La Estrella Dorada vuelve.
Y, por motivos que todavía no comprendo (y que probablemente violan varias leyes de la lógica), yo también.
Tras sobrevivir a maldiciones, monstruos y decisiones tomadas con el mismo criterio que un borracho elige pelea, Voltax, Hugint, Maldraef, Kalvindor y Barb continúan su camino hacia la Bahía de Tarsilia… con un pequeño detalle: Barb ha desaparecido.
Otra vez.
Y sí: esto sería menos preocupante si Barb no fuera el druida del grupo, el único que sabe distinguir entre “seta medicinal” y “muerte con sabor a tierra”.
Lo que empieza como un asunto turbio —de esos que huelen a culto, a secretos y a gente que sonríe demasiado— termina empujándolos hacia un lugar del que nadie habla sin bajar la voz. Una montaña cerrada durante generaciones. Un sitio sellado por una razón. Una puerta que no debería volver a abrirse.
Pero ya los conoces: si existe una advertencia, ellos la leen como una invitación.
En este tercer tomo, el caos habitual se mezcla con algo más serio… y más hambriento. Y mientras el grupo intenta seguir haciendo lo único que se les da bien (improvisar, sobrevivir y discutir en el peor momento posible), Voltax empieza a notar que hay cosas dentro de él que no estaban ahí antes… o que quizá siempre estuvieron, esperando el momento exacto para despertar.
Y créeme: ese momento nunca llega con delicadeza.
Más criaturas imposibles, más decisiones cuestionables, más humor negro, más épica accidental… y la certeza de que, en Valdarion, cuando una puerta se abre sola, normalmente es porque algo al otro lado quiere salir.
Porque, a veces, lo único entre el mundo y el desastre… es un grupo de idiotas persistentes.
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