprender le daba lo mismo: «la decisión es vuestra». Pero, ¿era tan en verdad tan chollo ser ese Nadie que doña Merceditas les pintaba o, muy por el contrario, Nadie se vería condenado a vivir en un estado de frustración constante? –Porque, vamos a ver — planteaba Cristinita Manrique, contumaz antagonista de la Retuerto —: Nadie querrá desatascar los retretes, ¿no es verdad? La respuesta parecía a todas luces obvia. –Y, decidme — entornando los ojillos la Manrique, retadora —: ¿Quién será empero quien los desatasque? Y que ¡pues ahí teníamos! Y que Nadie querría enterrar a los muertos ― ahí era donde se hacía fuerte el primo Roberto ―, pero, preguntaba, quién tendría que hacerlo. Nadie querría ser, ponía por caso, una esposa ultrajada. Bueno, pues se tendría que quedar con las ganas porque la agraviada iba a ser Alguien. O que echásemos si no la vista atrás y «haced memoria», instaba. Nadie deseó, desde que el mundo es mundo, asumir responsabilidades; pero las responsabilidades, paradójicamente, terminaban siendo, ¡siempre!, asumidas por Alguien. Y Alguien tendría que cuidar a los ancianos y padecer enfermedades, y pasar dificultades y estrecheces; y ser quien diera las malas noticias o, dado el caso, los buenos días a los vecinos desagradables...
All rights reserved
2408299258092
¿Quiénes sómos? - Sí, nos lo seguimos preguntando
08/29/2024
La Antúnez
http://valentina-lujan.es/L/noparv10a.pdf La respuesta no parece, en un principio, que pueda resultar problemática ; no tiene uno, o una, o un hatajo ― o una multitud por aquello de no ningunear a género alguno de especímenes ― más que llegar y decir pues yo o nosotros o nosotras somos Fulanito de Tal, o Perenganita de Cual, o estos/as o los/as otros/as o los/as de más allá e hijos/as, todos/as y cada uno/a, de nuestros/as respectivos/as padres/as... No, mira, ahí nos hemos equivocado, pero en un alarde de humildad y de saber no ocultar nuestros errores lo vamos a dejar como está y seguir, como si tal cosa, aunque saltándonos - eso sí - las obviedades que todos damos por sentadas en lo que concierne a nuestros semejantes que, como si vamos al diccionario de sinónimos encontraremos que son "similares", o - eso también - "parecidos/as", a nosotros/as mismos/as, ¿no?, que es de quienes estamos hablando, si no hemos perdido el hilo y, por tanto, portadores/as tanto unos/as como otros/as ― aparte de "de valores eternos", que también se da por sentado y no sabemos si vamos a tener sillas para tantos/as ― de obviedades tan nada diferentes de las propias que para qué repetirlas, nosotros, por puro sentido común y del ahorro, nos atenemos a la más estricta de las lógicas y no las repetimos… ¿O sí lo hemos perdido? El hilo, que sería lo grave; porque el sentido común ― ¡una cosa tan corriente! ―, cuánto ni qué puede importar cuando, además, nos queda el propio, de infinitamente mayor enjundia y entidad. Y si lo hemos perdido, Dios no lo quiera, sí que la habremos liado porque nos pasará como, hace apenas unos días sin ir más lejos, nos sucedió a nosotros en nuestras propias carnes mortales cuando buscando… pues qué podía estar siendo, que así al pronto no caemos… Bueno, pues no sabemos, pero un destornillador... ¿Qué estábamos diciendo? Ah, ya: que para coger la pinza de la ropa con que sujetar el estor averiado del cuarto de estar y poder así abrir la ventana… Pero tampoco vamos a extendernos en eso porque, nos figuramos, quien más quien menos ya cuenta con sus trucos propios para abrir sus ventanas. Además, la ventana la terminábamos de cerrar; así que, la pinza… .... Pero sí un texto un poco largo, a veces; aunque otras veces podía ser bastante corto dependiendo de lo aplicado o perezoso que fuera el interviniente, a menos que el tal interviniente perezoso fuera sí muy “echao palante” decía Basilia ―que luego se enfadó y “porque por qué, a ver, digo yo, tenéis ninguno que meterme a mí en este lío si yo no he dicho que quiera participar”, aunque se le pasó enseguida porque dijo (por escabullirse) que se tenía que ir a hacer la cena, pero que como tampoco quería dejar todo patas arriba no le parecía mal que el enfado, si fuese muy necesario, lo siguiera otro que, seguro, lo haría igual de bien o hasta mejor― y, por quedar bien y que pareciese que había hecho algo, copiaba otro prácticamente idéntico, cambiaba los nombres o las profesiones o la aficiones o las manías y le colocaba, tan campante, el número de versión que le diera la gana. El chico bajito y con granos pero con unas referencias tan buenas y un expediente tan brillante que todo el mundo confiaba en que pasaría sin problema ninguno la prueba de guapo o, si se hacía necesario como en esta ocasión, la de grande.
All rights reserved
2408289249833
Y eso, nadie en su sano juicio y ni aun Quiteria, lo quería
08/28/2024
Señorita Ligia
http://valentina-lujan.es/L/loquesibipa10.pdf lo quería si bien, y cuando ya lo teníamos razonado tan sensatamente, Sonsoles se solía descolgar con que (1) sólo había sido una especie de experimento de Tere la de las puntillas a ver qué tal se nos daba eso de hacer comentarios sin los que «por supuesto, se podría vivir» pero le pareció que podía tener su gracia que se dijeran cosas, las que fuera, y que cada cual eligiese si se quería enterar de ellas o no. Volvía entonces a haber divergencias porque, y pese a que Sonsoles quisiera animarnos con que en apenas dos días nos habríamos hecho con el método y «ya veréis cómo os encanta en cuanto le tengáis pillado el tranquillo», el tío Ramiro abogaba en contra aduciendo que ese tipo de digresiones iban a confundir a los ancianos y a los niños, que se andarían perdiendo todo el rato por vericuetos inextricables. –Habrás sin embargo de reconocer, Ramiro —contraatacaba la tía Manoli, muy contenta de ver a Calpurnia...o, más exactamente, de ni verla ni oírla, mirando su reloj en ascuas, reconcomida, ahí, apartada del centro de la escena—, lo muy práctico que puede resultar en ocasiones el poder hacer según qué comentarios sotto voce , así, sin herir susceptibilidades y sin dar un cuarto al pregonero. –Ya, pero fíjate en doña Graciela. Y aunque Sonsoles gritó enfadada «¡ya está bien!» y que para muestra bastaba un botón maldita fuese —pálido maldita fuese reflejo del que pronunció... «¿Quién fue?, ¿Albertina, cuando el pobrecito Pascual estaba de cuerpo presente?»— lo dicho dicho estaba y ésta estaba siendo una de esas veces porque doña Graciela, que siempre parecía estar en otra parte, era, en la realidad de alguien, bastante observadora «o si no» —nos hizo notar otro alguien, y que nos acordáramos si queríamos— «¿qué pasó con los pies de Etelvina?». Pero como nadie quisimos se hizo con el bolso de doña Aurora y papelitos con los nombres de todos para que le terminara tocando a Celia Mendoza que ya porque fuese una chica muy arisca ― y lo era, o prueba de ello es que no quería jugar con nadie ― o muy inapetente ― que también debía de serlo porque nunca tomaba bocadillo ― o tuviese ganas de fastidiar a la señorita Marcela se puso de pie y salió al encerado y allí, bajo el reloj, con idéntica habilidad para demorarse de la que ellas, todas, hacían gala a la hora de medir los tiempos, recordó con todo lujo de detalles y tan malísima idea que nos tuvimos que quedar no sólo sin recreo sino también sin poder ir al baño ni siquiera. ... Uno, sí; ese unito en pequeño que figura en el cuarto renglón de la versión 10 a, junto a la palabra “problemática”. Y eso que don Apolonio el notario era incondicional de Tere la de las puntillas y no se cansaba de alabarla diciendo “¡nunca habíamos, ni aun en los mejores tiempos de mayor esplendor, disfrutado de una Sonsoles tan magnífica!” y todas sus ocurrencias le parecían sencillamente geniales. Por más que corrieran paralelas, prácticamente, al núcleo central del discurso de quien en tal o cual momento estuviese asumiendo el protagonismo o siendo el o la portavoz de éste o aquel colectivo. –A la tía Manoli ― deslizó en un susurro Dori Ercilla al oído de la de Pomares ―le gustaban los conjuntos de perlé y los pareados. –El tío Ramiro jamás se enfrentaba, diplomático él y en aras de que reinase la paz en el hogar, directamente a su esposa sino que se escudaba, astutamente ― Eleanora del Carpio que no tenía, ni de lejos, la capacidad de síntesis que adornaba a la Ercilla; al oído de Adosinda Agudo — tras el que daba él en considerar el más débil. U Oriana o Benilde o Violeta.
All rights reserved
2408279236478
En las mismas aguas de algún otro río
08/27/2024
Violeta Tobar
http://valentina-lujan.es/N/npvmin.pdf Responder a la pregunta de “¿quiénes somos?” no parece, en un principio — recitaba la señorita Argenis sin, después de tantos años con la misma cantinela, tener que echar más de alguna ojeada ocasional al manuscrito —, que pueda resultar problemático; no tiene uno, o una, o un hatajo (o multitud si nos cabía y siempre que el tamaño de la letra concordase), más que llegar y decir pues yo o nosotros o nosotras somos Fulanito de Tal, o Perenganita de Cual, o estos/as o los/as otros/as o los/as de más allá e hijos/as, todos/as y cada uno/a, de nuestros/as respectivos/as padres/as... No, mira, ahí nos hemos equivocado — y suspiraba y pestañeaba, y sacudía un poquito la cabeza, cargada de resignación y muchos bucles; ella, Argenis, que interrogados al respecto los más ancianos del lugar y otros contornos aún por determinar, aseveraron que hasta donde la memoria les alcanzaba a los más remotos de sus ancestros Argenis no se había equivocado jamás — pero lo vamos a dejar como está y seguir, como si tal cosa, aunque saltándonos las obviedades que todos damos por sentadas en lo que concierne a nuestros semejantes, tan nada diferentes de las propias que para qué repetirlas y perder, sin ninguna necesidad, el hilo… –¿O Ya lo hemos perdido? Inmediatamente se producía una pausa, que ella, Ligia — y, aunque muchas hojas ya se hubiesen perdido o utilizado para envolver el bocadillo, la señorita Argenis tampoco — nunca olvidaba enlazar, acto seguido y ahora sí a su libre antojo, con un… – Moisés, por favor, ¿sería usted tan amable? Y, con los ojos cerrados, el ceño un poco contraído y la cabeza algo echada hacia atrás, concentrado él en no cometer ningún error… – Porque si lo hemos perdido tendremos que buscarlo, y nos pasará lo que nos sucedió cuando hace apenas unos días buscábamos algo también y derramamos, sin quererlo, la copa de algún néctar repuntado que nuestra memoria se obstinó en despertar como… Silencio, de Moisés, seguido de un suspiro y, por lo bajo, apenas audible, un ¡Mierda! – Ambrosía — ella, con la dulzura y proverbial paciencia que ni en los momentos de mayor crispación la abandonaban —, ambrosía, Moisés; pero no se preocupe, que ha estado muy bien… Farabundo, si tiene la bondad… –La dejamos hacer y, con deleite — evocaba Farabundo, de corrido, como si en la vida no hubiera hecho otra cosa que evocar de corrido no importa qué memorias que el azar deparase —, aplicamos el néctar con las yemas de los dedos en las sienes, y en el cuello, y detrás de las orejas y en la frente, y aspiramos el olor evanescente del antaño mientras se demoraba ella por entre los jirones de las tardes ociosas en que éramos algo que, por cierto, la última vez que alguien lo mencionó ya dio problemas porque ― la más corpulenta de las Monteverde ― que pero, bueno, eso es muy… – elástico; sí, Farabundo; perfecto y magníficamente entonado. Pero no hace falta que continúe porque, y todos lo sabemos a menos que tengamos algún espía infiltrado disfrazado de nuevo: Y, tras los dos puntos: – ¿Elástico? ― Doña Anastasia ― ¿Cómo cuánto exactamente de elástico? – Como muchíssssimo. – ¡Vaya por Dios! ― Y, girándose Anastasia a su propia hermana ―: ¿Qué te parece? Y la hermana se limitó a ladear un poquito la cabeza y volverla a enderezar como queriendo dar a entender ea. – Ea ― doña Anastasia ―, no; Romana. – ¿Pero cómo ― la Monteverde ― que ea, no? – Pues como que no, sencillamente. – Mira, Anastasia, yo tengo mucha, pero que muchísima correa, pero, si hay algo que verdaderamente me molest… Porque, ¿quién no ha sido, si es que alguien me lo puede explicar, algo a lo largo de su vida alguna vez? – Ya. Si no ― doña Anastasia ―: si algo sí. A lo que voy es a que… – Lo que ella está queriendo decir ― la Monteverde corpulenta también pero algo menos, dando a la hermana suya unos suaves golpecitos con sus dedos en el antebrazo ― es que quién no ha sido algo alguna vez aunque no fuera lo que estuviese deseando fervientemente ser…
All rights reserved
2408259215752
Pruebas nada más
08/25/2024
Claudia Cifuentes
http://valentina-lujan.es/trans/Pruebasnadamas.pdf y ― Loreto no podía “a quién habrá salido tan más terca que una mula” nunca ni en ninguna parte y estuviera donde estuviese quitárselo de la cabeza ― ninguna larga serie de explicaciones, o justificaciones, o alegaciones que poquita luz van a arrojar sobre dicho en el tono, permitiéndose la matización como si hubiese él presenciado la escena con sus ojos cansados, de quien está haciendo un esfuerzo sobrehumano por no perder los nervios “¡pues claro – mamá – tonta, que a ti!” ni dar crédito ― tan inocentón, o tan optimista o tan poquito malpensado que fue siempre “este hijo mío”; allí, hostigándola con “¿y por qué no las tres cosas y ya nos las repartiremos nosotros?”― a que no le quedasen cebollas seguido de un dejar caer las manos pesadamente sobre la mesa y un leve bufido y una puesta desesperada de tres pares de ojos en blanco y, a solas pues fíjate que estaba convencida de que tenía una, y grandecita porque, los tres primos, eran inseparables. Y, a la esposa del matrimonio amigo que, aunque a veces se llevaran a matar, juntos siempre, a todas partes, que se ha ofrecido a ¿quieres que te ayude a secar los cubiertos?: es que, yo siempre lo digo, ¿no estamos los padres y las madres para darnos cuenta de esas pequeñas cosas? Anda que, el día que ella se hartase, se iba todo el mundo a enterar. ¡Pruebas! Y que eran todo lo que necesitamos ― cortando el hilo de sus lamentaciones con un tajo impecable que mira tú que bien, esto para un caldo ―, todo cuanto le estamos pidiendo; porque el hecho de que fuese verdad que ella iba a romper filas ― y platos y jarrones cuando cansada, ya de mayor, de sentirse incomprendida se enfadaba ―, y que las podría romper como quisiera, no era argumento suficiente para derogar ningún artículo tantos y cuantos apartado tal y cual de váyase usté a saber qué código ni penal ni civil ni incluso canónico mediante el cual les, nos, asistía, a nosotros, el derecho de reservarse la libertad de recoger la antorcha (los más benevolentes) o el guante (los más pendencieros) cómo y por donde les pareciese más oportuno. “¿Pruebas de qué ― podría haberse, le soplaron demasiado tarde desde la fila de atrás, preguntado ― si la han pillado por sorpresa?”. ― Julianita; si me lo hubiera esperado... ¡la muy tonta! Aunque, partiéndolas ahora en láminas finas, para tortilla, tan socorrida para sacarla del apuro ¡válgame Dios – a los cuñados y el matrimonio amigo –, pero quién esperaba tanto bueno por aquí! y que qué alegría que no se me olvide la cebolla, recuerda que la idea... ¿peregrina?, sí, es decir por supuesto que no... ¡Molestia! y que vaya bobada de idea, peregrina, que no había partido de la propia Juliana aunque quizá la prefiriesen sin cebolla, o no, como eso de los gustos es siempre tan personal. Pruebas cuando qué más pruebas podría aportar o es que no veían, ustedes, lo extraña que se sentía con esa familiaridad, ella, sin saber dónde exactamente tenía que ir... este vaso (no, a la invitación claro que sí – cortando el hilo de sus pensamientos de nuevo aunque, y eso que no se quiere dejar ganar por el desánimo, con lo que sale rico de verdad es con congrio –, como si hubiera sido ayer) vestida así, de aquella guisa, con sus zapatos de tacón y sus medias finas pero usted no querrá rompérselas, ¿verdad?, gateando, valga la alusión, entre los setos y que, lo más a tono para la ocasión y para tantas otras ocasiones similares era algo un poco más... porque, sépalo, esto es nada más el principio, no ha hecho más que empezar, era un compromiso… “¿informal?”, sí, pero que estaba adquiriendo de por vida y, pues ahí... en ese armario, pero no te molestes, mujer, que ya lo pongo yo; que ya son ganas de estorbar tan a gusto que está ella recogiendo su cocina sola o, en plan un poco más cosmopolita, “de sport”. Pero es demasiado ― pensó, con un punto de hastío ante la perspectiva de una semana a caldo ―, no sabía, ¿ambiguo?… Sí, ambiguo por lo menos, seguro, porque aun después de haberse puesto en el lugar de don Ildefonso era él, Felipe, demasiado joven y su madre mejor que nadie lo sabía para poder hacer suyos los recuerdos tan difusos y deshilachados del abuelo y, ella, Orfelina (que era posible que incluso él lo hubiera ya olvidado), por su parte, tan esquiva que no iba, así por las buenas y sin ofrecer la menor resistencia, a dejarse recrear por ningún otro por más que ese “otro” la hubiese visto nacer, como quien dice, cuando no levantaba dos palmos del suelo. Procedía, por tanto, terminar decidiendo que no y mandarlos a jugar a la calle o definitivamente al pueblo si bien, y a la hora de la verdad, ¡anda, pero si entre las patatas había una!; sin podérselo creer y berreando hasta que... bueno, pues algo que aun con cebolla resumiendo os guste, y de mejor o de peor grado terminó por aceptar y que fuese, dijo, lo que Dios quisiera y «ya podéis ir poniendo los platos» … y ya está.
All rights reserved
2408259214083
La señorita Marcela era un verdadero hueso
08/25/2024
Roberto
https://valentina-lujan.es/trans/Laseniomarce.pdf y quien lo ponga en duda o piense que afirmar algo así es una exageración de alguien resentido por haber tenido que repetir , que se lo pregunte a Hersilia cuando sin mala intención ninguna — y como a ella le parecía que con las amigas había que ser leales y ella lo era tanto de su mujer que se lo pidió por favor porque él tenía que terminar una chaise longue muy urgente — se hizo cargo de, para que no perdiera la vez después de tanto tiempo que llevaba el número, presentar el borrador (que él ampliaría más tarde) del tapicero de las Sousa, se llevó sin comerlo ni beberlo la pobre una bronca tremenda (y el castigo ver más abajo y con sus comas)porque ella, Marcela, que lo sabía porque se lo había contado doña Paula, que hasta el retiro interrumpió por venir (ir) a ponerlo en su conocimiento, se tomó muy por la tremenda no lo del padre de las de Churruca (que eso lo entendía porque se sabe que es ley de vida) y ni siquiera lo de los pendientes de pedrería y los guantes largos de seda roja pero sí lo de las uñas (y de los pies además) pintadas de azul y, que lo sé yo o es que te has pensado que soy tonta, lo del cascabel y por no hablar del culo, tan respingón en la falda tan corta, que fue lo peor de todo porque… (como la señorita Marcela era un poco hipocondríaca temió ponerse demasiado furiosa, por si una subida de tensión o algo, y se dio por satisfecha con lo de las doscientas veces “aunque, te lo advierto, ni una menos”); y suspiró hondo para, más suave, “¿pero es que no te das cuenta, pedazo de insensata, de que no va propia?”. Pero es que Hersilia era buena, sí, pero, su amiga Semíramis solía decirlo, “todas las de cintura de avispa y busto de Phenhouse son un poquito memas”. Y que a quién con dos dedos de frente se le podía pasar por la cabeza una Loli así. ... No curso, que conocías a gente nueva con la que pelearte y malmeter a las madres que se pedían cuentas si es que no se daban tirones de pelos entre ellas, como hay madres que lo son tan… como solía decir la señorita Alicia tras una breve pausa (representada por esos tres puntos) que se tomaba ella para respirar hondo y recomponer la sonrisa, hijas a su vez, como es perfectamente natural, de las suyas respectivassssssssssss, así, con muchas eses — sino doscientas veces y con buena letra nunca más volveré a cometer un error tan ridículo a la par que de todo punto imperdonable y (coma) si lo cometiera (coma) que Dios me castigue haciendo que se me aparezca por las noches a los pies de mi cama para que me entere de cómo es de verdad y no vuelva a olvidárseme nunca jamás porque la señorita Marcela, cuando se ponía y raro era el día que no se ponía como era ella tan hija de…(ver la cursiva de más arriba), no se conformaba con un haber se escribe con hache en plan sencillo.
All rights reserved
2408259213369
Puede decir cualquier cosa
08/25/2024
Belvedera
http://valentina-lujan.es/trans/Puededecircualqui.pdf − “¿Cualquier cosa”, ha dicho? La señorita Ediltrudes se tomaba a veces la licencia de no saber si le iba a merecer la pena manifestarse abiertamente y expresar su desacuerdo más rotundo o si, por el contrario, sería más prudente el echar mano de alguna otra discrepancia menos categórica y manifestarse ― sí ―, abiertamente ― también ―; mostrarse y dejarse ver y oír y a lo mejor hasta tocar… o, bueno, eso ya lo decidiría, sin remilgos ni ñoñeces ― de acuerdo ― pero sin dar un cuarto al pregonero. No le parecía a ella que pudiera ― ¡ante ningún tribunal de este mundo ni del otro! Había llegado a decir puesta en pie y en tono muy dramático, aunque ya hacía mucho tiempo ― defenderse que fuera semejante cualquier cosa, en puridad, de entre todas las parrafadas que el aspirante ha de encarar para labrarse un nombre, una ni de las más cortas ni de las más fáciles de recordar y repetir, así, de un tirón. − Eso dependerá, Ediltrudes ― hubo quien trató entonces de meterle en la cabeza ― de desde dónde estés partiendo. − ¿Y desde dónde va a ser? ― replicó, con un punto de sarcasmo. − Quiero decir de dónde vengas. − ¡Ahí iba yo! − Ediltrudes, por favor, defínete… − Vale: me quedo. − Pues, hala: ¡desde “! Pruebas ¡” … Y punto. La señorita Ediltrudes enderezó sus lapiceros y frotó la goma de borrar sobre una esquinita en blanco de la hoja del cuaderno que tenía delante; y ya parecía que iba a ponerse en pie cuando, al percatarse tal vez de que sus recuerdos no eran todavía del todo nítidos, repasó si la tapa del tintero estaba bien enroscada y, no contenta aún, borró el encerado. Entonces ya sí se puso en pie y, tras aclararse la voz, se lanzó al fin: − Podría suponerse sí capaz, aun al menos competente de los candidatos ― esto lo recordaba con absoluta claridad ―, de extraer una noción general de qué ocurre, dónde ocurre y quiénes son los que están tomando parte en la acción. » No cabe sin embargo esperar que el neófito se aventure con un mínimo de apostura al duro trance de una vez localizado el lugar en que se están desarrollando los hechos y entrevistos mal que bien los rasgos de quienes están tomando parte en ellos tener que dar respuesta sin más ayuda que sus exiguas habilidades; eso es verdad — haciendo suya la entonación campanuda de quien ella suponía portavoz del tribunal — a la pregunta de dentro de qué ámbito del conocimiento o del estar o del saber o del sentir convendrá pero no se quejará usted de que no le estamos dando mogollón de pistas y un amplio repertorio de encuadres para la solución que luego podrá enmarcar, usted mismo o misma, y mostrar a sus familiares y amigos lleno o llena de delectación dar posada a la idea "peregrina" reconózcalo... ¡y terminemos de una vez con este embarazoso asunto, por el amor de Dios! — exhortaba al pipiolo, por boca de la señorita Ediltrudes el justiciero portavoz — que late, no ya tras las palabras o los gestos de quienes las dicen o los hacen, sino tras la intención de quien los colocó ante semejante papeleta». Dejándose a continuación caer, más que sentándose, en su silla. Completamente exhausta. −Es que, Nélida ― doña Dídima, haciéndole beber no el habitual sorbito de agua a que remitía el punto 3 del artículos 126 del reglamento que se sabía de memoria sino lingotazo de ron y, off the record, “santas pascuas” ―, las cosas no pueden tomarse tan a pecho como tú te las tomas. − ¿Y cómo hay que tomárselas? — Nélida, recomponiéndose con un punto de enojo muy aplaudido, por cierto, y que le valió un 9 en la clasificación general los bucles que lástima, postizos le adornaban la frente. ¿Cómo había que tomarse, por ventura, y apurar hasta las heces el amargo cáliz de tener que contemplar, sin agarrarse un berrengue de aquí te espero ni subirse por las paredes, que aquel abogadillo de tres al cuarto tergiversara los hechos hasta el punto de en lugar de reflejar en las actas “un populacho enardecido, Ovidio, puede largar por su boca cuanto le venga en gana” limitarse, con su cara de tonto, a un cualquier cosa que, todo el mundo lo sabe, viene a ser no decir como quien dice “nada”? Porque Nélida no era una meritoria de tantas, y si lo había sido alguna vez o no se acordaba ya nadie o, si alguien se acordaba, sería con muy poquito entusiasmo y nada más por aquello de que siempre, en todas partes, hay algo que «alguien tendrá que hacerlo, ¿no?». Y eso, precisamente, era lo malo; lo malo al menos en opinión de don Ossian que no quería, bajo ningún concepto y propinando un contundente uppercut de izquierda a su saco de arena, que se recordase a Nélida por obligación y con desgana. −No es desgana, Ossian — tratando de hacerlo ser sensato doña Elizabeth, su esposa —; es que nosotros no estamos ya para estas cosas. − ¿Que no estamos? − No, Ossian; aunque nos cueste admitirlo. Pero don Ossian, enardecido y atizando swings a diestro...
All rights reserved
http://valentina-lujan.es/trans/Lamesadecentro.pdf del cuarto de estar decorado con fotografías de abuelas ataviadas con vestidos oscuros y abuelos con bigotes, donde una tía Bárbara que venía y me agarraba por los hombros, y me ponía en el medio del salón, delante de todos, le decía a la tía Gregoria —¡Esto exactamente es lo que yo quería decir! –“¿Esto?” — contestaba la otra, mirándome de arriba abajo arrugando la nariz como si yo fuera poca cosa. –Sí: esto — Y me zarandeaba y me clavaba las uñas y yo no gritaba no por lo del postre sino porque aunque me hacía daño era sin querer —: que la niña, sin darse cuenta... ¡¡porque lo has hecho sin darte cuenta!! — y que ¿verdad? Pero yo sólo asentía con la cabeza para no enredar más — que la niña, sin saber lo que hacía ha... – Pero ¿cómo que sin saber lo que hacía si estaba todo el rato dando la tabarra al pobre Pascual? — mamá. –Bah, no se preocupe por eso. A mí no me molesta, son cosas de niños. –Sí, Pascual; pero cosas de niños muy descarados — y mamá me clavaba los ojos meneando la cabeza y enfatizando mucho niñosss y descaradosss y —: usted es que es una persona muy sufrida. Y, yo, ahí callada, en el centro del salón con las uñas de la tía Bárbara clavándoseme hasta que ellos se callaban también, y entonces aflojaba un poquito, y haciéndome menos daño: –No os habéis dado cuenta. Nadie se ha dado cuenta. Y es comprensible porque todos estamos aquí, viéndonos y oyéndonos, y sabemos...creemos saber, al menos, qué estamos viendo y oyendo, pero imaginaros a alguien que no estuviese aquí, ¿qué pensaría? –Pues — papá, tan despistado — como si no está ni ve ni oye... –Que oyera o viese sólo de forma parcial, incompl... –Ah pues — mamá — no creo que pensase nada raro. Somos una familia muy normal... ¡Porque Pascual es como de la familia, claro! – ¡Bueno — papá, tan despistado —; Pascual como el que más! –No, ya, si eso sí — impaciente la tía, por hacerse entender, que me estaba volviendo a clavar las uñas; a ver si acabábamos con aquello de una vez — pero yo, a lo que me estoy refiriendo es a que, cualquiera que no estuviese aquí presente pensaría que... –Sí — papá, tan despistado —: que nos estamos... bueno, estábam... ¡o estamos! moviendo en nuestro presente y en nuestro pasado a la vez porque, si la niña... y Pascual, están aquí los dos, y la niña decía que Pascual decía... –Y eso no puede ser — la tía Gregoria. –Pero es — la otra —: y aquí estamos. –Eso, mira, es verdad — mamá —: aquí toda la tarde, que fíjate qué hora es ya y sin haber sacado nada en claro. Y que venga, vamos a cenar algo y a dormir que nos estamos cayendo todos de sueño mañana seguiríamos y, a Pascual, que esperaba que no le disgustase la habitación que le hemos preparado como usted es tan… pero que ya sabía que, como la casa no era muy grande, no teníamos otra y, bueno... en fin, dando un suspiro, era la del pobrecito Pascual. Y, a mí, de pie en el centro del salón, vamos chiquitina, que ahí adormilada en tan mala postura te va a doler el cuello. – ¿Y Pascual? Y que pues debajo de la mesa, como siempre, y que esa es otra, que aún lo tenemos que sacar.
All rights reserved
2408249204803
La querida del pescadero
08/24/2024
Ceferina
http://valentina-lujan.es/trans/Laqueridadelpesca.pdf de la que jamás se hablaba en la familia del clérigo, como si no existiera, avergonzados todos de cómo una “chica tan guapa y tan modosa” como había sido en la adolescencia y primera juventud hubiera, sin saber cómo, dado un giro tan escandaloso a su vida y convertídose no ya en la madame culta que podía recitar de cabo a rabo y de corrido a poetas como Dante o Ludovico Ariosto, que ello no habría sido ningún desdoro dado lo elegantes que solían ser aquel tipo de meublés y cuán distinguidos los caballeros que los frecuentaban sino la en extremo humillante historia del pescadero. ... Y eso era lo malo, lo que no podían perdonarle, lo que si era cierto — y no tenía por qué no serlo porque el chico, además de su defecto físico, tenía poquitas luces y era tirando a cortito —, que lo relatado por Albertito el del tuerto (en pie de página sí, y en letra por tanto muy pequeña, pero ahí estaba para quien quisiera echarle un vistazo) arruinaría todo el abolengo tan rancio que desde tiempo inmemorial venían acarreando “nosotros, los Fulanitez” (Seudónimo un tanto tópico que utilizamos aquí para no cargar más las tintas del desprestigio sobre unas personas tan respetables y tan dignas).
All rights reserved
2408239199492
¿Quiénes somos?
08/23/2024
La de Bernoulli
https://valentina-lujan.es/G/diez.pdf La respuesta no parece, en un principio, que pueda resultar problemática; no tiene uno, o una, o un hatajo ― o una multitud por aquello de no ningunear a género alguno de especímenes ― más que llegar y decir pues yo o nosotros o nosotras somos Fulanito de Tal, o Perenganita de Cual, o estos/as o los/as otros/as o los/as de más allá e hijos/as, todos/as y cada uno/a, de nuestros/as respectivos/as padres/as... No, mira, ahí nos hemos equivocado, pero en un alarde de humildad y de saber no ocultar nuestros errores lo vamos a dejar como está y seguir, como si tal cosa, aunque saltándonos - eso sí - las obviedades que todos damos por sentadas en lo que concierne a nuestros semejantes que, como si vamos al diccionario de sinónimos encontraremos que son "similares", o - eso también - "parecidos/as", a nosotros/as mismos/as, ¿no?, que es de quienes estamos hablando, si no hemos perdido el hilo y, por tanto, portadores/as tanto unos/as como otros/as ― aparte de "de valores eternos", que también se da por sentado y no sabemos si vamos a tener sillas para tantos/as ― de obviedades tan nada diferentes de las propias que para qué repetirlas, nosotros, por puro sentido común y del ahorro, nos atenemos a la más estricta de las lógicas y no las repetimos… ¿O sí lo hemos perdido? El hilo, que sería lo grave; porque el sentido común ― ¡una cosa tan corriente! ―, cuánto ni qué puede importar cuando, además, nos queda el propio, de infinitamente mayor enjundia y entidad. Y si lo hemos perdido, Dios no lo quiera, sí que la habremos liado porque nos pasará como, hace apenas unos días sin ir más lejos, nos sucedió a nosotros en nuestras propias carnes mortales cuando buscando… pues qué podía estar siendo, que así al pronto no caemos… Bueno, pues no sabemos, pero un destornillador... ¿Qué estábamos diciendo? Ah, ya: que para coger la pinza de la ropa con que sujetar el estor averiado del cuarto de estar y poder así abrir la ventana… Pero tampoco vamos a extendernos en eso porque, nos figuramos, quien más quien menos ya cuenta con sus trucos propios para abrir sus ventanas. Además, la ventana la terminábamos de cerrar; así que, la pinza… Bueno, mira: es igual. El caso es en resumidas cuentas que fuera por la razón que fuese buscábamos algo y derramamos, sin quererlo, la copa de algún néctar repuntado que nuestra memoria se obstinó en despertar como ambrosía… Así: sin esperarlo. La dejamos hacer ― a la memoria ― y, con deleite, lo aplicamos ― el néctar, pero si tenemos que explicarlo todo nos dejamos de sofisticaciones y decimos, por poner un poner, que era lejía ― con las yemas de los dedos en las sienes, y en el cuello, y detrás de las orejas y en la frente, y aspiramos el olor evanescente del antaño mientras se demoraba ella por entre los jirones de las tardes ociosas en que, lejos de los lugares más o menos comunes que hoy se nos figuran tan exóticos, lejos también de sospechar siquiera que pudiera existir un “mañana” distinto de aquellos que se desperezaban en amaneceres tan iguales, éramos algo que, por cierto, la última vez que alguien lo mencionó ya dio problemas porque ― la más corpulenta de las Alamedillo ― que pero, bueno, eso es muy elástico… – ¿Elástico? ― Doña Narcisa ― ¿Cómo cuánto exactamente de elástico? –Como muchíssssimo― acompañando su ese tan larga, la otra, con un movimiento amplio y lento de la mano. – ¡Vaya por Dios! ― cabeceando ésta como quien se contiene para no exclamar ¡lo que hay que oír! Y, girándose a su propia hermana ―: ¿Qué te parece? Y la hermana se limitó a ladear un poquito la cabeza y volverla a enderezar como queriendo dar a entender ea. –Ea ― doña Narcisa ―, no; Ticiana. – ¿Pero ¿cómo ― la Alamedillo ― que ea, no? –Pues como que no, sencillamente. –Mira, Narcisa, yo tengo mucha, pero que muchísima correa, pero, si hay algo que verdaderamente me molest… Porque, ¿quién no ha sido, si es que alguien me lo puede explicar, algo a lo largo de su vida...
All rights reserved
https://valentina-lujan.es/Y/ycomoestavez.pdf que echó a andar, yo, maquinalmente, sin pensar, me puse también de pie para lo que imaginé sería algo tan sencillo como caminar tras ella… ̶̶ Hoy viene solo ―la camarera, no preguntando esta vez, al tiempo que depositaba sobre la mesa el café―. Al fin se ha resuelto usted a venir sin su… ̶̶ ¿Al fin? ―volví a sentarme, mirándola (creo recordar) no poco desconcertado― Es la primera vez que vengo aquí. ̶̶ Le podría decir que llevo siglos esperando que sucediese; pero sería un tópico y además… ̶̶ Y además es posible que hasta imposible ―repliqué, rasgando el sobrecito del azúcar―. Termino de decirle que es la primera vez que vengo aquí. ̶̶ Ya, es justo lo que iba a decir pero usted no me ha dado tiempo a terminar la frase… ¡Es tan habitual decir “siglos” para todo! Pero usted parece hoy un poquito alterado ¿No? Aunque eso desde luego no es asunto mío… Así que, intentaba decirle ―mientras hablaba se apoyaba con la mano derecha en la esquina del respaldo de mi silla, y con la izquierda se apartó un mechón de cabello que le caía sobre la cara―, no diré cuánto ¡Pero por Dios escriba pelo, mechón de pelo! Que menos mal que no está el jefe, tengo orden de llevarlo recogido ¿sabe?, pero como no me ha dado tiempo… Además, y si quiere usted que sea sincera, no lo sé, no sé cuánto; a lo más que alcanzo es a suponer que años, unas cuantas décadas, y pocas, como mucho… Aunque también lo podemos reducir, a juzgar por mi aspecto, supongo, que creo… o querría creer, pero no me atrevo porque no tengo toda la seguridad de este mundo de conocerme bien, me gustaría cuidar para presentarme, pues, eso, presentable, pero con tantas prisas… Así que, si le parece y usted tiene sin duda que saberlo, va a quedar mejor a lo mejor, déjelo en meses, o en semanas, o incluso en segundos… ¡Qué más da cuando el tiempo es una cosa tan! Y se dio media vuelta y se alejó, a pasos largos e insonoros que me indujeron a pensar que los tacones no eran de ella… ̶̶ Tacones ―Encaminándose a recoger unas mesas que se habían quedado vacías―. No creo que ninguna camarera lleve tacones, que tengo la idea de que este trabajito que me ha caído en suerte es muy cansado. Pero ―Había colocado en la bandeja cinco servicios de café vacíos, siete botellines de cerveza y los correspondientes vasos (seis de ellos vacíos también y uno mediado), una tetera, un platito con una raja de limón, tres platos (con restos dos de ellos de croissant y uno con un trozo de tostada) y unos cuantos cuchillos, tenedores y cucharillas― usted mismo, si le parecen tan importantes los detalles que, ya puestos ―y contó, en voz alta―, tres cuchillos, tres tenedores y cinco cucharillas… No, mire, cuatro, que alguien ha debido de mangar una ¿Sabe usted que hay gente que roba cucharillas? Pero ya le digo, usted mismo y si no quiere asumir la responsabilidad háblelo con mi jefe, que de los tacones no ha dicho ni palabra… Y ahora vas a ver cómo se me cae todo, sin haber ensayado y tan cargada que, menos mal, creo que será nada más hoy y, luego, adiós muy buenas. ̶̶ ¡Espere! ―Me había puesto de pie y dado unos pasos hacia ella, con intención de ofrecerme a ayudarla a la vista de que en efecto se manejaba no muy bien con la bandeja. ̶̶ Ah, ni pensarlo. En esta vida cada uno ha de cumplir su cometido y por el momento este es el mío. Usted ocúpese del suyo y todos tan contentos. ̶̶ No, ya, sí ―acerté a rectificar sobre la marcha, deseoso de no haberla ofendido haciéndole suponer que la consideraba incapaz para su trabajo―; lo que quería preguntarle, bueno, decirle, que no me ha explicado por qué quería verme. ̶̶ No, si no quería. ―Depositó la bandeja sobre el mostrador y soltó (que a punto estuve de escribir exhaló, pero no quise volver a enojarla enfadarla) un suspiro bufido de alivio. ̶̶ Pues usted misma ha dicho que me estaba esperando. ̶̶ Ah. Perdone pero porque tergiverse mis palabras, porque por que ponga en mi boca añadiendo a su antojo las que yo no he dicho no pienso pasar. Esperando que sucediese. Repáselo y métaselo en la cabeza. ̶ ¿Repasar qué? ̶ No. No quiera tirarme de la lengua. No quiera colgarse de mí justo ahora que se ha liberado… ¡Tiene que metérselo en la cabeza! ¿O no estamos de acuerdo en que cada cual su cometido? ̶ ¿Liberado de qué? ̶ Liberado de qué ―remedándome en tono burlón―. No se haga el tonto. ̶ ¿Qué cometido? ̶ ¿Qué cometido? ―Burlona otra vez; e iba sacando los cacharros de la bandeja y poniéndolos sobre el mostrador ― ¿Tiene usted un ordenador?... Mire, ha rimado. ̶ No. ̶ Ha rimado. ̶ No tengo un ordenador. ̶ Eso ya es otra cosa. ̶ ¿Y? ̶ ¿No tiene un triste y rudimentario ordenador, de los de toda la vida? ̶ Ni triste ni rudimentario. No he tenido un ordenador en toda mi vida. ̶ ¿Seguro? ̶ Totalmente seguro. ̶ ¿Y un teléfono? ̶ Eso sí. Y se lo enseñé , y ella al verlo exclamó alborozada ah, un objeto… ̶ Sí ―me apresuré a explicar un poco avergonzado―, un objeto…
All rights reserved
2408219179506
Marcela ya sabemos cómo es
08/21/2024
Orlando
https://valentina-lujan.es/trans/marcelayasabemos.pdf y quien lo ignore, o lo ponga en duda, o piense que afirmar algo así es una exageración de alguien resentido por haber tenido que repetir curso o de primer plato si fuesen acelgas, que se lo pregunte a Hersilia cuando sin mala intención ninguna — y como a ella le parecía que con las amigas había que ser leales y ella lo era tanto de su mujer (la tapicera) que se lo pidió por favor porque él tenía que terminar una chaise longue muy urgente — se hizo cargo de, para que no perdiera la vez después de tanto tiempo que llevaba el número, presentar el borrador (que él ampliaría más tarde) del tapicero de las Sousa, se llevó sin comerlo ni beberlo la pobre una bronca tremenda (y el castigo ver más abajo y con sus comas)porque ella, Marcela, que lo sabía porque se lo había contado doña Paula, que hasta el retiro interrumpió por venir (ir) a ponerlo en su conocimiento, se tomó muy por la tremenda no lo del padre de las de Churruca (que eso lo entendía porque se sabe que es ley de vida) y ni siquiera lo de los pendientes de pedrería y los guantes largos de seda roja pero sí lo de las uñas (y de los pies además) pintadas de azul y, que lo sé yo o es que te has pensado que soy tonta, lo del cascabel y por no hablar del culo, tan respingón en la falda tan corta, que fue lo peor de todo porque… (como la señorita Marcela era un poco hipocondríaca temió ponerse demasiado furiosa, por si una subida de tensión o algo, y se dio por satisfecha con lo de las doscientas veces “aunque, te lo advierto, ni una menos”); y suspiró hondo para, más suave, “¿pero es que no te das cuenta, pedazo de insensata, de que no va propia?”. Pero es que Hersilia era buena, sí, pero, su amiga Flérida solía decirlo, “todas las de cintura de avispa y busto de Phenhouse son un poquito memas”. Y que a quién con dos dedos de frente se le podía pasar por la cabeza una Loli así. Castigo (que viene de arriba): nunca más volveré a cometer un error tan ridículo a la par que de todo punto imperdonable y (coma) si lo cometiera (coma) que Dios me castigue haciendo que se me aparezca por las noches a los pies de mi cama para que me entere de cómo es de verdad y no vuelva a olvidárseme nunca jamás que haber se escribe con hache. .... Y don Sisenio decía que pues claro y que como todos los castigos y todas las órdenes superiores; y que, si había por ello que ir al paro o al infierno, pues se iba, y sin rechistar porque “son los designios del Altísimo”, decía. Y que, las reclamaciones, por el conducto reglamentario y al señor obispo.
All rights reserved
First | Previous | Page 7 of 506 | Next | Last
write to us if you want to leave us a message
© 2026 Safe Creative